sábado 31 de octubre de 2009

"Ensayo": o la espera de un espectáculo estéril


En la obra Ensayo, dirigida por Carlos Bórquez, siete mujeres y un hombre que conforman un grupo musical esperan su turno para presentar su espectáculo coral frente a un público (los pasajeros de unas instalaciones termales poco elegantes y casi nada de cómodas) que muy probablemente les prestarán poca atención. Las horas previas al espectáculo parecen más bien un encierro, como el de A puerta cerrada (1944) de Sartre; o una espera inútil, como la de Esperando a Godot (1952) de Beckett. Estos puentes con el teatro de Francia (Beckett era irlandés pero gran parte de su carrera literaria la desarrolló en Francia) quizás no sean casuales, pues Ensayo corresponde a una adaptación libre de Orquesta de señoritas que el dramaturgo Jean Anouilh escribe en los años 40. Habría, por tanto, en la influencia que proyecta la obra de Anouilh, una sensación de época característica de una Europa que vuelve a perder la inocencia luego de dos grandes guerras. Mientras tanto, esa atmósfera es revisitada por el montaje de Carlos Bórquez, a partir del nuevo contexto que ofrece el Chile brutal de comienzos del siglo XXI.




Ciertamente, en Ensayo el encierro y la espera son significativos. Hay tensión en la habitación donde las siete mujeres y el hombre esperan la hora del espectáculo, ensayando un repertorio falto de vida y repetido más con la imperturbabilidad de lo aprendido de memoria que con la pasión de lo realizado con deseo. Los ocho miembros de la orquesta generan esta tensión al dejar salir sus angustias y debilidades. De esta forma, la empatía entre la que cuenta sus cuitas y la que escucha, se puede convertir, sin tránsito de por medio, en actos de intimidación. Tal como en A puerta cerrada, el infierno son los otros: el único hombre atormenta a una de las coristas, su amante, pues sigue sin cumplir con la promesa de abandonar a su esposa; la directora del grupo tortura a la misma corista, coqueteándole al mismo hombre que ella ama; otra de las cantantes es objeto de todas las burlas posibles a causa de cierto problema en sus ojos; y la que ha ejecutado esos comentarios burlescos es censurada por sus palabras sexualmente vulgares. Pero no sólo en el encierro los otros afectan la libertad de los demás: la misma muchacha que recibe las burlas vive esclava de una madre anciana que se hace caca; y otra de las cantantes padece la indiferencia del hombre que ama y ocupa todo el espacio que su foco abarca.




En medio de este infierno se realiza la espera del espectáculo, el que en otras condiciones sería una suerte de edén: el espacio y tiempo en que todo artistas, dicho con honestidad o como una gran cursilería, espera sentirse mejor que en ningún otro lugar y momento. El espectáculo, entonces, se convierte en un edén abortado. El canto, matemáticamente perfecto, es representativo de que esta espera se ha vuelto una costumbre y ha dejado de ser un camino real hacia aquello que simboliza el paraíso. La espera, por tanto, se proyecta por la eternidad limitada de las vidas miserables de estos ocho artistas y, aunque se sigue recorriendo el camino al edén (el espectáculo), esto se realiza como un acto inútil, como una espera estéril.


Ensayo pinta el mapa de un estado de ánimo que no se ha agotado en la Francia de mediados del siglo XX; nos habla del aquí y el ahora. En este ahora, el único alimento (no sólo para el estómago) que nutre esta espera, es un completo rancio que las cantantes se devoran o mastican a pedacitos muy pequeños, casi con asco. En cualquiera de los dos casos, las siete mujeres y el hombre (toda la humanidad, si pensamos en la proporción que se suele señalar desde el más cotidiano e inexacto sentido común: por cada hombre hay siete mujeres) alimentan su estadía en este ensayo de la llegada al infierno, sin saber que ya están ahí.




Ensayo de Carlos Bórquez.

Basada en Orquesta de señoritas de Jean Anouilh.

Dirección: Carlos Bórquez

Elenco: Priscilla Guerra, Cecilia Herrera, Juan Pablo Miranda, Loreto Pantoja, Mónica Ríos, Carla Romero, Marcela Salinas, Elisa Vallejos.

Fecha: hasta el 1 de noviembre.

Lugar: Teatro Antonio Acevedo Hernández-UCINF.

Horario: jueves a sábado 21:o0 hrs. Domingo 20:00 hrs.

Precio: $ 4.000 general, $ 3.000 estudiantes y tercera edad.



Fotografías: Gabriela Lobos.

sábado 17 de octubre de 2009

"Las mudas": la mujer y la herencia de la postergación


En Las mudas, obra escrita y dirigida por Daniela Contreras Bocic, tres mujeres se enfrentan al estado de postergación que padecen y, tras la posibilidad de perpetuación de tal condición, intentan generar una ruptura que la mayor parte del tiempo las sumerge aún más. Las tres mujeres (una adolescente llamada Lucy que decide no volver a hablar; su madre, una mujer desesperada por partir a México, donde la estaría esperando su novio del chat; y su abuela, una anciana que espera que la muerte se la lleve de una vez por todas) se enfrentan en su desazón, lo que altera primero que todo el lazo madre e hija. De esta forma, las oposiciones se establecen entre la adolescente y su madre, y entre su madre y la anciana.



La posibilidad de perpetuar el padecimiento de estas mujeres, el que puede ser leído como el padecimiento de "las mujeres" (propiciando que ésta pueda ser una obra que realiza su reflexión desde la posición de subordinación que padece el género femenino), se confirma en la sucesión de generaciones siendo interpeladas por lo que se sintetiza en el título de la obra. Veamos: Lucy ha decidido quedarse "muda", tras ser negada, en su entorno, la integración de su diferencia; su madre espera que la "mudanza" a México la saque de su estado de abandono; y su abuela espera que alguien se digne a "mudarla", como una guagua, mientras espera la llegada de la muerte.


La herencia del padecimiento actúa como una negación de la salvación, donde, en cualquier caso, la palabra "muda" no es más que una liberación temporal o aparente. "Contigo los temas se me acaban rápido" le dice a Lucy la compañera de escuela que, con su amor (o algo parecido), sí la ayudaría a terminar con su padecimiento. Para eso, por supuesto, Lucy debería abandonar la mudez. El lazo roto entre los dos pares de generaciones consecutivas (madres e hijas) anula la alianza en la lucha contra la postergación. Esto último insiste en la perpetuación del padecimiento, y las soluciones temporales (las "mudas") parecen ser, durante largo tiempo, la única salida.



Las mudas de Daniela Contreras Bocic.
Dirección: Daniela Contreras Bocic.
Elenco: Rebeca Garrido, Teresina Bueno, Pamela Silva y Penélope Fortunatti.
Fecha: del 9 de octubre al 8 de noviembre.
Lugar: Sala de teatro Villavicencio, Villavicencio Nº 323, barrio Lastarria.
Horario: Jueves a sábado 21:30 hrs. Domingo 20:00 hrs.
Precio: $ 3.000 entrada general. $ 2.000 estudiantes y tercera edad.

Fotografías: Gabriela Lobos.

viernes 11 de septiembre de 2009

Las pésimas y su banda los King Kongs del ritmo en indie.cl

Pinche sobre la foto y acceda a la reseña de Las pésimas y su banda los King Kongs del ritmo en la revista digital indie.cl (con fotografías de Consuelo Mujica) o léala más abajo en este blog:

Una vez que el espectador ingresa a la sala en que se está presentando la obra Las Pésimas y su banda Los King Kongs del ritmo se produce una superposición de planos que abarca hasta la última fila de las butacas del teatro. Así, el público que asiste a ver esta obra dirigida por Francisca Sazie, se introduce en el espacio del universo creado por la acción dramática, tomando el rol del público que presenciará el espectáculo de una banda que, en este espacio de ficción, regresa después de varios años de ausencia. Pronto aparecen en escena, uno a uno, Las Pésimas, con sus bailes que les desencajan los huesos, y Los King Kongs del Ritmo, con sus impecables chaquetas blancas y una habilidad para ejecutar cualquier instrumento musical.

Si el público no se decide a situarse en uno u otro plano de, llamémoslos a ambos, realidad –o, por qué no, denominémoslos ficción a los dos–, es porque ya está instalado en la primera incertidumbre (sólo basta recordar que las ficciones tienen la facultad de filtrarse en el espacio denominado realidad, al producir efectos en ésta; o que la imposibilidad de conocer la realidad de una forma diferente a la de una representación, la convierte a ésta en una ficción; ambos asuntos sobre los que este montaje reflexionaría). Ciertamente, a partir de los primeros acordes, el espectáculo de Las Pésimas –que, como ya dijimos, ha instalado una duda inicial– plantea nuevas incertidumbres. La pregunta que nos hacemos, ya sea como espectadores de la obra o como personajes-espectadores del show de Las Pésimas, es qué está sucediendo.

La suspensión de un secreto –o varios– comienza a dominar la atmósfera, mientras se suceden las canciones del repertorio de Las Pésimas. Las cantantes y los músicos, que, en un acto quizás desesperado, no cesan de intercambiar instrumentos, parecen alienados. Nadie parece percibir aquello, a excepción de una corista, que realiza su trabajo al borde del colapso. Ella, a ratos, quisiera huir, pero parece estar atrapada en el escenario, frente a un público que no reacciona. La incertidumbre de los posibles efectos que estos músicos hipnotizados pudieran generar, la obligan a trabajar, casi al borde del pánico, como los trabajadores asustados de la sociedad de mercado. En este cuadro, el público, en su rol de actores de esta ficción, mantiene la perturbación adecuada para este universo de enajenados. Gracias a la serie de incertidumbres que el montaje propone, al público se le facilita el trabajo de representar a personajes perturbados.

Las Pésimas y su banda Los King Kongs del Ritmo se pregunta por el estatuto de verdad que habría en los símbolos que intentan representar la realidad. En medio de esa reflexión se vuelve necesario pensar en el rol del arte. Naturalmente, lo que se estaría planteando son preguntas. Plantear respuestas totales sería una pretensión inútil, aquello sería descifrar el universo.

Las Pésimas y su banda Los King Kongs del Ritmo.
Dirección: Francisca Sazie
Composición Musical: José Miguel Candela
Interpretes: Claudia Vicuña, Francisca Sazie, Patricio Pinto, Diego Noguera, Francisco Albornoz, José Miguel Candela.
Temporada: desde el 20 de Agosto al 13 de Septiembre
Lugar: Sala de teatro de la Universidad Mayor.
Horario: Jueves, viernes y sábado a las 21:00. Domingo a las 20:00.Precio: $4.000 general. $2.000 estudiantes y tercera edad.

martes 25 de agosto de 2009

Tránsitos (9º Festival de dramaturgia europea contemporánea) en indie.cl

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El viernes 21 de agosto se dio comienzo a la novena versión del Festival de Dramaturgia Europea Contemporánea. La jornada, que se extenderá hasta el 5 de septiembre, comenzó con la obra Tránsitos del autor español Carles Batlle, la que se presentó en el Centro Cultural de España. Los hechos en esta obra, llevada a escena como semimontaje por el director Cristian Keim (y que cuenta con las actuaciones de Marcelo Alonso, Mario Soto, María Paz Grandjean, Valentina Krzeminski y Alex Quevedo), transcurren en un tren que atraviesa Europa. Nadie a bordo de la máquina parece tener un destino definido y las relaciones se desarrollan de forma ambigua.

En medio de este viaje, tanto de materias como de ideas, cuatro pasajeros y el encargado de revisar los boletos de los viajeros, se odian, se aman, se desean e intentan manipularse unos a otros. No se confirma la supremacía de ningún sentimiento y las búsquedas de los personajes (y la eventual posibilidad de crecer) se extravía en la metáfora del destino (representado como desembarco del tren) poco definido. “No voy a Praga, no voy a Berlín […] Soy soltera, viajo a escondidas con un hombre casado. Me voy de esta ciudad de mierda donde vivía en una casa de mierda, me voy para empezar una nueva vida lejos de la violencia y de los interrogatorios. Me voy a otra casa de mierda a otra ciudad de mierda, más cerca del frío y de la nieve. Me escapo con un hombre que seduje hace tres semanas, su habilidad en la cama fue un factor determinante”, le advierte una mujer (que viaja sola y lleva un misterioso maletín) a un hombre que viaja con su hija adolescente y embarazada. La mujer del maletín cita una y otra vez pasajes de El conde de Montecristo de Alexandre Dumas “Se necesita haber querido morir para saber lo bueno que es vivir”, lee ella, y el viaje, de momento, parece no terminar.

La obra Batlle se vuelve a presentar el 29 de agosto en el mismo escenario. Las actividades del Festival de Dramaturgia Europea Contemporánea (que desde el año 2001 ha puesto en contacto a la escena teatral nacional con parte de la producción dramática europea de los últimos años) continúan diariamente. Dieciséis son los textos europeos, pertenecientes a autores de Alemania, Austria, Croacia, España, Francia, Italia, Reino Unido y Suiza, que serán llevados a escena por agrupaciones teatrales nacionales, ya sea como semimontajes (que se presentarán en el Goethe Institut o en el Centro Cultural de España) o lecturas dramatizadas (que se presentarán en el Instituto Italiano di Cultura).

Entre los autores europeos que este año componen la muestra dramática, además de Carles Batlle, figura el británico Howard Barker, quien ha escrito más de treinta obras, y que en esta ocasión presenta Gertrudis, el grito, texto del año 2002. Esta obra, que será representada como semimontaje, bajo la dirección de Marcos Guzmán, y con la actuación de Paulina García, Cecilia Herrera, Francisca Márquez, Coca Miranda, Pablo Scharwz y Nicolás Zarate, es una reescritura de los conflictos que componen la acción dramática de Hamlet desde la perspectiva de Gertrudis, reina de Dinamarca y madre del príncipe que protagoniza el texto de Shakespeare.

Destaca también la autora alemana Anne Habermehl, con su texto El último territorio. Esta obra, que se presentará como semimontaje en el Goethe Institut, bajo la dirección de Luis Barrales, muestra la historia de una familia europea que recibe a un inmigrante ilegal que, más tarde, es denunciado por los mismos padres de este grupo. Otros directores nacionales que formarán parte de la muestra son Manuela Infante, Heidrun Breier, Alexis Moreno, Cristian Plana, Ana Harcha, Manuela Oyarzún, Luis Ureta y Álvaro Vigera.

El aporte de este festival se suma a lo ya realizado en los años anteriores, donde fue posible presenciar, a través de semimontajes nacionales, el trabajo de destacados dramaturgos europeos, como los españoles Sergi Belbel (el año 2004) o José Sanchis Sinisterra (el 2008), o como el alemán Marius von Mayenburg, de quien, el 2001, se presentó nada menos que su obra Cara de fuego. Las entradas a las diferentes funciones son gratuitas y deben ser previamente retiradas en el Goethe Institut o en el Centro Cultural de España. Más información en:

domingo 9 de agosto de 2009

Leche asada en indie.cl

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En la sala Sidarte se está presentando la obra Leche asada, escrita y dirigida por la actriz Alejandra Saavedra, quien (junto a Loreto Rojas, Sabina Odone y Cristian Rojas) también forma parte del elenco. Leche asada explora, con humor, en los conflictos de autoestima que, tal como lo propone el espacio de ficción de esta obra, envolverían a la mujer actual. Para esto, una sola mujer es representada a través de tres voces, y a su vez esta única mujer desdoblada, intenta ser genérica, constituyéndose este margen como una pretensión inabarcable. “Llevo trescientos cuarenta y cinco mil seiscientos segundos, cinco mil setecientos sesenta minutos, noventa y seis horas, cuatro días sin poder dormir; lo he intentado todo, todo, pero no puedo dejar de pensar, no puedo dejar de pensar en qué más puedo pensar, pienso todo el rato, he leído todos los libros que tengo, he bebido todo lo que se bebe, he comido todo lo comestible, he fumado y eso que yo ya no fumo, hace cinco años que dejé el cigarro”, señalan estas mujeres al unísono o intercalando turnos.

Los conflictos que preocupan a esta mujer son del tipo: “No puedo parar de pensar en todos mis quehaceres, responsabilidades y exigencias que tengo como mujer, como por ejemplo, llamar al servicio técnico de la lavadora, porque yo no sé arreglar la lavadora, comprar leche descremada, porque yo no tomo leche entera, y no puedo parar de pensar en el hombre que hace unos días me coqueteó esperando cruzar la avenida, en todos los hombres que me han coqueteado esperando cruzar la avenida, y me coquetean, y me coquetean, y cruzan la avenida”. Además, su memoria rescata de la infancia una revisión tangencial del bullying padecido. Aparecen, entonces, un malogrado corte de pelo a lo Janet Jackson para luchar con la residencia de los piojos en su cabeza; un tardío desarrollo de las curvas del cuerpo; y un desengaño tras la disolución del cuento del príncipe azul.

La acción, construida a partir de cuadros en que se representan las meditaciones íntimas de esta mujer con pretensiones de universal (el desdoblamiento, insistimos, sería un símbolo de aquella pretensión), se sostiene en el humor. La mujer triple que protagoniza Leche asada, y que comparte el espacio con el dinámico personaje masculino que cumple una función utilitaria en el desarrollo de los hechos, narraría sus conflictos sin aproximarse ni a la ironía ni al humor negro. De hecho, los arrebatos y chascarros que componen la historia de esta mujer autodefinida como histérica, ostentarían la condición más blanca del humor, pues la ironía o cualquier ennegrecimiento de los chistes, se relacionarían más bien con la denuncia. Aquello, sin embargo, a partir de los elementos expuestos por la obra, no podría considerarse como un posible sentido de ésta.

Indudablemente, Leche asada es una obra sobre mujeres, pero no toda construcción simbólica que presente motivos relacionados con lo femenino tiene que ser feminista. Ni siquiera, aunque así lo verbalicen las mujeres de la obra, es un verdadero interés de ésta, preocuparse por los quehaceres, responsabilidades y exigencias de las mujeres. Podemos afirmar, entonces, que Leche asada no es una obra militante, pues no busca formular discursos feministas. Está en todo su derecho, por supuesto, de no serlo. Sin embargo, con la existencia de mujeres que hablen así de sí mismas, no se necesita de machistas para seguir etiquetando, estereotipando y simplificando a la mujer.

Leche asada de Alejandra Saavedra.
Dirección: Alejandra Saavedra.
Duración: 1 hora 10 minutos.
Elenco: Loreto Rojas, Sabina Odone, Alejandra Rojas, Cristian Rojas.
Fecha: del 23 de julio al 16 de agosto.
Lugar: Sala Sidarte, Ernesto Pinto Lagarrigue Nº 131, Barrio Bellavista.
Horario: Jueves a sábado 20:00 hrs. Domingo 19:30 hrs. Precio: $ 3.000 entrada general. $ 2.000 estudiantes y tercera edad.

miércoles 29 de julio de 2009

Tan sólo el fin del mundo en indie.cl

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La compañía Teatro la Vieja está presentando en la sala Finis Terrae la obra Tan sólo el fin del mundo del dramaturgo francés Jean-Luc Lagarce, muerto en 1995 con apenas 38 años. Esta obra, dirigida por Marcela Orrego, presenta un desplazamiento desde lo dramático hacia lo narrativo, mostrándonos (en la “imitación de hechos” que constituye cualquier puesta en escena) a Louis, un sujeto que, instalado en un punto de enunciación que se ubica temporalmente después de su propia muerte, nos narra la última visita que realiza, antes de morir, a la casa materna. “Volver sobre mis pasos, ir sobre mis huellas y hacer diálogo para anunciarles lentamente, con cuidado, con cuidado y precisión, eso creo, lentamente, calmadamente, de manera condenable, y no he sido siempre un hombre condenado, para anunciar, decir, tan sólo decir, mi muerte próxima e irremediable”, anuncia Louis. Ahí están su madre, su hermana Susanne, su hermano Antoine y Catherine, la esposa de este último.

Este desplazamiento hacia lo narrativo propiciaría que los hechos representados constituyan imágenes instaladas en la memoria de este Louis que habla desde la muerte, y por tanto no ostentarían la condición de hechos objetivables. Así, la acción dramática de Tan sólo el fin del mundo representa lo desprovisto que Louis se siente frente a la posibilidad de “decir” y “pensar” en su última oportunidad de descifrar la realidad tal como se le presentaba. Louis se siente abandonado por su familia y estos sienten que fue aquél el que los abandonó. “Ves Catherine lo que decía, es Louis, él no abraza nunca a nadie, siempre ha sido así, a su propio hermano no lo abraza”, señala Susanne a la llegada de Louis, antes de que Antoine, estresado por la visita de su hermano, la haga callar. Louis, en el tiempo recobrado por su memoria de osamenta, no logra ser escuchado y apenas logra escuchar. Las palabras, entonces, se articulan con la torpeza del recuerdo extraviado o con la complejidad del recuerdo nítido. En ambos casos subyace el fracaso de la comunicación y Louis (y su parentela sobreviviente, tal como él la recuerda) no consigue comprender el misterio del mundo que, a sus ojos (a todo su cuerpo) finaliza irremediablemente.

El lenguaje se vuelve monótono y repetitivo, como señal del sin sentido de la palabra en la búsqueda de la explicación que Louis (todos los Louis, toda la especie humana) necesita para comprender el pasado, la muerte y la verdad. “Al principio, lo que uno cree, yo creí eso, lo que uno cree siempre, me imagino, es reafirmante, es para tener menos miedo, uno se repite a sí mismo esa solución […] lo que uno cree en un instante, lo que espera es que el resto del mundo desaparecerá con uno, que el resto del mundo podría desaparecer con uno, apagarse, tragarse, no sobrevivirme, irse todos conmigo, acompañarme […] que me los llevo, que no estoy solo”, advierte Louis.

Más que respuestas habría preguntas, más que la realidad habría una representación de ésta. Cobra sentido, en relación con esto último, que la acción dramática no se constituya de hechos, sino de los recuerdos de esos hechos acumulados en la memoria seca del cuerpo de Louis degradado por la muerte. “No los escuché. Luego, lo que hago, me voy. No vuelvo nunca más, me muero en unos meses más”, concluye Louis, sumergido en la certeza de la incertidumbre más inquebrantable.

Tan sólo el fin del mundo de Jean-Luc Lagarce.
Dirección: Marcela Orrego.
Elenco: Catalina Gallardo, Carolina Gimeno, Angélica Neumann, Nicolas Mena, Vittorio Yaconi.
Lugar: Sala Finis Terrae (Universidad Finis Terrae) Avenida Pedro de Valdivia 1509, Providencia.
Fecha: Desde el 9 de julio hasta el 30 de agosto.
Horario: Jueves a domingo 20:00 hrs.Precio: $ 2.000 estudiantes y 3ª edad. $ 4.000 general.

Natacha en indie.cl

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Luego de su estreno en 2008, la compañía Geografía Teatral vuelve a llevar a escena la obra con que iniciaron la revisión y adaptación del trabajo del dramaturgo chileno Armando Moock; nos referimos a Natacha, obra escrita por este autor nacional en 1925. Entre ambas temporadas de esta obra, correspondió el turno a la representación de Isabel Sandoval Modas, escrita por este mismo autor en 1915. En este mismo espacio, durante el otoño de este año, habíamos intentado proponer (a partir del estreno de Isabel Sandoval Modas, dirigida, al igual que Natacha, por Tomás Espinoza Bertrán) que lo sistemático de la búsqueda de Geografía Teatral pudiera propiciar que hablar de la existencia de un clásico de la dramaturgia chilena (a propósito de Armando Moock) constituyera una idea profunda y significativa.

La existencia de clásicos (y nos citamos a nosotros mismos al hablar de ese otro estreno de Moock a cargo de esta compañía) nos hablaría de una escena literaria y teatral robustecida que cuenta con un listado de títulos (las obras de Moock, por ejemplo), autores (el ya mencionado, entre otros), directores (como Espinoza Bertrán) y compañías (como Geografía Teatral) que son capaces de apuntalar de formas distintas (o medianamente similares) a espectadores de diferentes épocas. La acción dramática de Natacha apunta su foco a dos hermanas pertenecientes a una familia acomodada. Ambas se reconocen feas, aunque Georgina, la mayor, la que ya se ha casado y aceptado las convenciones de su clase social, se tarda más en asumirlo y lucha por las migajas del amor sistémico que pueda conseguir. Natacha, en cambio, reniega de las escuetas posibilidades de amor que ese sistema le ofrece y decide no casarse con el novio que le han conseguido. “Sólo quiero que normalices tu situación […], lo natural es que te cases, Natacha, y si Dios te lo permite, que tengas hijos. Estando sola no sabes lo difícil que puede ser la vida”, le advierte Georgina a su hermana menor, luego de que ésta opta por la soltería. Natacha, en seguida, le confiesa “No me caso porque soy fea”. De esta forma, las hermanas configuran un contraste de símbolos en que, la resignación de Georgina (aun haciéndose la valiente, y dejando partir a su esposo, que parece no amarla y sólo sentir cariño por ella) potencia los colores de la rebelión de Natacha. Incluso ambas, en relación con ese contraste, tejen prendas de lana que, en su condición de entramados, simbolizarían ser redes que atrapan a los hombres. Georgina teje impecables chalecos a Diego, su esposo. Natacha teje un mamarracho de bufanda para el hombre que de verdad ama (Gabriel, un escritor trasnochado no tanto por lo rebelde como por lo cursi), quizás porque se niega, así, a tener que atraparlo con una red, aunque realmente quisiera retenerlo.

Más allá de la crítica al monótono deber ser de una clase alta exigente en acuerdos carentes de un sentido que pueda parecerle válido a todos (propiciando que la obra tenga la facultad de desnaturaliza lo que esa clase social ha querido presentar como natural y “normal”), Natacha propone una profunda reflexión sobre el papel de la mujer en la sociedad. Las tres mujeres en escena son feas (las dos hermanas, por ejemplo) o pobres (la sirvienta). De esta forma, la obra no intentaría reflexionar sólo sobre el lugar que ocupan las mujeres feas o pobres, sino todas las mujeres, asumiendo, así, que para quienes ostentan el poder (a saber, el género masculino) todas las mujeres son feas o pobres, y deben recibir el trato de subordinación que aquel estado les confiere. El contraste entre ambas hermanas, entonces, cobraría importancia a partir de esto, pues frente a esa fealdad otorgada inicialmente a la mujer por el artificio de la (ir)racionalidad masculina, Natacha se rebelaría y, de esta forma, propondría la desarticulación del carácter esencialista de esa fealdad simbólica.

No es casual, entonces, que Natacha, junto a Gabriel, lleve a cabo una reflexión acerca de la belleza en el arte. “[Cuando toco el piano] me transformo porque dejo de sentirme fea y en mi alma tal vez se refleja lo bello […] no me asusta la palabra fea […] como tú, busco la belleza, la que yo quiero sentir”, dice Natacha, discutiendo. Aquellas afirmaciones representarían la posibilidad del abandono de la condición de fealdad que el género masculino le ha otorgado al femenino, esto a través de la libertad del hacer (del decidir qué hacer, cómo actuar). Entonces Natacha toca a Chopin, entonces Natacha actúa.

Natacha adaptación de la obra de Armando Moock.
Dirección: Tomás Espinoza Bertrán.
Compañía: Geografía Teatral.
Duración: 1 hora 25 minutos.
Elenco: Andrea García-Huidobro, Bárbara Vera, Rafael Contreras, Horacio Pérez, Sofía Géldrez.
Fecha: Del 9 de julio al 15 de agosto.
Lugar: Teatro del Puente. Parque Forestal S/N entre Pío Nono y Purísima.
Horario: Jueves 20:30 hrs. Viernes y sábado 22:00 hrs. Precio: Entrada general $ 4.000; estudiantes $ 2.000.

domingo 12 de julio de 2009

2010 Instrucciones de uso en indie.cl

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La acción dramática de la obra 2010 Instrucciones de uso, de la compañía Tiatro, puede ser descrita diciendo que un grupo de actores se reúne en torno a un asado para esperar la llegada del bicentenario de Chile. Tal acción, por tanto, estaría definida por aquella espera que, a diferencia de como sí ocurre con la espera de Esperando a Godot de Samuel Beckett, no se manifestaría de forma tan evidente como la inutilidad de la inacción. Decimos que no lo haría de forma tan evidente; sin embargo, el punto de llegada sería, también, algún tipo de inutilidad, algún tipo de sin sentido que, en este caso, tras la inacción de la espera, buscaría evidenciar la precariedad de los pilares míticos del relato de la historia de la cultura nacional. Veamos.

Tal relato, en el caso de 2010 Instrucciones de uso, llegaría a escena a través del más inútil de los actos definitorios de la chilenidad: el asado (inacción por excelencia, pues no es más que la espera del ennegrecimiento de la carne muerte sazonada con sal). La espera, entonces, experimentaría un desplazamiento desde la inacción hacia la acción, a través de la representación de momentos significativos de nuestra historia de la cultura, incluidos héroes y villanos, como Prat, O’Higgins, Allende y Pinochet, llevando sus discursos a una impostura y a la consecuente disolución de las verdades históricas; sumados, ellos, a los héroes y villanos de teleseries, dibujos animados y Youtube. Estas representaciones definirían a los personajes como actores, pues, en la espera del bicentenario, actuarían y (tal como Vladimir y Estragon esperan a Godot, en la obra de Beckett, para que le otorgue sentido a sus existencias sin sentido) buscarían empaparse de sentido como componentes de una institución llamada Chile.

De esta forma, la realidad se evidenciaría como una representación, donde las verdades responden a la relatividad del poder del símbolo (o del poder de los responsables de la formulación intencionada de los símbolos). Tal constatación llevaría a la acción dramática a cuestionar la legitimidad de las representaciones que se desarrollan al interior de la obra y, de paso, a poner en duda la representación que la misma obra constituye. Se evidencian, así, diferentes niveles de puestas en escena que, luego de constituirse, quiebran sus límites para confundir lo que antes creíamos un contorno.

Esta estructuración es capaz de evocar diferentes obras: aquellas, por ejemplo, que desmontan la idea de representación para convertirla en el espacio de la realidad y discutir acerca de la constitución de ésta. A saber, La vida es sueño de Pedro Calderón de la Barca, Los negros de Jean Genet, Seis personajes en busca de autor de Luigi Pirandello, Saverio el cruel de Roberto Arlt y Cristo de Manuela Infante. Esta fórmula, pensando en la belleza como la ocurrencia de hechos no esperados por el espectador (es decir, peripecias), constituiría una revelación en quienes asistan a las funciones de 2010 Instrucciones de uso (aun con la repetición de ciertos elementos de los modelos ya señalados, con otras motivaciones discursivas, por cierto), pues respondería a una forma eficiente de formular un posible sentido: el sin sentido del orgullo nacional y la fragilidad de las verdades impuestas por una sociedad polarizada e injusta.

2010 Instrucciones de uso de Compañía Tiatro.
Dirección: Mauricio Quevedo.
Duración: 1 hora 15 minutos.
Elenco: Andrea Pelegrí, Esteban Cerda, Pablo Mois, Juan Francisco Olea, Juan Pablo Troncoso y Gonzalo Venegas.
Fecha: desde el 18 de junio hasta el 12 de julio.
Lugar: Teatro Lastarria 90.
Horario: Jueves a sábado 21:15 hrs. Domingo 20:15 hrs.Precio: Entrada general $ 3.000. Estudiantes y 3ª edad $ 2.000. Jueves populares $ 1.500.

jueves 25 de junio de 2009

ABC1 en indie.cl

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Cuatro jóvenes del barrio alto se reúnen en un departamento para celebrar al que se acaba de convertir en el dueño de éste y para despedir a uno de los amigos que se va a Francia a estudiar cine. El colegio ya quedó varias vueltas de esquina atrás y entre ellos se han terminado de marcas diferencias que se han vuelto irreconciliables. Catalina y Cristián (los conservadores), y Antonia y Benito (los no tan conservadores, pero no por eso liberales, aunque se mueran por querer parecerlo) son los protagonistas de la obra ABC1, escrita por los poetas y dramaturgos Pablo Paredes y Begoña Ugalde, y dirigida por Javier Riveros. Estas diferencias entre la parejita CC y la parejita AB (símbolos que podrían ser significativos) propician que estos nuevos adultos (más bien AB –cuicos hasta el hartazgo– y no tan C1 –cuicos a medias–, diría, en palabras sencillas, algún sociólogo familiarizado con este tipo de nomenclatura) se presenten como tipologías de la clase alta chilena.

Ciertamente, la sumatoria de estas cuatro personalidades tendría la pretensión de constituir un mapa de la etapa en que la clase alta deja de repetir lo que sus padres o curas aburguesados les inculcan, y comienzan a pensar por su cuenta las mismas aberraciones que ya pensó su ascendencia. Los cuatro sujetos en escena se chorrean de clichés que, a través del humor propiciado por la ironía, evidencia su contorno más patético. “Quiero que cuando estés en París me recuerdes con el pelo sucio, con el corazón roto, de rodillas en un peladero … quiero que cada vez que te acuerdes de mí inventes un recuerdo de pobreza … me gusta la pobreza”, dice Antonia, una estudiante de teatro aburrida de su vida sin conflictos. Benito, su pololo, siente que pasó toda su infancia en un orfanato de lujo, pues las madres ABC1 no tienen tiempo para criar a sus hijos; y ahora, que se despide antes de partir a París, se siente una víctima por aquello. Sin embargo, como artista, considera que sus historias no son dignas de ser contadas, aunque Antonia (quizás por su ansia de conflicto) le advierte, “a la gente sí le interesa la miseria de los cuicos”. Cristián, un empaquetado que jamás suelta su piscola, que nunca deja de sonreír y que se jacta del departamento que acaba de comprar (con plata de su propio trabajo: ingenieril quizás o con similar estatus) se desvive por asegurar que el Mapocho navegable es la mejor idea que se ha pensado para Santiago y condena cualquier idea formulada por Benito. Orgulloso de la educación de nivel que sus padres le dieron, admite, “Obvio que lo pasamos bacán en esa época, era choro decir que nuestros papás eran una mierda y que odiábamos su plata, qué se yo; pero yo ahora estoy feliz… sentarme acá, tomarme una piscolita…”. Catalina, en tanto, virgen y ad portas de terminar la carrera de psicología, dice con naturalidad, “yo creo que esta ciudad es entera hedionda” y no por eso siente que cae en contradicción por creer en Dios, y más aún, por creer que éste ha hecho las cosas bien. “Yo no sé si el mundo es justo o no, lo que yo sí sé es que las cosas son así, y así como están y son las cosas hay que tratar de estar felices, no gastarse el tiempo en pensar en cómo está el mundo”. Es por esto que a Catalina no le gusta hablar de política ni de nada que se aproxime a algún tipo de conflicto, como los que Antonia tanto desea.

Detrás de la ridiculización de los tipos de sujetos presentados por ABC1, habría una denuncia de la despreciable conciencia de la clase alta en estado de maduración (los imbéciles hijos de los responsables de los sueldos miserables y, a su vez, los futuros responsables de esa miseria de otros). Sin embargo, sobre la denuncia que, en un primer momento, hemos visualizado en el texto, se impondría una mirada compasiva por el objeto mapeado. A saber, los próximos –y no tan lejanos– dueños de todo. “Quiero que me partan, exijo ser partida esta noche por un flaite, por un nadie. Quiero llegar a una fiesta donde nadie me conozca y ese nadie me tome de la mano, me diga cosas sucias al oído y me de besos con sabor a piscola barata”, grita Antonia, buscando sanar su enfermedad, que no es otra cosa que la falta de conflictos. Catalina, en tanto, advierte que está cansada de ir al teatro y ver “a gente de plata actuando de pobre”. Quizás por la misma razón que las actrices de la Católica no convencen a Catalina de que en escena hay pobladoras de La Bandera, ABC1 sería incapaz de sostener la denuncia que pareciera querer formular.

No podemos hablar ni de las intenciones de los dramaturgos ni del director, pues no los conocemos (y aunque los conociéramos y los escucháramos, –con nuestra fidelidad al protagonismo del diálogo entre texto y recepción– cualquier información que nos dieran no tendría valor para hablar del tejido). Sí, en cambio, estamos en condiciones de sugerir que el texto (o la figura hipotética –y teórica– del autor implícito) es tan ABC1 como Antonia o Benito. Tal como ellos, el tejido buscaría autocompasión y, lo peor, justificación para lo ridículo y lo duro de la clase mapeada.

ABC1 de Begoña Ugalde y Pablo Paredes.
Dirección: Javier Riveros.
Duración: 1 hora 10 minutos.
Elenco: Constanza Alemparte, Emilio Edwards, Pablo Manzi, Mariela Mignot.
Fecha: desde el 4 de junio hasta el 12 de julio.
Lugar: Sala Sidarte, Ernesto Pinto Lagarrigue Nº 131, Barrio Bellavista.
Horario: Viernes y sábado 21::00 hrs. Domingo 20:00 hrs. Precio: $ 3.000 entrada general. $ 2.000 estudiantes y tercera edad.

sábado 20 de junio de 2009

La araukaria tenedor kon papas en indie.cl

Pinche sobre la foto para acceder a la reseña de la obra La araukaria tenedor kon papas en la revista digital indie.cl (con fotografías de Consuelo Mujica) o leala más abajo e n este blog:


La obra infantil La Araukaria tenedor kon papas, del colectivo teatral Atrapalabra, se constituye como un intento por acercar a los niños a ciertos procesos de construcción cultural de nuestra sociedad, pertenecientes a sectores que históricamente se han presentado como marginados, como es el caso de la etnia Mapuche. Así, a través de una historia de lucha contra dicha marginación (y la subordinación que ésta produce), los niños que conformen el público pueden aproximarse, de forma simbólica y lúdica, a problemas que hoy nos atañen, como la explotación comercial de tierras que históricamente han sido manejadas bajo paradigmas diferentes a los del mercado, pero que hoy son cuantificadas.

La historia está protagonizada por Marta, Rocío, Marcial y Ociel, cuatro niños mapuches que, a través de los sueños, reciben la información que les permitirá combatir la enfermedad que los ancianos de su comunidad han estado padeciendo. Las aventuras de los cuatro niños mezclan los juegos y la lucha por el bien deseado en un espacio (y un tiempo) determinado por las tradiciones de los pueblos originarios del sur del llamado (por la tradición occidental) Nuevo Mundo.

Los sueños, los juegos y los cuentos narrados por la abuela de Marta constituyen los vértices que delimitan la realidad. Ésta se ve en peligro a causa de la enfermedad de los ancianos, manifestada como símbolo de la intromisión de una modernidad que resulta ajena e injusta. Esta disputa, por tanto, siguiendo los objetivos del arte dirigido a niños, se presentaría como una doble enseñanza: la primera, la lucha por el bien deseado a través del esfuerzo, el trabajo en equipo y, por supuesto, la tendencia a un bien general; la segunda, la instalación, en códigos empáticos, de problemáticas profundas (y hasta ahora descuidadas) de cierto tipo de convivencia nacional, que eventualmente pudiera ser modificada al instalarse en la conciencia de los futuros adultos.

Un elemento importante es el tránsito de este espectáculo (que se presenta de forma gratuita) por diferentes sectores de Santiago. El desplazamiento desde el centro hacia el borde de la producción simbólica de denuncia, propicia la instalación a largo plazo de discusiones que hasta hoy han sido manifestadas con deuda en su profundidad.

La araukaria tenedor kon papas del Colectivo Teatral Atrapalabra a partir d e un cuento d e Cristian Aravena.
Dirección: Paloma Molina.
Asistente de dirección: Cristian Aravena.
Elenco: Marcela Gueny, Gabriel Cañas, Isaura Flores, José Miguel Gallardo, Felipe Olivares.
Casa de la cultura El Bosque (Gran Avenida 12552B Paradero 37).
Miércoles 17 de junio, funciones a las 12:00 y 15:00 hrs.
Viernes 19 de junio, funciones a las 10:00 y 12:00 hrs.
Sábado20 de junio, función a las 18:00 hrs.Entrada Liberada.

Isabel Sandoval Modas en indie.cl

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Por segundo año seguido la compañía Geografía Teatral realiza un montaje a partir de la adaptación de algún texto de Armando Moock, dramaturgo chileno de principios del siglo XX. La obra escogida durante el 2008 fue Natacha y este año correspondió el turno a Isabel Sandoval Modas, ambas bajo la dirección de Tomás Espinoza Bertrán. El énfasis que propone este segundo montaje puede parecer una trivialidad: la incipiente recurrencia al trabajo de Moock ha propiciado que la frase “clásicos de la dramaturgia chilena” se haya usado con frecuencia, quizás como muletilla inofensiva en la fila para entrar al teatro o en una que otra nota informativa en la prensa escrita. Sin embargo, es latente la posibilidad de que esa frase se use como una idea profunda y significativa.

En el caso de que se trate de esto último, la posibilidad de que podamos considerar la existencia de clásicos de la dramaturgia chilena nos hablaría de una escena literaria (a través de los textos dramáticos) y teatral (a través de las renovadas puestas en escena) que se robustece en su dimensión histórica y política. Precisamente, dada la acción dramática de Isabel Sandoval Modas (escrita por Moock en 1915) y la posibilidad que contiene este texto de seguir mapeando ciertas aristas de la sociedad chilena (ciertas coberturas de información territorial de las psicologías cartografiadas), se nos hace evidente cómo el material ideológico que esta obra propone tiene la capacidad de trascender en la historia y actuar en un nuevo contexto, denunciando una realidad que se sostiene en estructuras precarias e injustas.

Veamos. En un barrio periférico la modista Isabel Sandoval mantiene a duras penas un taller de modas. Su hija Inés Sandoval más Adriana, hija de Don Alejo (estos dos últimos, allegados en la casa de los Sandoval), ayudan en las confecciones de ropa para señoras ricas y mantienen la casa, junto con el esforzado Lalo Sandoval, que no se quita jamás el overol manchado con grasa de motor. Mientras tanto Juan, el tercer hijo de la señora Isabel (el preferido), estudiante de Leyes y proyecto de poeta, reniega de su origen y humilla a su familia. “Usted no conoce a mis amigos, no tienen derecho a ofenderlos”, le dice Juan a Don Alejo. “Y usted sí conoce a su familia y sin embargo la ofende”, contesta el allegado. Pero los excesos de Juan prosiguen: rechaza el amor de Adriana y frustra a su hermano Lalo, quien no puede conseguir el amor de esa persona que él desecha.

Casi cien años después de su creación, Isabel Sandoval Modas nos sigue hablando de las prioridades de una sociedad donde lo económico determina las relaciones de poder de los sujetos que la componen. Juan puede aspirar a la parte alta de la organización vertical, pues pronto será abogado y poeta. Sólo poeta, por supuesto, no sería suficiente, y Don Alejo se lo enrostra: “Te dices poeta, le cantas a la miseria, pero cuando la tienes cerca le tienes miedo”. Dada la fijación de Juan por la parte alta de la vertical social, su inminente tragedia bien podría quedar descrita por palabras que ahora le robaremos al narrador de La piel de zapa de Balzac: “Son muchas las personas que se caen sin peligro, como los niños, que se caen desde demasiado bajo para lastimarse; pero cuando un gran hombre se estrella, fuerza es que haya caído desde muy alto, que se haya elevado hasta los cielos y entrevisto algún paraíso inaccesible”.

Isabel Sandoval Modas adaptación de la obra de Armando Moock.
Dirección: Tomás Espinoza Bertrán.
Compañía: Geografía Teatral.
Duración: 1 hora 25 minutos.
Elenco: Lía Maldonado, Bárbara Vera, Ana Laura Racz, Gloria Laso, Eugenio Morales, Emilio Sepúlveda, Rafael Contreras.
Fecha: hasta el 28 de Junio.
Lugar: Teatro del Puente. Parque Forestal S/N entre Pío Nono y Purísima.
Horario: de viernes a domingo 20:00 hrs. Precio: $ 3.000 entrada única.

Simulacro de un día perfecto en indie.cl

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La compañía de teatro Los hombres de Oscar ha preparado su más reciente montaje a partir de un intertexto con la novela Un mundo feliz que el escritor británico Aldous Huxley publica en 1932. El resultado es Simulacro de un día perfecto, obra que, al igual que la novela de Huxley, nos muestra un mundo que se esfuerza por ser perfecto, eliminando la familia, las disputas sociales y el arte en función de conseguir la felicidad absoluta. En esto ayuda la manipulación biológica de los sujetos y el adoctrinamiento hipnótico y químico.

El equilibrio es roto por Ernesto, quien presenta ideas disidentes y se resiste al adormecimiento del Soma, la droga de la felicidad. Este personaje, construido genéticamente como uno de los ciudadanos superiores (un Alfa) debe soportar las burlas y comentarios acerca de los errores que habrían incluido en su gestación características de un ciudadano inferior (un Gamma). Lenina, en tanto, al cruzarse con Ernesto (en medio de las costumbres promiscuas validadas por esta sociedad que niega a la familia como herramienta que propicie la felicidad) se ve obligada a experimentar los inevitables trastornos de la influencia. Se suma a este conflicto el viaje turístico que la pareja realiza a las tierras libres del dominio del gobierno mundial y de la feliz libertad química. Recalco la siguiente idea: tierra “liberada de la libertad”. Asunto trascendental en esta obra, pues su discurso se relacionaría con la denuncia de la falsa emancipación en la vida moderna.

La novela de Huxley ya había invertido los elementos propios de la corriente utópica. Por tanto, la búsqueda de la formulación narrativa de una sociedad perfecta que sirviera de contraste con la sociedad contemporánea, evidenciando así sus debilidades (como lo hace Utopía de Tomás Moro o La República de Platón), se convierte explícitamente (y ya no por contrastes) en una crítica al capitalismo. Tal como Huxley invierte el formato utópico (igual que lo hace George Orwell con Rebelión en la granja en 1945, para criticar el totalitarismo soviético), Simulacro de un día perfecto invierte, a través de la ironía, los contenidos de Un mundo feliz. Lo hace para cuestionar (podríamos aventurarnos) nuestra propia sociedad, delimitada por la cárcel neoliberal.

La denuncia de aquello se enfatiza con la llegada de Juan desde las tierras no dominadas por el gobierno mundial. Rápidamente la libertad de este personaje traído por Ernesto y Lenina se ve coartada por la otra libertad, la del Soma y el supuesto orden perfecto. En este sentido, la obra postularía la idea de regreso al edén como solución a la libertad carcelaria de la vida moderna, tal como el romanticismo ya había formulado desde fines del siglo XVIII. Sin embargo, el movimiento romántico surge conciente de lo imposible de ese anhelo y así justifica el dolor como motivo recurrente. Simulacro de un día perfecto postularía, igualmente, cualquier solución como un imposible. Esto, eso sí, concibiendo el sacrificio de Juan como una invitación a la ruptura y no como una romántica constatación de lo imposible.

Simulacro de un día perfecto de Valentina Sanguinetti.
Dirección: Camila Paris.
Duración: 1 hora 20 minutos.
Elenco: Carla Lattus, Cristóbal Aldea, Daniela Palavecino, Macarena Sides, María Jesús González y Pablo Barrientos. Actuación especial de Alejandro Trejo.
Fecha: hasta el 30 de mayo.
Lugar: Sala Jorge Díaz de la Universidad Finis Terrae. Pedro de Valdivia 1509, Providencia.
Horario: Jueves a Sábado 21:00 hrs. Domingo 19:00 hrs.
Precio: $ 4.000 general. $ 2.000 estudiantes y 3 ª edad. Jueves populares $ 1.500.

A primera hora en indie.cl

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A primera hora se encuentran por accidente, en una estación de metro, Marta, la hija disconforme de un ministro de algunos de los gobiernos de la concertación, y Vicente, un sujeto que a sus treinta años se gradúa de raro y se extravía en su hermetismo. Tras una insospechada empatía (que más bien parece apatía) ambos deciden huir al norte en el auto de la muchacha. El ministro y su esposa, una conocida actriz que ha regresado a la televisión gracias al cargo de su marido, constituyen junto a su hija una familia que se desintegra, pero que debe mantener las apariencias. Por esta misma razón, el ministro espera que la desaparición de su hija no desencadene su caída en las jerarquías de la nación y recurre a la prefecto Montero, quien, a tumbos, busca dar con Vicente y obtener beneficios de aquello. La madre del sujeto que ha huido con Marta, en tanto, llora porque a su hijo lo van a sacrificar. Esto es A primera hora, la obra escrita y dirigida por Cristián Figueroa que, hasta el 31 de julio, se presenta en la sala Lastarria 90.

La acción dramática de A primera hora nos puede hacer recordar cualquier película que califique como Road Movie o cualquier novela donde el tiempo y el espacio se materialicen en la extensión (y la tensión) de la carretera. A este humilde reseñista le recuerda la novela Caídos del cielo de Ray Lóriga, pues, pese a las diferencias (en la novela del español, el chico que huye en el coche de la chica es un adolescente “la hostia de guapo”), hay también similitudes (el chico, aunque no en los mismos términos que Vicente, es un raro). Hago esta mención para señalar que estas semejanzas, por supuesto, no son un pecado. La adhesión a un formato estético no necesariamente resta originalidad ni frescura a la formulación de discursos. Lo que sí, en cambio, disminuye los bonos es el uso de símbolos agotados para la formulación de discursos que, además, suenan repetidos.

Veamos: El berrinche de la hija del hombre poderoso, haciendo tambalear el poder de su padre; la familia perfecta que, en secreto, se viene abajo; el policía que se salta el conducto regular para obtener alguna recompensa del político beneficiado; el raro que se mezcla y acompaña a la muchacha en su salida de la jaula de oro. Todos estos elementos que, en este montaje con características realistas, buscan formular una denuncia, constituyen símbolos tan agotados como la paloma blanca simbolizando la paz. Metáforas debilitadas diría Borges.

En tanto, la denuncia que A primera hora intenta formular a través de estos símbolos está asociada a la pérdida de dirección del proyecto de gobierno de la concertación. Fuera del espacio del arte esto puede ser dicho de forma explícita. El teatro, en cambio, y cualquier manifestación artística, debe recurrir a una formulación simbólica que apuntale al espectador. De esta forma, la experiencia se vuelve epifánica y la denuncia puede producir efectos sociales. Por el contrario, la repetición de los símbolos esteriliza los discursos volviéndolos cursis. Acto seguido, se invalida la crítica y, lo más peligroso, se valida lo que ha sido criticado.

A primera hora de Cristian Figueroa.
Dirección: Cristian Figueroa.
Duración: 1 hora 20 minutos.
Elenco: Víctor Manuel Monteros, Carmen Gloria Sánchez, Alberto Zeiss, Daniela Aguayo, Rafael Contreras, Daniela Tobar, Susana Tello.
Fecha: hasta el 31 de julio.
Lugar: Sala Lastarria 90. Lastarria 90, metro UC.
Horario: Jueves a Sábado 22:00 hrs. Domingo 18:00 hrs.
Precio: $ 4.000 general. $ 2.000 estudiantes y 3 ª edad. Jueves y domingos populares $ 2.000.

No se lo digas a mamá en indie.cl

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El montaje de teatro-danza No se lo digas a mamá es la forma que Javier Muñoz Máximo, autor y director de este espectáculo, ha ideado para reflexionar acerca de una noticia que hace diez años llamó su atención. En los diarios de 1999 es posible leer sobre dos hermanos que, tras tener un segundo hijo (fruto de una relación incestuosa), intentan asesinarlo, arrojándolo a un pozo séptico en la localidad Padre las Casas. A partir de este referente, la obra de Muñoz propone una lectura posible de los hechos e instala un juicio alejado del veredicto de la norma, sugiriendo que la regla no se puede presentarse (y existir) como indiscutible. De esta manera, la representación intenta volver difusos los límites entre lo que tradicionalmente ha sido considerado correcto o incorrecto.

La acción dramática se mueve por tres tiempos: el inicio de la complicidad entre los hermanos, el desarrollo de la relación que los aleja de las normas tradicionales y, tras ese distanciamiento, los actos que determinan su caída. Los hechos se desarrollan en un espacio amplio, oscuro y precario, invitando al espectador a concentrarse en la evolución de la relación de los hermanos (interpretados por Javiera Sanhueza y Nicolás Cottet) y, posiblemente, a reparar en la precariedad material y de inserción social de dos sujetos marginados; lo que, para el caso de este montaje, no implicaría precariedad moral.

En efecto, lo que No se lo digas a mamá no juzgaría es la relación de los hermanos: el amor que la textualidad de la obra prefiere intuir en los indescifrables hechos referenciales. Sobre la aberración del intento de homicidio de un recién nacido, aparentemente no formularía descargos. Así pareciera sugerirnos la letra de la canción (responsabilidad de Cecilia García-Gracia) que escuchamos en el transcurso de la acción dramática: “Duerme mi niño, quédate aquí conmigo / duerme mi niño, quiero darte mi abrigo / cómo poder protegerte de mí, cómo poder protegerte de mí / Y mi pecho te aplasta, te alimenta mi frustración y todo mi amor”. Sin embargo, la mirada al crimen es sólo de soslayo, lo que parece más bien un intento por eludir las posibles contradicciones en que pudiera caer la reflexión, si es que considerara como antecedente esa consecuencia (el crimen) de lo que ya ha sido planteado como imputable por la ley de la puesta en escena: el amor innecesariamente prohibido es lo central, nos sugeriría ésta. El discurso, así, no se pisaría la cola, pues creería que, de esta forma, evita avanzar por el borde. Pero la reflexión se ha originado en el borde y el esquivar los obstáculos generaría vacíos. Nuevos vacíos habría en la posibilidad simbólica del cuerpo en movimiento, pues, en este caso, la danza que representa tanto los juegos de complicidad infantil como los hechos mismos de la caída de los personajes no ostentaría mayor diferencia estética en uno u otro momento.

Pese a los vacíos, un eventual valor de No se lo digas a mamá estaría en la posibilidad de proponer que la realidad no debería, necesariamente, articularse de la forma que históricamente ha sido considerada como la correcta. La fractura de una de las piezas del engranaje social, que ostenta forzosamente la condición de verdad absoluta, nos hablaría de la posibilidad de que ésta u otras (las instituciones, por ejemplo) pudieran corresponder a ficciones que han sido naturalizadas por el entramado social. El asunto del incesto, por lo discutible que puede ser lo planteado por este montaje (sumado a sus vacíos formales e ideológicos), se presentaría como una parábola de una discusión mayor. De momento quedaría planteado que un mismo hecho puede tener más de una lectura, siempre y cuando (situación igualmente cuestionable, por cierto) ésta no posea vacíos ni contradicciones.

No se lo digas a mamá de Javier Muñoz Máximo.
Dirección: Javier Muñoz Máximo.
Duración: 46 minutos.
Elenco: Javiera Sanhueza, Nicolás Cottet.
Música: Cecilia García-Gracia.
Fecha: hasta el 17 de mayo.
Lugar: Sala La Vitrina. San Ignacio 1631. Metro Rondizzoni.
Horario: De viernes a domingo a las 20:30 hrs. Precio: $ 1.500.

Hurlyburly en indie.cl

Pinche sobre la foto y acceda a la reseña de la obra Hurlyburly en indie.cl (con fotografías de Consuelo Mujica) o leala más abajo en este blog:



David Rabe, dramaturgo norteamericano nacido en 1940, es el autor de la obra Hurlyburly, que es llevada a escena por primera vez en 1984 en la ciudad de Chicago. El elenco de esta obra, cuyo título puede traducirse como tumulto, conmoción o alboroto, estuvo conformado por William Hurt, Christopher Walken, Sigourney Weaver y Hervey Keitel, entre otros. En 1998 el poco conocido director Anthony Drazan realiza una película basada en el texto de Rabe, titulada Hurlyburly, el lado más salvaje de la amistad. En esta ocasión, los actores que representan a los personajes principales son Sean Penn, Kevin Spacey, Robin Wright Penn, Chazz Palminteri, Garry Shandling, Anna Paquin y Meg Ryan.

En el 2008 Hurlyburly es uno de los textos incluidos en el Festival de Dramaturgia Norteamericana que organiza el Instituto Chileno-Norteamericano. En esa ocasión es la Compañía Tiatro la que lleva a escena un montaje realizado a partir de la traducción del texto de Rabe. Este mes, la misma agrupación ha reestrenado este montaje en un espacio no habitual para el teatro, donde la arquitectura del lugar (una casa) se convierte en la escenografía de la obra.

Hurlyburly, bajo la dirección de Mauricio Quevedo, muestra el quehacer, fuera del trabajo, de un grupo de directores de casting de Hollywood. Entre Eddie, Mickey y Artie (representados por los actores Daniel Gallo, Juan Pablo Troncoso y Gonzalo Venegas), parasita un actor desempleado llamado Phil (a cargo de Mauricio Quevedo) y transitan múltiples mujeres quienes, ya sean putas o parejas oficiales, son cosificadas por estos exitosos miembros de la industria cinematográfica. Así, manteniendo relación simbólica con la crítica que se formula a dicha simplificación, Donna, Darlene y Bonnie son representadas por la misma actriz (Andrea Pelegri), otorgándoles el mismo rostro. Como otro ejemplo de esa cosificación, Bonnie intenta cerrar una discusión con Eddie, enrostrándole, “… en caso de que sólo creas que soy una vulva sin cerebro, con pelo rubio y ojos grandes”. Eddie, en tanto, le contesta, “no me había fijado ni en tus ojos ni en tu pelo, vulva”. Artie, igualmente, le dice a sus amigos, “pensé en pasar a dejarles a Donna como una Donna-ción”.

En un primer momento pareciera que la acción dramática de Hurlyburly, desarrollada en un solo espacio convertido progresivamente en basural (la casa de Eddie y Mickey), nos muestra una historia ajena que, aun con un potencial ideológico capaz de interpelar a otros, sólo nos llegaría a nosotros como objeto ornamental. Sin embargo, estos hechos triviales del Hollywood profundo (desconocido para nosotros) serían útiles como símbolos para una reflexión acerca del aislamiento del sujeto en el acto de la construcción de la realidad. “No somos más que telón de fondo en la vida de los demás. No somos más que personajes de cartón recortados que tienen este gran descontrol. Somos lo que quedó de la vida de los demás”, enfatiza Eddie a Bonnie, luego de que ella ha sido maltratada por Phil. Esto nos recuerda el parlamento de Garcín en A puerta cerrada de Jean Paul Sartre, donde afirma “el infierno son los demás”.

Así, “el otro”, incomprendido por el “yo”, a causa de la forma en que nuestras herramientas cognitivas nos permiten realizar la percepción, se convierte en un objeto de aquel telón de fondo, pudiendo ser el causante del paraíso (como lo es Bonnie para Eddie o Mickey) o el infierno (como lo es Darlene para Eddie o Bonnie para Phil, o finalmente todos para cualquiera). Como partes de este telón, “los otros” se convierten en una ficción de la percepción de cada observante. Una acción dramática que ocurre en un espacio correspondiente al de la principal industria productora de ficción en la historia de la humanidad (Hollywood), insistiría, a modo de símbolo, en la idea de la realidad como telón de fondo. Ahí se evidenciaría cómo los responsables de ficcionalizar su entorno se convierten, a su vez, en ficción de los otros. “Eres un puto telón de fondo, Phil. Te tienen ahí como un decorado. Tienen todas esas historias de mierda a las que necesitan darle un sentido de realidad, un puto aire de autenticidad. Y es ahí cuando toman a un tipo como tú y lo tiran por el set para que la mierda se vea legítima. Eres utilería”, señala Eddie. Recordamos, entonces, cómo para estos hombres las mujeres tienen siempre el mismo rostro.

Esta historia realista, que nos parecía tan ajena en un primer momento, adquiere, así, alcances simbólicos, y el espacio (la casa que se ha vuelto parte de la escenografía) instala esta ficción que reflexiona sobre las ficciones, en un espacio real que debería ser ficticio. Estos traslapos que se generan entre dos planos que parecen incompatibles (realidad y ficción) no hacen más que incorporar al espectador a la órbita de la constelación de símbolos que se desplazan por la casa de Eddie y Mickey, por ese basural donde todos son parte del telón de alguien: de nosotros los espectadores, por ejemplo, quienes al salir de la sala de teatro podemos seguir extendiendo el fondo con una naturalidad aterradora.

Hurlyburly de David Rabe.
Adaptación: Mauricio Quevedo.
Dirección: Mauricio Quevedo.
Compañía Tiatro.
Duración: 1 hora 45 minutos.
Elenco: Daniel Gallo, Andrea Pelegri, Mauricio Quevedo, Juan Pablo Troncoso, Gonzalo Venegas.
Fecha: hasta el 29 de marzo.
Lugar: Sala Etiqueta Negra, Salvador 1014-A, entre Bilbao y Marín. Providencia.
Horario: Viernes a domingo 20:30 hrs. Precio: $ 3.000 general. $ 2.000 estudiantes y 3 ª edad.

miércoles 21 de enero de 2009

STGO A MIL 2009: Norte en indie.cl

Pinche sobre la fotografía y acceda a la reseña en la revista digital indie.cl (con imágenes de Gabriela Lobos) o leala más abajo en este blog:

En Norte, obre escrita por Alejandro Moreno y dirigida por Víctor Carrasco, cuatro hombres se encuentran recluidos en un sanatorio o un asilo (en un lugar metafísico más que material) y desde ahí, atormentados por piedras que llegan desde afuera, que rompen ventanas y que pueden herir a alguien, recuerdan con añoranza el norte, el que a su vez no necesariamente es un lugar real, sino un espacio de la conciencia donde, posiblemente, de forma simbólica, se encontraría la felicidad, pues ésta se manifestaría solo cuando los sujetos fueran capaces de sentirse en casa. “Este es un encierro que imposibilita mi camino hacia el norte, donde yo podría reconocer a mis fósiles y abrazar a mis momias”, dice uno de los encerrados.

Los hombres (un adulto que vive como un niño, un auxiliar de buses interurbanos, un desmemoriado y un recién llegado) son protegidos por Rafael, quien cumple la función de director de este no-lugar. “Soy gerente de una fundación porque ni los curas ni las monjas se atreven, nadie confía en que se pueda desarrollar el lado humano de las bestias, así es que para ustedes no hay un día de colecta, ni un minuto de misericordia. No puedo vender las manualidades que podrían realizar en ese encierro porque sus propias manos infectan cualquier artesanía. Tengo que ver si comida tienen, si abrigo tienen, si nadie ha muerto. Mi carrera no va hacia arriba y esta fundación es una distorsión en la beneficencia. No puedo realizar talleres con ustedes, porque nadie quiere instruirlos, ni por caridad”, advierte Rafael.

Este norte lejano presente en la obra de Alejandro Moreno nos recuerda el sur que Jorge Luis Borges retrata en su cuento titulado, precisamente, “El sur”, donde Juan Dahlmann siente añoranza por la hacienda familiar perdida en la zona austral de su país. Ese sur al que Dahlmann llega a morir es un lugar al que nunca asiste sino con la imaginación que manifiesta sus anhelos, sólo para comprobar que ahí, incluso muriendo, se habría sentido en casa, pero que la muerte lo alcanza lejos de ese cobijo. Igualmente los personajes de Norte, añoran ese otro extremo [norteño] como el verdadero hogar, insistiendo en que la felicidad se relacionaría con sentirse en casa, y que la nostalgia del hogar no es más que la constatación del dominio de la infelicidad.

Tal nostalgia ocurre en un espacio melancólico, un cuadrado horizontal dominado por una espesa niebla, por el que los dolientes se mueven como si estuvieran atrapados. Ahí, las acciones se realizan con una detención desesperante, pues una vez asumida la nostalgia propia de la imposibilidad de acceder al hogar (al norte, a la felicidad), la espera de la muerte se convierte en un padecimiento. Así, en este sanatorio inmaterial, además del espacio, se desvanece el tiempo, pues constatada la imposibilidad de volver a casa, en la eternidad del encierro, el tiempo pierde sentido. De esta forma, cuando el recién llegado cuenta que es profesor de historia, los otros le responden: “Cómo pudiste decir que eras profesor de historia (…). Es muy arriesgado empezar a decir, sólo porque se te ocurre decir sin pensar que eres profesor de historia, sin saber que hasta aquí puede llegar tu puta línea de tiempo (…). Profesor de historia, historia de qué, historia de qué”.

El director, Víctor Carrasco, cuenta a su haber con la dirección de otra obra donde la añoranza de otra tierra es el eje central. Nos referimos a Las tres hermanas (que dos semanas atrás ya hemos comentado en este espacio). En ese montaje, realizado a partir del texto dramático del mismo nombre escrito por Antón Chéjov, Carrasco presenta la historia de tres hermanas que anhelan regresar a Moscú. Con tal nivel de reiteraciones en el trabajo que Víctor Carrasco desempeña como director de teatro, se nos vuelve posible hablar del desarrollo de una poética robusta por parte de este creador (ya sea ésta conciente o inconciente). Por tanto, con la repetición del motivo de la añoranza de otra tierra presente en estas dos obras (llevadas a escena en ambos casos por la compañía RKO Fábrica de Sueños), más la relación intertextual que Norte podría mantener con el cuento “El sur” de Borges (donde el regreso se manifiesta como un imposible), nos podríamos sentir invitados a leer esta obra como la constatación de la imposibilidad de acceder a la felicidad en medio de las condiciones que propone la vida moderna, donde la nostalgia que rige esa ausencia del lugar que se añora, domina todos los pensamientos de la vida de un sujeto irremediablemente atrapado.

Norte de Alejandro Moreno.
Dirección: Víctor Carrasco.
Compañía: RKO Fábrica de Sueños.
Duración: 1 hora 5 minutos.
Elenco: Pablo Macaya, Diego Casanueva, Pablo Schwarz, Juan Pablo Ogalde, Andrés Céspedes.
Fecha: hasta el 25 de enero.
Lugar: Sala Agustín Siré (Morandé 750, Santiago).
Horario: 21:30 hrs. Precio: $ 5.000 general, $ 3.000 estudiantes y tercera edad.

STGO A MIL 2009: Jaula Obesa en indie.cl

Pinche sobre la fotografía y acceda a la reseña en la revista digital indie.cl (con imágenes de Carolina Amos) o leala más abajo en este blog:


La compañía Geografía Teatral está presentando en la sala Sergio Aguirre la obra Jaula Obesa, escrita y dirigida por Tomás Espinosa Bertrán. La puesta en escena se desarrolla en la habitación principal de una casa tapizada con un papel mural saturado de motivos culinarios. Este espacio es habitado por una familia compuesta por Víctor, Carla y la madre de ambos, Elda (interpretados respectivamente por Horacio Pérez, Bárbara Vera y Mónica Carrasco). La casa se ubica en un barrio marginal que ha sido sacado de las rutas de los repartidores de pizza (principal alimento de la familia). Pero este hogar mantiene a sus habitantes, gracias a rejas y cercos eléctricos, liberados del entorno, o prisioneros de su ética del desprecio, esa que distribuye a las personas en un eje vertical que cuantificaría su calidad humana. De su hogar, Elda dice: “Es una casa pintada café con leche, con un portón de madera pintado de chocolate, con una reja con un cerco arriba del portón. Es bien diferente al resto, porque el resto se conformó con lo que le pasaron”. Carla, la hija, en el encierro liberador que le ha dado su madre, se ha vuelto una obesa mórbida. Víctor, por su parte, ha reproducido la ética de Elda. “Si alguien se llama Kevin hay como un 80 % de probabilidades de que sea medio ladrón, medio narcotraficante, medio asesino y medio violador”, afirma el muchacho. Pese a esto han bautizado a su perro como Killer.

La rutina familiar lleva a la madre a su trabajo y a Víctor al colegio, mientras Carla se queda resguardada en el encierro, sin poder moverse (por su cuerpo que la limita y por los cercos de la casa, volviéndose lo primero una suerte de símbolo de lo segundo), pero castrada en su espacio seguro, tapizado de comida. Esa rutina no experimentaría [un intento de] quiebre hasta que el Nelson Denis (representado por Rafael Contreras), amigo de infancia de la Carla y dueño del carrito de completos de la esquina, aparece para dotar de una curva a la vida lineal que ha mantenido la muchacha atrapada en su cuerpo, en su casa y en la ética restrictiva que su madre ha impuesto.

La familia se siente mejor que su entorno. “Toda mi familia conoce la playa ¿a ver conocís la playa? ¿conocís la nieve? La Carla una vez fue a tocar la nieve, me trajo un poco en una bolsita y yo también la toqué. Eso es cachar un poco más, es cachar que si le ponís a tu hijo Michael, Bryan, Bryatan, Brandon, Dayan, Eric, Nick, Johnny, Jonathan, Richard, Hans, Walter o Jefferson, desde que sea niño va ir a su primer día de escuela y la tía lo va a mirar como un alumno cochino que le pega los piojos al resto, y de ahí en adelante va a ser siempre considerado como sospechoso, porque es sospechoso que sus padres le hayan puesto ese nombre po”, le explica Víctor a Nelson Denis. Pero Carla, la manifestación viva del encierro, se ha cansado, alterando la segura fragilidad que la madre ha construido para sus hijos. Sin embargo, Elda le advierte a la muchacha: “Si yo no le hubiese puesto cable entremedio a la reja en el momento en que se lo puse, estarías seguramente hasta con un hijo de ese tal Nelson y teñía rucia y con un tatuaje del Colo-Colo en una pechuga y con un tajo de la Joyce en la cara y robando en el supermercado y pegándole coscorrones a tu hijo (…) y en vez de estar sentada aquí, estarías sentada en ese carrito pasada a aceite y más guatona”. Así, el ímpetu libertario de Carla pierde ante inesperadas (o tal vez evidentes) conclusiones.

De esta forma, entre los cuatro personajes que componen la acción dramática no habría relaciones de dominado y dominador (pese a las imposiciones que la madre de Víctor y Carla realiza sobre estos). Todos más bien, incluso Nelson, serían víctimas de una autoridad ensombrecida y, como tal, bien acomodada (robándose un espacio trágicamente robustecido), que articula y condiciona las relaciones de violencia y sospecha que se generan en medio de las comunidades que componen una ciudad.

El miedo que motiva las decisiones de la madre de Carla puede ser sólo producto de una paranoia o bien estar completamente justificado. En cualquier caso, ambas posibilidades generan efectos materiales que influyen en la realidad. Los cuestionamientos que podría estar planteando Jaula Obesa se relacionarían con poder visualizar al causante de este miedo (ya sea paranoico o justificado), al responsable de la castración de la Carla. Aunque ésta parece rendida y no puede visualizar otra posibilidad más que asumir la libertad que le ofrece su madre, la cárcel moderna que está en todos lados.

Jaula Obesa de Tomás Espinosa Bertrán.
Dirección: Tomás Espinosa Bertrán.
Compañía: Geografía Teatral.
Duración: 1 hora.
Elenco: Mónica Carrasco, Bárbaara Vera, Horacio Pérez, Rafael Contreras.
Fecha: entre el 14 y el 25 de enero.
Lugar: Sala Sergio Aguirre (Morandé 750, santiago Centro).
Horario: 20:30 hrs. Precio: $ 3.000 general.

STGO A MIL 2009: Filóctetes en indie.cl

Pinche sobre la fotografía y acceda a la reseña en la revista digital indie.cl (con imágenes de Carolina Amos) o leala más abajo en este blog:


Filóctetes es un héroe de la mitología griega, y cierto pasaje de su historia, el ocurrido en la isla de Lemnos, fue el referente de la tragedia que Sófocles lleva a escena en el año 409 a. de c., con el nombre de este personaje como título. Durante el año 2008 la compañía Un Mundo Teatro estrena, bajo la dirección de Heidrun Breier, una puesta en escena a partir del texto dramático Filóctetes compuesto por el autor alemán Heiner Müller en 1962, el que a su vez está basado en la tragedia de Sófocles, pero desplazando parte de la acción dramática hacia otros hechos que buscarían una recontextualización ideológica.

Pensando en que una puesta en escena (hecho teatral) no mantiene una relación de dependencia con un texto dramático (hecho literario), el montaje de la compañía Un Mundo Teatro buscaría, posiblemente, realizar una nueva recontextualización de los símbolos presentados, que sea capaz de dialogar con cierta situación contextual del Chile de comienzo del siglo XXI. En la obra dirigida por Heidrun Breier, en medio de un espacio vacío y blanco, adornado sólo por luces y sombras, Ulises (representado por Sergio Hernández) y el hijo de Aquiles, Neoptólemo (interpretado por Salvador Burrell), llegan a la isla de Lemnos, donde Filóctetes (a cargo de Daniel Muñoz) ha sido abandonado diez años antes por los griegos que se dirigen a pelear a Troya. Lo han abandonado luego de que una serpiente lo ha mordido, produciéndole una herida que no cicatriza y produce mal olor. Sin embargo, han regresado pues éste, el único habitante de Lemnos, posee un arco mágico que Heracles le ha regalado, y que es la única opción que los griegos ven para vencer a los troyanos. Ulises, ayudado por Neoptólemo, recurre a un engaño para intentar llevar a Filóctetes al campo de batalla en las cercanías de Troya o al menos para conseguir su arco mágico.

Tanto la utilidad que Ulises visualiza de Filóctetes como la condición física de este abandonado, lo convertirían en un personaje alegórico que, en este caso, estaría representando a la clase que, en el contexto de las sociedades capitalistas de occidente, se presenta como la más desprotegida. El solitario de Lemnos correspondería simbólicamente al pueblo, mientras que Ulises representaría al poder en la sombra (el poder económico), el que a su vez se sirve de Neoptólemo, quien representaría a las instituciones que organizan la sociedad y que, tras ser convencido por Ulises (por lo que éste simboliza), engaña a Filóctetes (el pueblo), incluso habiéndose negado a mentir en una primera instancia. “No serás el primero que hace lo que no quiere hacer”, le advierte Ulises al hijo de Aquiles, recordándole que su padre se vistió de mujer para esconderse. Filóctetes tendría valor para Ulises sólo en cuanto pudiera serle útil para cumplir con sus objetivos, tal como el pueblo le sirve a la industria sólo como mano de obra que puede ser explotada. Sumado a eso, la herida de Filóctetes no logra cicatrizar, manteniéndose abierta y ocultándose en una aparente normalidad o naturalización de tal estado, tal como la enajenación del pueblo se mantiene como una herida abierta que con el paso de los años, aun sin cicatrizar, ha adquirido una naturalización engañosa. La representación es inaugurada por un ciego que anuncia la magnitud de los hechos posteriores (o anteriores, pues mantiene la conciencia del referente griego). Este ciego es una suerte de Tiresias a quien no se le hace dificultoso descifrar el destino de este Filóctetes simbólico, de este Filóctetes que es privado de todas las posibilidades de encontrar una salida o una cura para una herida abierta.

Filóctetes de Heiner Müller.
Dirección: Heidrun Breier.
Compañía: Un Mundo Teatro.
Duración: 1 hora 20 minutos.
Elenco: Daniel Muñoz, Sergio Hernández, Salvador Burrell, Dángelo Guerra, Felipe Ortíz.
Fecha: hasta el 24 de enero.
Lugar: Sala Goethe Institutt (Esmeralda 650, Santiago).
Horario: 21:00 hrs. Domingo 20:00 hrs.Precio: $ 5.000 general. $3.000 estudiante y 3ª edad.

martes 20 de enero de 2009

STGO A MIL 2009: Violación en indie.cl

Pinche sobre la fotografía y acceda a la reseña en la revista digital indie.cl (con fotos de Gabriela Lobos) o leala más abajo en este blog:


En Violación, montaje dirigido por Aldo Droguett y compuesto libremente a partir del poema La violación de Lucrecia de William Shakespeare, Sexto Tarquino es retomado y recontextualizado. Este personaje de la escasa lírica de Shakespeare, que abusa de una matrona llamada Lucrecia, utilizando su condición de hijo del rey como argumenta para su derecho a cometer tal acto, reaparece en la propuesta de Droguett como esposo de la mujer violada, desplazándose así las manifestaciones del ejercicio del poder desde el espacio público (en el caso del poema del autor inglés) hacia el espacio privado (en el caso del montaje del director chileno).

Tarquino regresa a su hogar luego de que su trabajo lo ha obligado a estar alejado por un período prolongado. En él se anida un incontrolable deseo sexual motivado por la hermosura de su mujer. “Mi brillante antorcha, no le prestes tu luz al rostro de Lucrecia cuya luz te supera, y morir pensamientos sacrílegos que manchan con vuestras impurezas aquello que es divino. Ofrecer puro incienso en su sagrada ermita y dejad, dejad que los hombres aborrezcan mi acción que ensucia y empaña la modesta túnica del amor (…) mi acto es tan vil, mi condición tan baja que quedará para siempre grabada en mi rostro, yo moriré y el escándalo ha de sobrevivirme (…) mas qué gano si obtengo aquello que deseo, por gozar un minuto llorar una semana o vender mi eternidad por lograr un juguete, por un dulce racimo quién se atreve a arruinar una viña o qué loco pordiosero por tocar la corona se expondría a morir por el peso del cetro”, señala Tarquino adelantándose a la tragedia que inundará su hogar.

En seguida, el hombre intenta seducir a la sirvienta de la casa, arguyendo: “qué me importan las leyes divinas o terrenales, si hasta el pecado más negro la absolución lo limpia”. En este acto es sorprendido por Lucrecia, generándose en ella un fuerte rechazo por su marido. Por este mismo rechazo, él se siente con el derecho de realizar exigencias sexuales a su esposa. “Te gozaré esta noche y si tú me rechazas, me abrirá ese camino mi fuerza que tratará de destruirte, para lo cual mataré a tu mísera esclava, para quitarte vida y honra al mismo tiempo, después juraré, juraré que le di muerte cuando le vi besarte”, advierte Tarquino.

Las argumentaciones del esposo de Lucrecia parecen contundentes. En un juicio, tras desatarse la tragedia, la sirvienta intenta justificar el actuar del hombre, configurándose en el hogar de Lucrecia un tipo de relación que Pierre Bourdieu llamaría “violencia simbólica”, la que se caracteriza por una relación asimétrica entre un dominador y un dominado, en este caso Tarquino y Lucrecia, donde el dominado se constituye en relación a su subordinación al dominador. Con esta subordinación, aterradoramente, esa violencia ejercida sobre el dominado parecería natural y justificada. Lucrecia no tendría más opción.

La puesta en escena se lleva a cabo detrás de un telón sobre el que se proyectan imágenes y que propicia un fingimiento en el que el teatro juega a ser cine (sin la desproporcionada tecnología desplegada por la compañía Teatro Cinema para conseguir objetivos similares en su obra Sin sangre, que formó parte de la versión anterior del Festival Santiago a Mil). Este juego, que no es meramente ornamental, se llevaría a cabo con posibles intenciones discursivas. A saber, que las acciones de alta crudeza se realicen escondidas en una nebulosa telar que, pese a encarar al espectador con la violencia de forma viva, impide que esta obra acceda a un estado sensacionalista; y que, además, la violencia simbólica que ha encontrado residencia en nuestra sociedad (y por tanto se ha naturalizado), pueda verse en escena de forma desnaturalizada y podamos, nuevamente, reparar en eso que en la calle o el hogar ya no vemos, porque se ha vuelto habitual.

Violación.
Basada en La violación de Lucrecia de William Shakespeare.
Dirección: Aldo Droguett.
Compañía: Teatro La Casa.
Duración: 1 hora 20 minutos.
Elenco: Raúl Oyarce, Catalina Bohn, Marcia Pavez, Marcela Cerda y Freddy Rojas.
Fecha: entre el 6 y el 16 de enero.
Lugar: Sala Teatro La Palomera (García Reyes 58, Santiago).
Horario: 20:30 hrs. Precio: $ 5.000 general, $ 3.000 estudiantes y tercera edad.

Electra e Ifigenia (hablan ante un cuerpo) en indie.cl

Pinche sobre la fotografía y acceda a la reseña en indie.cl (con fotografías de Jorge Matta) de esta obra que está fuera de la cartelera de Stgo a Mil, o leala más abajo:


Las hijas de Agamenón y Clitemnestra, estos personajes que llegan a nosotros por el conocimiento que se conserva de la tradición griega clásica, vuelven a aparecer para dar el nombre y el protagonismo al montaje Electra e Ifigenia (hablan ante un cuerpo), que durante enero la compañía Teatro La Cualquiera está presentando en el Anfiteatro del Museo de Bellas Artes, bajo la dirección de la actriz Paola Lattus.

Los personajes son tomados de la mitología griega y recontextualizados con un posible afán simbólico. Así, Electra (ejerciendo un amor filial) se encuentra sola velando el cadáver de su padre, que ha sido asesinado por la puta, que es como ella llama a su madre Clitemnestra. Ifigenia –quien según la fuente griega clásica debe ser sacrificada en honor de Artemisa para que la flota griega pueda tener buenos vientos en su viaje a la destrucción de Troya, pero que al momento de consumarse el sacrificio es cambiada por un ciervo y enviada al país de los Tauros– en esta ocasión ha ido a dar a un internado administrado por monjas que le han enseñado el rol de la mujer en la sociedad, el que no incluye palabras que aludan al amor. Ifigenia ya adulta es, entonces, una frustrada dependiente del Blockbuster. Agamenón, por su parte, que en vida se desempeñó como dirigente sindical de los microbuseros, es un cadáver encerrado en un féretro sólo custodiado por Electra. Orestes, en tanto (sin aparecer en escena), es descrito como un libertino asiduo a las putas que, luego de que su hermana Ifigenia dejara el internado (el país de los Tauros), vivió junto a ella gracias al dinero que Clitemnestra le enviaba a él para que no volviera a casa.

Quisiéramos ignorar (aunque esto se nos hace difícil) que la melancolía que domina la atmósfera, a ratos se ve interrumpida por los frecuentes cambios de ropa que efectúan los personajes Electra e Ifigenia, los que por cierto acumulan varios minutos en los que no se estaría presentando ningún tipo de símbolos que aporten a la construcción de sentido, constituyendo un tiempo muerto dentro de la acción dramática. Lo que sí es preferible ignorar, en este caso, son algunas incongruencias cronológicas en relación a la fuente clásica (Ifigenia y Orestes, que en esta obra vivieron juntos tiempo antes del funeral de Agamenón, se reunieron, según las fuentes griegas, sólo después de que el muchacho asesinó a su madre Clitemnestra y esto último habría sucedido ocho años después del asesinato de Agamenón). Las ignoramos, pues el desplazamiento realizado buscaría, creemos, desarrollar nuevos procesos de significación.

Con este nuevo entramado el abandono que las más jóvenes de la familia de los Atrida están experimentando ha marcado sus vidas, sin posibilidad de que estas huellas puedan ser borradas. Esto podría estar postulando que las instituciones que componen la sociedad (como la nación o la familia) son sólo productos imaginarios, y no reales. La filiación que los miembros de una familia puedan adoptar, no son elementos esenciales cobijados en el espíritu de estos sujetos, sino ideas construidas al alero de una sociedad también construida (las enseñanzas que las monjas le dan a Ifigenia, por ejemplo, o la autoridad de Agamenón en el sindicato). Por tanto, si los miembros de la familia no adhieren de forma natural a tal filiación (como los Atridas, sus preferencias por uno u otro pariente y su cadena de venganzas que desembocan en la muerte de Agamenón y Clitemnestra), la institución no necesariamente se logrará construir. Así, si la familia (como los Atrida) no posee una cohesión esencial, difícilmente las instituciones (como el sindicado que dirige Agamenón) o la nación podrían tenerla, y la filiación que Electra buscaría en Ifigenia respondería a otros criterios ya no relacionados con la supuesta condición natural que ostenta la familia, sino a un trabajo de concretización filial, que en este caso podría relacionarse con la paradoja del abandono que las une.

Electra e Ifigenia (hablan ante un cuerpo), creación colectiva.
Dirección: Paola Lattus.
Compañía: Teatro la Cualquiera.
Duración: 50 minutos.
Elenco: Daniela Hernández, Marieta Figueroa, Ariel Lagos.
Fecha: entre el 7 y el 17 de enero.
Lugar: Anfiteatro Museo Nacional de Bellas Artes (Parque Forestal s/n, al costado norte del Museo de Bellas Artes).
Horario: Miércoles, jueves, viernes y sábado a las 21:30 hrs.
Precio: $ 4.000 general, $ 2.000 estudiantes y tercera edad.

viernes 16 de enero de 2009

STGO A MIL 2009: Chile Bi-200 en indie.cl

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La mayor parte del tiempo la obra Chile Bi-200 es lúcida e irónica. Este es el más reciente trabajo de Ramón Griffero y se construye a partir de cuatro textos dramáticos escritos por autores chilenos durante el siglo XIX. La primera parte correspondería a una relectura de la obra Camila o la Patria de Sudamérica que Camilo Henríquez publica por primera vez en 1817 en Buenos Aires, con intenciones de realizar un trabajo dramático que sirviera de instrumento político. Ese era, por cierto, el teatro que la nueva nación necesitaba en la primera década de independencia según Henríquez, y así lo afirma en La Aurora de Chile. Pasado el período romántico de mediados del siglo XIX, en medio de una necesidad de representar temas que puedan identificarse con la joven nación, José Antonio Torres escribe en 1855 La independencia de Chile, que es el objeto de la segunda relectura que realiza la obra de Griffero. La tercera relectura la realiza a la obra La batalla de Tarapacá, escrita por Carlos Segundo Lathrop en 1879. Y la última corresponde a la obra La república de Jauja que Juan Rafael Allende escribe en 1889. Todo este material decimonónico se presenta reorganizado en clave épica.

En efecto, la influencia brechtiana que construye esa clave épica se evidencia desde el comienzo, buscando el extrañamiento desde la primera escena: los mismos actores que después representarán a los personajes de las cuatro obras citadas, personifican a técnicos que revisan los focos, encaramándose en una escalera, e instalan una palmera en un extremo, utilizando un montacargas. Esto anunciaría desde ya que se trata de teatro político (aunque no en el sentido literal y chovinista que proponía Camilo Henríquez) y que para constituirse como tal se nutre de la ironía. Aunque si el espectador no está enterado de que ésta es la forma en que operan los montajes influenciados por el teatro épico, pronto puede ser testigo de cómo la ironía se convierte en una herramienta discursiva fundamental en esta obra. Intensifican ese extrañamiento: las declamaciones exageradas de los actores, la escenografía no realista, el vestuario destemporalizado, la música y la ocasional ruptura de la cuarta pared, presente, por ejemplo, en el paso de uno a otro de los textos citados. Naturalmente (y esto se vuelve a relacionar con las influencias del teatro propuesto por Brecht a mediados del siglo XX) la búsqueda de motivos y textos del siglo XIX no es sólo para hablar de nuestro pasado, sino para hablarnos de un fragmento del Chile de hoy a través de su evolución dramática (que denunciaría una involución ética de nuestra cultural, entendiendo “cultura” como todo lo que somos).

Sin embargo, la marca Griffero pareciera estar agotada. Posiblemente no sea el ideario de Griffero el agotado, pues a él lo percibimos lúcido e irónico, sino el Griffero de la recepción (sustentando estos dichos a partir de las señas que recogemos de la reacción de los espectadores). Distinguimos estos dos Grifferos pues somos herederos de las teorías de la recepción y desde nuestro punto de enunciación, por tanto, nos referimos a un Griffero implícito y no a uno real. Por eso hablamos de una “marca”. Es que sucede que las relecturas que recurren a la ironía como herramienta discursiva, consiguen como efecto primario la inversión de los posibles sentidos políticos de los textos. El problema con el público y su relación con la desgastada marca ya mencionada, se suscitaría en que, pese a que con esta acción dramática irónica se le enrostra una condición ética condenable, la multitud tiende a la risa. Es innegable que la ironía bien hecha es graciosa, pero también, para mantener una robusta construcción, antes de dar risa debe herir y causar dolor (algo que en efecto sí estaría en condiciones de lograr la ironía de Chile Bi-200). Si no produce dolor, es sólo un chiste y deja de ser ironía. Pues bien, el público de la Marca Griffero es incapaz de sentir las heridas que causa este montaje puntiagudo, y más bien siente cosquillas, porque se ha olvidado de que ha asistido a un espacio donde circula material ideológico y se ha quedado con la marca (que dice con letras grandes: Griffero), como quien compra zapatillas o perfume.

Posiblemente los elementos periféricos del teatro (especialmente si se trata de teatro político) insisten en el agotamiento de esta marca: una sala gigante (pero no por eso más popular), una difusión como si se tratara del evento que nadie puede perderse y la omnipresencia de la marca. Otra obra con similares objetivos (rescate de la memoria nacional y difusión de un discurso político) estaría haciendo mejor el trabajo, con su humildad y su tránsito gratuito por las calles de Santiago. Nos referimos (y nos permitimos con esto hacer un link) a La epopeya de Lucho Chaveta de la Central de Inteligencia Teatral. Pero de eso podremos hablar en otra ocasión. Finalmente Chile Bi-200 cierra con una proclama incendiaria y barata, perdiendo la lucidez y la ironía que destacaba hasta la hora cuarenta de función y que casi nadie en la sala más grande de Matucana 100 pudo digerir, atorados por la risa que transitaba desde la primera fila de la sala hasta el fondo de ésta, allá, bien lejos del escenario.

Chile Bi-200 de Ramón Griffero.
Dirección: Ramón Griffero.
Compañía: Teatro Fin de Siglo.
Duración: 1 hora 45 minutos.
Elenco: Gabriela Aguilera, Margarita Barón, Taira Court, Verónica García-Huidobro, Paula Jiménez, Humberto gallardo, Mario Horton, Claudio Marín, Omar Morán, Matías Oviedo.
Fecha: Entre el 7 y el 25 de enero.
Lugar: Sala Matucana 100.
Horario: 21:30 hrs.
Precio: $ 5.000 general; $ 3.000 estudiantes y 3ª edad.

jueves 15 de enero de 2009

STGO A MIL 2009: El Pelícano en indie.cl

Pinche sobre la fotografía y acceda a la reseña en indie.cl (con imágenes de Daniel Luzanto) o leala más abajo:


Durante el 2008 la Compañía Maleza presentó la obra El Pelícano, su segundo montaje (el primero fue la obra Maleza en el año 2007, que posteriormente dio nombre a la agrupación). Este segundo trabajo, que durante enero se presenta en el Festival Santiago a Mil, está realizado a partir del texto dramático del mismo nombre, escrito por el dramaturgo sueco August Strindberg en 1907, casi al final de su carrera. La acción de esta obra muestra a una madre ambiciosa y cruel (interpretada por Marcela Salinas) que ha despreocupado, desde la infancia, la atención de sus hijos Gerda y Fredrik, y que en el presente de la acción dramática –cuando Gerda (personificada por Muriel Miranda, quien además dirige la obra) y Fredrik (representado por Diego Ruiz) han llegado a la adultez mal desarrollados– mantiene una relación nada menos que con su yerno, Axel (encarnado por Iván Álvarez de Araya), mientras el fantasma de su marido la atemoriza a diario.

Los hechos representados condicionan que cada incidente posterior, en el transcurso del tiempo de la acción, insista en empujar a los personajes a la más trágica de las caídas. Estos hechos, por supuesto, no responderían a un actuar caprichoso, y la maldad junto con la crueldad no se presentarían como algo esencial en el espíritu de los personajes, sino como algo adquirido. “Sabes qué infancia tuve, Gerda. Puedes imaginarte el horror en la casa en que me crié y todo el mal que ahí aprendí. Es algo así como una herencia”, dice la madre, insinuando cómo su entorno quizás la ha determinado socialmente y aventurándose a que esta determinación tal vez sea biológica.

La maldad, por tanto, no se estaría presentando como parte del extremo de un diagrama polar, como un elemento universal que surge de forma espontánea. La maldad sería una consecuencia, donde lo justo y lo injusto podrían confundirse en una nebulosa. Fredrik así lo señala: “Jamás voy a rendir mis exámenes porque no creo en la justicia. Un testimonio sincero no es válido porque bastan dos testimonios falsos para que se establezca una prueba”. Pero Gerda y Fredrik pueden hallar la forma de ser el final de esta cadena de transmisión de la maldad, aunque eso no implique su salvación. La maldad simbolizada, por tanto, no sería de tipo individual, sino una de carácter social que postula cómo una comunidad tiende a corromperse, probablemente, de forma inevitable.

Uno de los elementos que mayormente llamó la atención de la prensa durante su temporada en el 2008 fue la mezcla del trabajo actoral con una técnica de animación cuadro a cuadro, conocida como Stop Motion (herramienta ya usada anteriormente por esta agrupación). Cabe destacar en este momento –pues creemos que la crítica ha ignorado este asunto– que este no es un simple elemento ornamental, sino una herramienta productora de significado. En efecto, la animación, que recuerda las historias para niños, se suma al espacio donde se desarrolla la acción dramática, que se asemeja a una casa de muñecas en tamaño extra grande. Ambos elementos aportarían a desnaturalizar la idea de maldad y presentarla de forma simbólica en un espacio de ficción que no busca ser un reflejo de la realidad. La actriz y directora Muriel Miranda advierte sobre esto: “te aleja, pero te deja contemplativo”. Lo que ocurre en esta casa de muñecas ya no es apto para niños.

El Pelícano de August Strindberg.
Dirección: Muriel Miranda
Compañía: Maleza.
Duración: 1 hora.
Elenco: Marcela Salinas, Diego Ruiz, Iván Álvarez de Araya y Muriel Miranda.
Fecha: entre el 6 y el 14 de enero.
Lugar: Sala Sidarte (Ernesto Pinto Lagarrigue 131, Barrio Bellavista).
Desde el 9 de agosto al 24 de agosto.
Horario: 21:00 hrs. Precio: $ 3.000 general.

STGO A MIL 2009: Körper en indie.cl

Pinche sobre la fotografía y acceda a la reseña en indie.cl (con imágenes capturadas por Gabriela Lobos) o léala más abajo:


Körper, que significa cuerpo, es un espectáculo escénico de danza, estrenado el año 2000 por la compañía alemana Sasha Waltz & Guests. La misma coreógrafa que le da nombre a la compañía es la creadora y directora de este montaje que en esta ocasión, con solo dos presentaciones en el Teatro Municipal de Santiago, llega a la XVI versión del Festival Santiago a Mil.

El montaje está construido de forma fragmentaria a partir de una serie de cuadros interpretados por trece bailarinas y bailarines. En estos cuadros el cuerpo se convierte en el foco de la descripción y, luego, de la reflexión. Los cuerpos en escena se convierten en órganos de un cuerpo mayor que se construye a partir de retazos entrelazados (tal como lo hace, también, este montaje). De esta forma, en medio de la reflexión sobre la materialidad del cuerpo, se instala la idea de arquitectura y de fragmentos actuando de forma concatenada, haciendo que cada parte afecte el funcionamiento de las otras.

Los cuerpos (o los órganos del cuerpo) responderían a una lógica de trama compacta, donde la perfección dependería de un sustento más frágil que robusto. “Este es mi cuerpo (…) no lo elegí, nací más o menos así. Ahora tengo un metro ochenta y cuatro de altura, mi peso es de veintiún kilos y medio y dentro de mi cuerpo tengo doce litros de agua. Tengo una cabeza, una boca pequeña y dos grandes ojos marrones. No nací con los bellos ojos verdes de mi madre, no pasó, pero nací con todas estas marcas negras en la piel y mucho pelo de la parte de mi padre (…) nunca me he hecho una radiografía, pero creo que mis pulmones deben estar bastante negros”, señala una de las muchachas que componen el entramado, en uno de los pocos momentos hablados de la puesta en escena. Pero pese a esa fragilidad, el cuerpo funciona, adquiriendo cada órgano funciones y valores cuantificables.

Sin embargo, en medio de la concatenación (impensada tal vez si un órgano fuese diferente o no estuviera) aparecen cuerpos con arquitecturas imposibles, que se desplazan con la misma naturalidad de los cuerpos que conocemos y que nos parecen que no podrían ser de otra manera. El cuerpo se despliega, entonces, en nuevas fórmulas, pues esa sería la forma primera de habitar la realidad (aunque quizás los adherentes de la supremacía de las ideas nos quieran censurar por el gesto de materialismo que estamos manifestando con estas palabras).

En medio de esta reflexión en torno a la arquitectura del cuerpo, la escenografía propicia los entramados y luego se desmantela para dar espacio a la reorganización de la estructura de órganos. La música (escasa) evoca los infinitesimalmente pequeños sonidos que podrían estar produciéndose en el flujo de la sangre, en el crecimiento de los huesos, en la fractura de una pestaña y en cada acto que deje marcas en el cuerpo.

Körper (Alemania)
Dirección: Sasha Waltz.
Autor: Sasha Waltz.
Compañía: Sasha Waltz & Guests.
Elenco: Davide Camplani, Juan Cruz Díaz de Garaio Esnaola, Luc Dunberry, Annette Klar, Nicola Mascia, Jeroen Mosselmann, Michal Mualem, Virgis Puodziunas, Claudia de Serpa Soares, Xuan Shi, Takako Suzuki, Laurie Young, Yael Schnell.
Duración: 1 hora 30 minutos.
Fecha: 5 y 6 de enero.
Sala: Teatr Municipal de Santiago (Agustinas 794, Santiago).
Horario: 20:00 hrs.
Precios:
Platinum: general $35.000 y estudiante $17.500Vip: general $30.000 y estudiante $15.000Golden: general $25.000 y estudiante $12.500Balcón: general $20.000 y estudiante $10.000Preferencia: general $15.000 y estudiante $7.500General: general $10.000 y estudiante $5.000Balcón Lateral: general $5.000 y estudiante $2.500Galería: general $3.000 y estudiante $1.500

martes 6 de enero de 2009

STGO A MIL 2009: Hijos del sol en indie.cl

Pinche sobre la fotografía y acceda a la reseña en indie.cl (con fotos de Giovaanni Longo) o leala más abajo:


Podría parecer que la presencia de espectáculos extranjeros en los escenarios de Santiago no tiene más objetivo que la comparación formal desprovista de contenidos, donde –con riesgo de formular una metáfora desafortunada– las cáscaras de los huevos que ponen nuestras gallinas son comparadas con las cáscaras de los huevos de gallinas ajenas, sin importar la consistencia de la yema de los huevos de esas gallinas extranjeras, pues sólo nuestro teatro –para olvidarnos ya de las plumas– es capaz de interpelarnos ideológicamente. Sin embargo, hay aspectos históricos –algunos posiblemente lamentables, por cierto– que pueden verse repetidos a lo largo de toda Latinoamérica, permitiendo que las artes escénicas argentinas o mexicanas nos miren a la cara. Es más, pueden identificarse elementos transversales al mundo occidental, que permitan que obras belgas o italianas nos agarren de los hombros. E incluso, es posible que más allá de occidente –no queriendo decir con esto que creemos en la existencia de asuntos universales– existan problemáticas que pueden permitir que el arte chino o coreano estremezca a un público latinoamericano.

La obra argentina Hijos del sol posee una fuerte carga ideológica, la que funcionaría produciendo efectos tanto en su país de origen como en Chile. De más está decir, en medio de esta polisemia espacial, que el texto referencial para esta obra escrita y dirigida por Rubén Szuchmacher es el texto narrativo que el escritor ruso Máximo Gorki publicó en 1905. En la casa del científico Pavel Fiódorovich Protásov se realizan conversaciones de alto nivel, que incluyen su deseo –que probablemente busca ser científicamente respaldado– de la concretización de un universo donde la humanidad actúe de forma ordenada, como lo hace la parte del universo que sólo puede ser presenciada por el microscopio. Junto a él dialogan el médico veterinario Boris –eternamente enamorado de Liza, la hermana de Pavel– y el cursi pintor Dmitri –ociosa entretención de Elena, la esposa del científico–, quienes consiguen crear una atmósfera que aparentemente descifraría el universo, pero que finalmente no logra otra cosas más que hacerlos desatender lo que le ocurre a los habitantes de ese mundo que desean descifrar. Entremedio de ellos pululan los desatendidos: sirvientas sin vida propia o en busca de los beneficios que otorgue el mejor postor, obreros borrachos y disconformes, gente pobre y muchos a quienes identifican como ignorantes.

Al interior de esta burbuja, Liza quiere corromper sus límites y encara a los semidioses del conocimiento inútil. Pavel dice, a propósito de los hombres decadentes: “Estos hombres son células muertas en el organismos”. Liza interrumpe: “No los puedo escuchar más. Ustedes están ciegos, son crueles, crueles” (incluyendo al público en este reproche). Sin embargo, la hermana de Pavel no repara en que a ella misma la nana de la casa le parece despreciable. “Es tan estúpida, tan ignorante. Es extraño, vive con nosotros hace más de treinta años. Desde que tengo memoria que en esta casa se escuchaba la mejor música, se decían las ideas más brillantes, pero ella no se volvió más inteligente”, comenta. Mientras todo esto ocurre, afuera de la burbuja se desata una epidemia de cólera entre los pobres.

Pensando en que el teatro es capaz de irradiar luz más allá de los límites de la sala de teatro, podríamos pensar en que, al llevar esta obra a una sala del barrio alto, se podría estar buscando amplificar los efectos del material ideológico que circula en ésta. Sin embargo, el riesgo de que el espectador desatento olvide todo lo que acaba de ver mientras avanza por el Boulevard del Parque Arauco podría ser un rayo más grande que la luz del sol que permite que este espectáculo latinoamericano nos mire directamente a la cara. Hijos del sol en sólo tres funciones buscará mirarnos a la cara y hacernos sentir incómodos con aquello.

Hijos del sol (Argentina)
Dirección: Rubén Szuchmacher.
Autor: Máximo Gorki.
Dramaturgia: Rubén Szuchmacher.
Elenco: Irina Alonso, Karina Antonelli, Fernando Arluna, Nicolás Balcone, Pablo Caramelo, Francisco Civit, Federico Costa, Emilse Díaz, Ana Fouroulis, Andrea Jaet, Paul Sebastian Mauch, Eduardo Marcelo Peralta, Federico Ponce, Daniel Ridolfi, Javier Rodríguez, Roberto Sabatto, María Zambelli, Josefina Lamarre.
Duración: 1 hora 50 minutos.
Fecha: Del 3 al 6 de enero.
Sala: Teatro Mori Parque Arauco.
Hora: 21:30 hrs. Domingo 20:00 hrs. Precios general $ 7.000, estudiante y 3ª edad $ 3.500.

STGO A MIL 2009: Las tres hermanas en indie.cl

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A partir del 3 de enero y hasta el 25 del mismo mes se llevará a cabo la versión 2009 del Festival Santiago a Mil, fiesta que cada año reúne una selección de las artes escénicas (teatro, danza y ópera) que compusieron la cartelera nacional, además de un nutrido número de títulos de montajes extranjeros, conformando un listado de más de cincuenta títulos.

Uno de los montajes teatrales encargados de abrir la fiesta el día 3 de enero es la obra Las tres hermanas, dirigida por Víctor Carrasco (quien ha dirigido Las bellas atroces, Hedda Gabler y Norte entre muchas otras) tratando de respetar fielmente el trabajo realizado casi cien años antes por Anton Chejov en su texto dramático del mismo nombre. Acerca de este interés por la dramaturgia de principios del siglo XX, Carrasco señala: “para nosotros es una necesidad estar permanentemente visitando esos textos y trabajándolos, porque son muy complejos, son difíciles y ese es el desafío”.

Las tres hermanas está protagoniza por Olga, Masha e Irina, las hermanas Prosórov (interpretadas por Mariana Loyola, Manuela Oyarzún y Francisca Lewin), quienes habitan un pueblo en la provincia y anhelan regresar a Moscú, ciudad en que vivieron en el pasado. Las tres mujeres son testigos de cómo las esperanzas de volver a la capital de Rusia se van desvaneciendo. La acción dramática compuesta por Chejov (y hoy interpretada por la compañía RKO Fábrica de sueños) se lleva a cabo como si nada realmente estuviera sucediendo. Sin embargo, en ese lento devenir se oculta (o se hace visible) un mapeo de psicologías tristes de hombres y mujeres decepcionados.

Carrasco manifiesta ser de aquellos directores que busca que la puesta en escena mantenga un lazo tributario con el texto dramático. Es por eso que al ser consultado acerca de la necesidad de recontextualizar una historia escrita en 1901 en la Rusia prerrevolucionaria, advierte: “[el texto] requiere una relectura, pero esa relectura es a partir del texto íntegro, a partir de un texto que se respeta, a partir de un texto que funciona y que opera por sí solo”. Pero nos preguntamos cómo el trabajo de Anton Chejov en el albor del siglo XX, dialogaría con el nacimiento del siglo XXI en un hemisferio distinto y en un mundo que ya es diferente. Según Carrasco, esa recontextualización encontraría un mejor puente en un hecho importante de Chile que él desea destacar: “[este montaje] coincide con una etapa de crisis, en donde algunos comportamientos se exacerban, donde el pesimismo empieza a ser algo de todos los días, donde hay desconfianza hacia el futuro. Estos son rasgos, también, de esa época prerrevolucionaria, donde un sistema estaba empezando a fallar, y ellos sentían que había un anuncio de que algo iba a tener que cambiar y yo creo que eso lo estamos viviendo en este momento”. Una artillería digna de recorrer Chile, pero que “de momento” se queda un una sala de teatro en Bellavista.

Las tres hermanas de Antón Chéjov.
Dirección: Víctor Carrasco.
Dramaturgia: Antón Chéjov.
Elenco: Manuela Oyarzún, Francisca Lewin, Mariana Loyola, Gloria Munchmayer, Daniela Lhorente, Andrés Céspedes, Edgardo Bruna, Francisco Pérez-Bannen, Diego Casanueva, Pablo Macaya, Tomás Vidiella, Juan Pablo Peragallo, Andrés Reyes, Emilio Edwards, Camila Garrido.
Compañía: RKO Fábrica de SueñosDuración: 2 horas 30 mns.
Fecha: Del 3 al 14 de EneroLugar: Teatro Mori Bellavista (Constitución 183, Barrio Bellavista).Horario: 21:00 hrs.Precios: $5000 General. $3000 Estudiantes y Tercera Edad.

Una novela marciana: Música marciana de Álvaro Bisama

En Música marciana (2008), la segunda novela del escritor de Valparaíso Álvaro Bisama (1975), el innominado personaje protagónico intenta recopilar por escrito las huellas extraviadas de su familia. Sin embargo, la posibilidad de que alguien lea aquello, se puede ver frustrada a causa de un huracán que pronto atacará Reñaca (lugar desde donde el sujeto reconstruye la memoria familiar) y destruirá la costanera convertida en refugio geriátrico de mal gusto. En su relato se suceden las muertes de sus hermanos, hijos del mismo padre (un destacado pintor chileno que acabó sus días encerrado en un departamento en Bruselas) y diferentes madres; hermanos a los que conoció poco o, en algunos caso, nada. En la calma que precede al huracán, el sujeto busca en las fotografías de su parentela algo que estuviera oculto, tal como uno de sus hermanos, Pascal, había hecho en sus fotografías de un Vietnam en guerra: “Pascal vio algo detrás de las fotos (…), vio lo que sucedía debajo de Saigón en guerra, leyó los atentados de la insurgencia como géiseres que dejaban aflorar una corriente oculta, subterránea (…). Alguien que mandaba señales con las muertes. Alguien que dialogaba con alguien por medio de los atentados, por medio de los cuerpos colgados de las vigas en los puentes, balanceándose sobre el agua sucia de los desagües abiertos como el péndulo de un reloj que cuenta los segundos hacia atrás”. Y desde el teléfono en Bruselas, otro hermano, uno ciego, le ayuda a visualizar eso que está oculto, que pocos ven, y que une las piezas desparramadas por el mundo que componen este rompecabezas.

Un sofá esquinado en indie.cl

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Un personaje que lleva el mismo nombre del actor que lo personifica (Patricio Pimienta) intenta realizar una adaptación teatral del capítulo quinto de la novela Ayer de Juan Emar (eso dice el personaje, pero en realidad se trata del capítulo sexto). El personaje, al igual que quien lo personifica, es un actor y director teatral que comienza su puesta en escena narrando (en lugar de actuar) los mismos primeros párrafos con que la voz enunciante de la novela Ayer comienza el capítulo antes mencionado: “Desearía ver a mi familia. Mi familia posee una especie de palacete al final de la calle de los Sagrados Corazones, con mi mujer, mi mitad, hacia allá nos encaminamos. Veinte minutos más tarde un criado nos abría la puerta y nos introducía al salón. Estaban allí mi padre, mi madre, mi hermano Pedro, mi hermana María y el cónsul de Uruguay. Desde que cruzamos el umbral nuestra presencia les causó una franca hilaridad”. Así, tal como el capítulo sexto de la novela Ayer, comienza la obra Un sofá esquinado.

Este desplazamiento desde lo dramático (donde los hechos ocurren ante los ojos del espectador) hacia lo narrativo (donde se cuentan hechos ocurridos en un tiempo anterior) es causado porque, según lo que el personaje-actor le comunica a los espectadores (integrándolos, así, a la puesta en escena), se ha visto obligado a realizar un monólogo, pues los actores a los que recurrió para llevar a cabo la obra (Claudia Di Girólamo, Daniel Muñoz, Julio Milostich, Alejandro Trejos y María Izquierdo) se han negado a participar en esta. Ellos se han convertido en obstrucciones para el desarrollo de la obra, señala Pimienta, pero pronto María Izquierdo (personificada por María Izquierdo) hace su aparición en escena.

Este aparente monólogo, que pronto se transforma en diálogo entre Pimienta e Izquierdo (y que incorpora, incluso, a un personaje que ha sido contratado para musicalizar la obra que está dentro de la obra, musicalizando finalmente ambas representaciones) nos instalaría, desde nuestras butacas (ya sea como personajes que contemplan el intento de los protagonistas por construir la adaptación de un texto de Juan Emar, o ya sea como espectadores de la obra Un sofá esquinado), frente a la comunicación y sus limitaciones. La empresa de llegar a un acuerdo y construir una puesta en escena se vuelva, para Pimienta e Izquierdo, tan absurda como lo fue para el protagonista de Ayer (que lleva el mismo nombre del autor de la novela) la proposición de apuesta que le ha hecho su parentela cuando él y su mujer han llegado al palacete familiar: “No te atreverás a atravesar el salón, ir a ese rincón y mirar lo que hay detrás de aquel sofá esquinado”.

Izquierdo le enrostra a Pimienta (estamos hablando, por supuesto, de los personajes que llevan estos nombres, y no de los actores) que es una falta imperdonable convocar al público con una mentira. Éste se defiende. El humor es la tónica con que este desacuerdo se lleva a cabo, pues esa sería la forma en que los personajes que actuamos de espectadores en cada función nos enfrentaríamos al desconcierto, a la imposibilidad de acuerdos, a la frustración que produce el lenguaje, de la que el teatro no estaría ajeno, pues este es uno de los lugares donde las palabras se presentarían más robustecidas, pero no por eso menos ambiguas e insatisfactorias. El mismo desconcierto (traducido en humor) nos volvería a atacar ya en nuestro rol de espectadores de la obra que se está presentando en el Centro Mori. Lo que nos pueda suceder después de este innegable apuntalamiento que hemos padecido como espectadores se vuelve insospechado, tal como insospechado es aquello que está detrás de un sofá esquinado.

Un sofá esquinado, de Patricio Pimienta.
Dirección: Patricio Pimienta.
Elenco: María Izquierdo y Patricio Pimienta.
Creación musical: Christian Pino.
Duración: 1 hora.
Centro Mori Bellavista. Constitución 183, Providencia.
Desde el 9 de octubre.
Funciones jueves a domingo 20:30 hrs.
Precios general $ 7.000, estudiante y 3ª edad $ 3.500.

Nacimiento en indie.cl

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En el condominio donde transcurre la acción dramática de Nacimiento, la nueva obra de la compañía Teatrobotado (que al igual que Salud y Vuelta ha sido escrita por Cristian Aravena y dirigida por Carlo Urra), se ha extraviado una niña que ha descubierto prematuramente el sin sentido. “Es una niña más o menos baja, lleva puesto un vestido (pausa) negro, pantys rojas y zapatillas red, un cabello de fuego y seguramente un bolso bien hippie ¿la vieron?”, dice el hermanastro de la pequeña. “No la andamos golpeando, es que no quiere celebrar”, agrega la madre. “No señor, no creo que esté muerta, sólo que es un poquito pálida ¿no la ha visto?”, continúa el padrastro. La pequeña dice llamarse Na (derivado, por un lado, de su nombre: Nacimiento; o, por otro, de su temple de ánimo: “care’ na”) y en su aventura de desaparición, realiza (junto a un enfermo de sida que, igualmente, es buscado por su novio) un viaje por su memoria hasta el mismo día de su nacimiento.

Este viaje propicia la construcción de una reflexión acerca de la memoria del sujeto que se confunde con la memoria de la nación, o de todo occidente, pues la pequeña ha nacido el 24 de diciembre. En este viaje temporal de la conciencia, las dos acepciones que se le otorgan al diminutivo de la protagonista (Na), cobran importancia en cuanto a que serían las dos variables en medio de una elección que este sujeto (o la nación) debería realizar. Se produce, entonces, la antinomia entre construirse luego de nacer o desparecer tras asumirse como “Na(da)”. La niña tiene un padre desconocido y desaparecido, un Ángel que se le apareció a la madre mientras pintaba murales de subversión. “Cuando me arrendó esa pieza y me pidió que le guardara esas cajas y esas botellas con bencina (…) nunca imaginé nada en realidad, y ahora me veo apunto de parir y no siento nada, un puntazo en mi vagina de vez en cuando”, señala la mujer al ser recreada por la memoria familiar a la que accede la pequeña.

El viaje alucinante de Nacimiento se lleva a cabo en medio de música y coreografías, con doce actores que dan vida a casi una veintena de personajes. En medio de aquello, donde cobra protagonismo la elección dada por la doble significancia de Na, el tiempo es el camino pedregoso al que se quiere acceder o del que se quiere huir. “Me dedico al estudio del universo, intento entender en qué parte de éste el tiempo deja de ser un problema”, dice el padrastro de la niña. La verdadera elección, la pregunta de fondo sería, entonces: ¿Optar por la atemporalidad, olvidar, ser olvidado y desaparecer (permitir, incluso, que nos hagan desaparecer) o construirse como sujeto (o nación) a través de la celebración del tiempo donde el pasado nos determina? “Ya se comprenderá que desconociéndonos no se consigue ninguna hueá”, nos enrostra una puta con orejas de conejo. Dado el tipo de recuerdos (ya sea que hablemos de los sujetos involucrados o de la nación), quizás no haya nada que celebrar. Sin embargo, la celebración de Nacimiento (la muchacha, la obra, todos en el universo) no es más que la metáfora de la memoria que permite que el sujeto se constituya como tal.

Nacimiento, de Cristian Aravena Aravena.
Dirección: Carlo Urra López.
Elenco: Alejandra Flores, Ricardo Olea Ulloa, Marisol Vega, Leo Canales, Jota Gallardo, Carolina Jullian Suárez, Adolfo Bravo Valdés, Constanza Faraggi, Cristian Aravena Aravena, Beatriz Saldaña Carrasco, Violeta Villa Rojas, Oscar Vásquez Pereira.
Duración: 1 hora 3 minutos.
Compañía Teatrobotado.
Sala Teatro Arcos, Libertad 53. Metro ULA.
Hasta el 9 de noviembre.
Funciones viernes, sábado y domingo 21:00 hrs.Precios general $ 4.000, estudiante y 3ª edad $ 2.000.

lunes 3 de noviembre de 2008

Lágrimas, celos y dudas en indie.cl

Lea la crítica a la obra Lágrimas, celos y dudas en indie.cl, que cuenta con la dirección y actuación de Manuela Oyarzún, Marcela Salinas y María Paz Grandjean. Lea más abajo o pinche en la fotografía:


La obra Lágrimas, celos y dudas es un montaje que construye su textualidad a partir de los fragmentos que propician los más grandes éxitos románticos interpretados por mujeres a finales de la década del setenta y a principios de los ochenta (Rocío Jurado, Ángela Carrasco, Perla, Massiel, Palomas San Basilio, Amanda Miguel y muchas otras). Las protagonistas son un exitoso grupo vocal (al mejor estilo de Pandora y sus exagerados movimientos de brazos y caderas) integrado por Lágrimas (representada por Marcela Salinas), Celos (a cargo de Manuela Oyarzún) y Dudas (interpretada por María Paz Grandjean). El grupo ha regresado a Chile después de muchos años para presentar sus más grandes éxitos en un programa de televisión. Al iniciarse estos hechos los miembros del público de la obra, portando esos típicos autoadhesivos en el pecho donde se escriben los nombres (algunos como Dora, Chaz o Beto), se convierten en personajes de la puesta en escena, representando al público del show de este destacado grupo romántico, ampliando el espacio de la ficción hasta las butacas de la última fila.

Este original formato responde a un proceso de creación y dirección colectiva que ha involucrado a las tres actrices que personifican a las cantantes. El resultado es un espectáculo musical que dialoga irónicamente con lo más grotesco y exagerado de los show de los ochenta (lentejuelas, plumas, gamuza, joyas de tamaños descomunales, peinados con laca, agradecimientos compuestos de frases hechas y la misma atmósfera melancólica de garganta apretada del Chile de hace veinticinco años). Frente a este resultado, la obra Lágrimas, celos y dudas, compuesta de una constelación de símbolos interactuando de forma sabrosamente impredecible, podría estar proponiendo una variedad amplia de posibles sentidos.

El primero, el más inocuo tal vez, se relacionaría con el ejercicio de la nostalgia, a través de una revisión de exitazos que están en la memoria de cualquier treintón: “Ese hombre que tu ves ahí, que parece tan galante, tan apuesto y arrogante, lo conozco como a mí” o “Él me mintió, el me dijo que me amaba y no era verdad, él me mintió, no me amaba, nunca me amó, él dejó que lo adorara, él me mintió, él me mintió”. Una segunda propuesta de sentido o lectura de los códigos de la obra se relacionaría con la posibilidad de que la cebolla romántica de los ochenta, en relación con el menosprecio ideológico con que se le ha revestido, podría haber permitido la ampliación de la realidad, al denunciar el lugar que ocupaba la mujer en una Latinoamérica ochentera que se hacía moderna: “Detrás de mi ventana veo pasar el destino disfrazado de asesino, burlándose a carcajadas de este ingrato concubino” o “Comienza a amanecer, oigo tus pasos al llegar borracho otra vez, muñeco de trapo y papel, tendré que simular que estoy dormida y esperar en la oscuridad tus torpes caricias quizás”.

Una lectura más política (de la que posiblemente las responsables han querido desprenderse, pero que, dada la constelación de símbolos existentes, no se puede negar) se relacionaría con la construcción de un mapa de la atmósfera del Chile de los ochenta, donde la saturación del discurso romántico pensado como inofensivo relegó a segundo plano los debates trascendentales. Las pequeñas alusiones de la acción dramática a las intenciones del Frente Patriótico Manuel Rodríguez hablarían de este silenciamiento y de muchos otros. Pensando en la construcción del mapa de un Chile pasado, nos quedamos con la idea del set de televisión. Lágrimas, celos y dudas nos presenta el Chile televisado en los ochenta, el Chile de cartón.

Lágrimas, celos y dudas.
Dramaturgia y dirección colectiva.
Elenco: Marcela Salinas, Manuela Oyarzún y María Paz Grandjean.
Creación musical: Marcelo Martínez y Ricardo Álvarez.
Duración: 1 hora 25 minutos.
Centro Mori Bellavista. Constitución 183, Providencia.
Desde el 26 de septiembre.
Funciones viernes y sábado 22:30 hrs.
Precios general $ 6.000, estudiante y 3ª edad $ 3.000.

martes 21 de octubre de 2008

La madre del cordero en indie.cl

Un link a mi nueva crítica en indie.cl. En esta ocasión la obra es La madre del cordero de la compañía La oruga, que se presenta hasta noviembre en la sala Sidarte. Pinche sobre la foto o lea más abajo.


La madre del cordero, la más reciente producción de la Compañía de Teatro y Música La Oruga, cuenta una historia sencilla con un final feliz. La acción dramática de esta obra, escrita y dirigida por Carlos Huaico Gárate, está basada en la canción del mismo nombre del folclorista Tito Fernández, el Temucano. “Nos criamos, desde chicos, juntos en el miraor; mi padre, peón antiguo, el suyo, el administrador” dice el Venancio. De estos versos de Fernández, además, se da vida a los otros personajes involucrados en el conflicto: Don Guille (dueño del fundo) y su hija Rosa. Ignorando las diferencias sociales, Venancio y la niña Rosa se enamoran, pese a las advertencias que el muchacho recibe por parte de su viejo y cansado padre, que ha trabajado toda su vida como peón para don Guille. Mientras tanto Margarita, una más del numeroso grupo de amigos de Venancio (campesinos como él), intenta infructuosamente ganarse el amor del muchacho, el que gana a medias, por cierto, cuando la niña Rosa es enviada por su padre a educarse con las monjas, y que después pierde, luego de un par de años, cuando la hija del patrón regresa al campo.

Los hechos se suceden entre versos y música a cargo de los doce actores que encarnan a la casi veintena de personajes, con ayuda de dos guitarristas y un acordeonista que se pasean como ángeles por las tierras de don Guille. “Rosa es el sol, usted mata a la envidiosa luna, la que ya está pálida y enferma de dolor, porque usted es más hermosa que ella … quizás soy demasiado atrevido, pero el brillo de tus mejillas avergonzaría a las estrellas, como el sol a una lámpara, tus ojos en un cielo nocturno brillarían con tal claridad que hasta los pájaros cantarían… “, intenta improvisar Venancio, parafraseando al más famoso de los enamorados en Romeo y Julieta. A los versos de Shakespeare se suman los de Los Ángeles Negros y nuevamente los de Tito Fernández con “La casa nueva”, esta vez recontextualizada en la melancolía de un Don Guille acongojado por la [pésima] elección de amor que hace su hija y la pérdida, ya tan lejana, de su esposa. El canturreo sigue en el burdel de campo al que llegan los personajes guiados por los versos del Temucano, donde no falta la puta con pene, tipificada ya, por ejemplo, por José Donoso en El lugar sin límites.

La lectura más frecuente, tanto de la canción de Tito Fernández como de la obra basada en ésta, se construye a partir de los rasgos de Venancio, quien se sobrepone al ser discriminado por el padre de su enamorada y cuestionado por el resto de los pobres que creen que no es posible salir del lugar de borde al que han sido relegados. Venancio, en este sentido, triunfaría sobre las jerarquías que impone la existencia de clases sociales. La obra, por tanto, estaría discutiendo con esa forma de organización social. Esa sería, sin embargo, una lectura optimista que, con tan sencilla solución, perdería fuerza política.

Proponemos leer esta puesta en escena desde un lugar que desplace el centro desde las dificultades amorosas de Venancio y la niña Rosa hacia la disputa de amor entre esta última y Margarita. Con este desplazamiento del foco la lectura ya no es optimista, sino todo lo contrario: la niña rica obtiene lo que desea y la pobre, en cambio, pierde lo poco que ha deseado, y más encima a nadie parece importarle. Es una lectura viable y política, donde el ser amado podría ser una metáfora de cualquier cosa que se desee (educación, justicia, salud). El que opte por la lectura más frecuente está, por supuesto, en todo su derecho: el teatro puede ser un simple pasatiempo que distraiga a los espectadores de sus problemas reales. Eso, sin embargo, sería un desperdicio de los símbolos en suspensión.

La madre del cordero.
Dramaturgia y dirección: Carlos Huaico Gárate.
Elenco: Pamela Alarcón, Denis Armijo, Antonio Armijo, Rodolfo Armijo, Felipe Concha, Anita Olguín, Tamara Avalos, Maite Rodriguez, Álvaro Salazar, Patricio Huaico y Gastón Salgado.
Duración: 1 hora 10 minutos.
Compañía de teatro y música La Oruga.
Sala Sidarte, Ernesto Pinto Lagarrigue Nº 131, Barrio Bellavista.
Desde el 3 de octubre al 2 de noviembre.
Funciones jueves a sábado 20:00 hrs y domingo 18:00 hrs.
Precios general $ 4.000.
Precio estudiante, 3ª edad, jueves y domingos populares $ 2.000.

sábado 4 de octubre de 2008

Niñas araña en indie.cl

En la fotografía un link a indie.cl. Nueva crítica, en esta ocasión a la obra Niñas araña de la compañía Central de Inteligencia Teatral, obra escrita por Luis Barrales y dirigida por Daniela Aguayo. Pinche en la foto:

En la obra Niñas araña, segundo montaje del año de la compañía Central de Inteligencia Teatral (el primero fue La chancha en el mes de mayo), tres quinceañeras provenientes de un barrio donde las casas tienen piso de tierra se suben hasta la azotea de un edificio alto, ubicado en un barrio bonito o “lili”, según la jerga que ellas utilizan. La Yasna, la Nicole y la Elizabeth están ahí precisamente porque quieren cosas lilis, y como si estuvieran suspendidas en un no-tiempo y en un no-lugar se quedan a pensar en este gustito que las ha hecho famosas, tras aparecer en los diarios y la televisión: la plaza pública a fin de cuentas. Ahí arriba es la Yansa (interpretada por Cecilia Herrera) la que invariablemente se muestra como ideóloga del proyecto y proclama esta declaración de principios: “Ustedes me prestan ropa y yo les compro ropa, ustedes me dan la mano y yo se las lleno de anillos … y si nos hacen un juicio … nunca nos van a hacer los juicio, ni aunque nos pillen. Si ahí está lo rico, en que nos pillen, si no nos pillan no hay tele, no hay radio”.

La marginalidad se instala como tema central de la reflexión que lleva a cabo Niñas araña, hecho que no ha de extrañar si reparamos en que esta obra, dirigida por Daniela Aguayo (quien había estado presente en La chancha como actriz), se realiza a partir del trabajo escritural de Luis Barrales, quien solo este año ya ha visto en escena los montajes realizados a partir de otros dos textos suyos: Hans Pozo (por la compañía La Nacional, bajo la dirección de Isidora Stevenson) y la ya mencionada La chancha, que además fue dirigida por Barrales. Decimos que no ha de extrañar, porque el margen o la periferia simbólica (y no por eso menos material) se ha vuelto un elemento central en la construcción y consolidación de la poética de este autor. En La chancha la marginalidad presentada es la de los jóvenes aislados (aunque conectados) por el computador. Es un margen diferente al que produce la pobreza y que podemos visualizar mapeado tanto en Hans Pozo como en Niñas araña, dos textos realizados a partir de referentes altamente difundidos por la prensa. En esta obra, la Elizabeth (Isidora Stevenson) evidencia la distinción: “De aquí Santiago parece un jardín y las luces son como flores … mira que linda Los conquistadores, y eso como flores de cereza son las casas de La Dehesa, la avenida José Ossa parece una fila de rosas, y mira ahí se pone amarillo el rucio porque cambia pa Vespucio … ese círculo de dalias debe ser la Plaza Italia, pa allá veo puros alelí porque empieza otro país … allá dice ilusiones, es la luz de las poblaciones, y las negras pensamientos, pura luz de campamento”. Pero en la estadía en la azotea las quinceañeras se cuestionan. “Ya pero pa qué hacimos esto”, pregunta la Nicole (Daniela Jiménez), “pa tener cosas bonitas”, responde la Yasna, mientras la Elizabeth se muere por hablar con la prensa y tomarse la plaza pública.

Sin embargo, en aquello no hay victimización, como quiso ver el diputado RN Cristián Monckeberg, quien (probablemente sin ver la obra) advirtió acerca de una posible transformación de los delincuentes en héroes. Lo que hay en la acción dramática de Niñas araña es una transición permanente desde la posición de víctimas hasta el lugar de victimarias. “Somos las tres menores de edad y sabemos las cosas que hacemos, tenimos discernimiento hace rato, somos las tres menores de edad, pero el pollo con hormona los hace crecer más rápido”, dice la Yasna. Y en ese tránsito ni siquiera el triunfo en la plaza pública las conforma. “La última vez que nos tomaron presas yo llegué a mi casa con un terrible miedo, pensé que me iban a darme la dura o algo así, pero ahí me estaban esperándome con cosas ricas pa comer, si habían hasta palta. No me dieron la dura porque había aparecío en el diario, era famosa en mi casa y como que hasta me miraban distinto. Después comí harto de pura confundía que estaba y me fui al baño, pesqué el diario y lo leí como tres veces, y sabí a lo único que atiné, a limpiarme el poto con la foto de las tres”, le grita la Nicole a la Yasna. Ya sea como víctimas o victimarias, la estadía en la azotea es sólo temporal. Después de la escalada lo natural, a fin de cuentas, es la caída.

Niñas araña, de Luis Barrales.
Dirección: Daniela Aguayo.
Elenco: Cecilia Herrera, Daniela Jiménez e Isidora Stevenson.
Duración: 1 hora 7 minutos.
Compañía Central de Inteligencia Teatral.
Centro Cultural Teatro del Puente, Parque Forestal S/N.
Desde el 5 de septiembre al 19 de octubre.
Funciones viernes a domingo 20:00 hrs.
Precios general $ 5.000, estudiante y 3ª edad $ 3.000.

viernes 12 de septiembre de 2008

Festival de dramaturgia europea contemporánea en indie.cl

En la foto un link a mi texto en Indie.cl sobre la octava versión del Festival de dramaturgia europea contemporánea. Ocho semimontajes y ocho lecturas dramatizadas que, durante dos semanas, fueron presentados por agrupaciones teatrales chilenas. Con fotografías de Gabriela Lobos. En la siguiente foto el semimontaje Enemigo interior del dramaturgo español José Sanchis Sinisterrapinche. Vaya a http://www.indie.cl/ o pinche sobre la foto y lea.


martes 19 de agosto de 2008

Un momento argentino en indie.cl

Este texto pero con más fotografías (de Gabriela Lobos) en Indie.cl. Pinche sobre la foto para acceder al sitio y vea cómo el teatro puede construir el paisaje de los espectadores más allá de los límites de la sala de teatro.

La obra Un momento argentino es la historia de cinco actores que se aprestan a llevar a cabo una representación. De esta forma, se instalan dos universos ante los espectadores, el de la obra que estos han ido a presenciar (que funciona como enmarcadora o contenedora de la otra), y el de la obra que los personajes de Un momento argentino comienzan a representar (que es enmarcada o contenida por la otra). Con este mecanismo, los espectadores se convierten en personajes de la obra enmarcadora, y actúan de espectadores pasivos de la obra enmarcada, generándose así que, precisamente, no sean espectadores pasivos de la obra enmarcadora. El espectador, por tanto, sin necesidad de moverse de su asiento, es apuntalado por la puesta en escena y obligado a descifrar el funcionamiento de la máquina que comienza a representarse.

En efecto, esta obra del dramaturgo argentino Rafael Spregelburd (que ya ha sido montada en Inglaterra y Suecia, y actualmente es realizada en Santiago por la agrupación Teatro Güero, bajo la dirección de Camila González) funciona como una máquina que deja a la vista sus mecanismos, precisamente para que el espectador sea remecido por el desconcierto de la exhibición de sus engranajes simbólicos. Siguiendo esta lógica, la obra enmarcada presenta (bajo la ausencia de casi toda lógica) a dos militares, sus esposas y la hija adoptiva de una de estas parejas en medio de una reunión social absurda, y que, a través de alusiones a la historia reciente de Argentina, se encamina hacia consecuencias insospechadas que involucran a una niña bomba.

Esta máquina lógica, generadora de objetos ilógicos, estaría actuando bajo los parámetros de una producción teatral netamente argentina que se viene desarrollando desde los 70. A saber, el neogrotesco, que se caracteriza por su tendencia a lo absurdo para mostrar la incongruencia de los sistemas sociales. Así, mediante una realidad trastocada que surge del simple acto de revisar las diapositivas de las vacaciones de una de las parejas en escena, se comienza a hacer visible lo que permanecía invisible: 1) el absurdo del sustento de las instituciones que se instalan por sobre las personas y 2) la incongruencia de las manifestaciones sociales que, al luchar contra las instituciones, se institucionalizan. “Te darás cuenta de que si eso explota, vos también … ¿Estás segura de que toda esa gente quiere lo mismo, estás segura de que no te están usando para otros fines? … la política no es un juego de niños”, le dice uno de los militares a la hija adoptiva del otro. “Qué me importa a mí la política, esto no es política, esto es la gente, esto es la vida de la gente”, le responde la niña bomba, en estado de desesperación.

Constatado el carácter ideologizado de la obra, viene al caso preguntarse qué podría querer generar esta representación al desear sacar al espectador de Santiago de Chile de su estado de pasividad. Una respuesta tentativa se relaciona con la confirmación de ciertos rasgos comunes en los procesos políticos de los diferentes países latinoamericanos. El absurdo de los sistemas sociales, la inexplicable superposición de las instituciones por sobre los sujetos, la violencia, el abuso y la indiferencia de muchos ante estos males son parásitos que pueden transitar desde el río Grande hasta la Patagonia. Un momento argentino bien podría ser un momento chileno o un momento latinoamericano.

Un momento argentino de Rafael Spregelburd.
Dirección: Camila González.
Compañía: Teatro Güero.
Duración: 40 minutos.
Elenco: María Paz Blanco, Hugo Castillo, Rosario Farías, José Miguel Neira, Isidora Tupper.
Lugar: Villavicencio 323, Barrio Lastarria.
Desde el 9 de agosto al 24 de agosto.
Funciones miércoles a sábado 21:30 hrs. Domingo, 20:00 y 21:30 hrs.
Entrada general $ 3.000. Estudiantes o 3ª edad $ 1.500. Miércoles populares $ 1.500.

sábado 19 de julio de 2008

Las huachas en indie.cl

Les presento un nuevo link a indie.cl que corresponde en esta ocasión a la crítica de la obra Las huachas, el nuevo montaje de la compañía Teatro la María, con dramaturgia y dirección de Alexis Moreno. Pinche en la fotografía para leer la crítica en indie.cl


Bella Ninet (personaje interpretado por Tamara Acosta) es una joven chascona que esconde su rostro detrás de unos lentes con un inmenso marco negro. La muchacha, tras una serie de muertes que relata con la naturalidad de quien está acostumbrado a las desgracia, viaja de San Rosendo a la ciudad de Valparaíso, donde está la casa de su madrina Gabriela (Alexandra von Hummel), para enterarse de que ésta es, en realidad, su madre y que su padre es el mismísimo diablo. “Convertío en Tué-Tué se me apareció un brujo. Me enamoró. Monedas de oro me traía y a cambio yo le prestaba el cuerpo. Un día apareció de negro, zapatos bien lustrados y dentadura de oro. No soy brujo, dijo (…) dame un hijo, dame una hija y te hago cosa mía. Me había engañao, le enterré un tenedor, le clavé una estaca, lo maldije y lloré, pero él se reía y volaba. Aparecieron sus duendes, me sacaron la ropa a tirones y me desmayé. Amanecí toa ensangrentá, con moretones y esperma del maligno entre las piernas”, le relata Gabriela a su hija. La vieja quiere echarla, pero Bella Ninet, a diferencia de la primera vez que su madre la echó, cuando era sólo una guagua, se resiste a irse y a seguir siendo una huacha. Este es el comienzo de la obra Las huachas, el nuevo montaje de la compañía Teatro la María, escrita y dirigida, como ha sido usualmente en el trabajo de esta compañía, por Alexis Moreno (Trauma y Abel, como ejemplos de una lista larga).

Entonces aparece la yegua (encarnada por Rodrigo Soto y José Palma, la parte de arriba de la yegua y la de abajo respectivamente), que debe dividirse para poder dialogar e instalar en la acción dramática el cuestionamiento a la historia mítica que Gabriela le ha contado a Bella Ninet. “El impacto de la realidad genera verdades folclóricas (…) los huachos son criaturas de origen perverso. Todo tiene dos explicaciones según la creencia popular. Una niña que deja a su hijo botao por despecho, no es interesante, no, pero una niña que deja a su hijo botao y después se arrepiente y se transforma en un ánima que vaga por toda la eternidad es sabroso, como la llorona esa: que dónde está su hijo, que dónde está (…) que los huachos conforman realidad, identidad, patrimonio”, dice la parte de abajo de la yegua. “Existen dos formas de contar una historia, una real y otra mítica (…) la culpa, la resignación, la rebelión, la precariedad es muy grande, la vergüenza es muy grande, la vergüenza es imposible de contener en esta vida, que se debe poner otra encima. La vida es rara, puta que es rara la vida”, continúa la parte de arriba, que luego agrega, “que vengan los mitos que los necesitamos, las leyendas que vengan, para seguir adelante, para aceptar, para hacer algo útil con la ignorancia, para que nazca la esperanza de lo espectacular, para que el problema sea sobrenatural, la tragedia, la miseria”. Habría que agregar que de esas dos formas de contar la historia una, en efecto, sería mítica; mientras que la otra, en cambio, sólo generaría la ilusión de realidad, pero finalmente sería tan ficticia como la historia mítica. Este desacuerdo que planteamos con el parlamento de la parte de arriba de la yegua no es un problema, porque, en efecto, habría intentos míticos de hacer creer que los problemas son sobrenaturales y por tanto irremediables, para así eludir la responsabilidad que a alguien le corresponda, como si las cosas efectivamente tuvieran sentido y hubiera que estarse excusando. Por eso, Bella Ninet, en su orfandad, se convierte de un día para otro en la hija del diablo. El mito que dialoga con al realidad, se vuelve parte constituyente de ésta (para bien o para mal).

La realidad que Gabriela le ofrece a su hija reconforta a ésta, y con rock gótico de música de fondo Bella Ninet puede tener una cena familiar en una mesa que bien podría haber sido sacada de alguna película de Peter Greenaway. Esas tripas que el diablo le pone en el plato a Bella Ninet la manchan, finalmente, con una sangre tan mítica y real a la vez (recordemos nuestra discusión con la parte de arriba de la yegua), real como la condición huacha de una nación que ostenta un padre de la patria huacho, bajo el cielo de un dios mítico y que, por tanto (tan real él, tan mítico y tan ficticio a la vez), deja a toda la humanidad como una gran familia de huachos.

Las huachas de Alexis Moreno.
Dirección: Alexis Moreno.
Elenco: Tamara Acosta, Alexandra von Hummel, José Palma y Rodrigo Soto.
Duración: 1 hora 38 minutos.
Compañía Teatro la María.
Teatro de la Universidad Católica. Jorge Washington 26, Plaza Ñuñoa.
Desde el 11 de julio al 13 de septiembre.
Funciones miércoles y jueves 20:30 hrs. viernes y sábado 21:00 hrs.
Precios general $ 6.000, estudiante $ 3.000 y 3ª edad $ 4.000.
Miércoles populares $ 3.000.

lunes 14 de julio de 2008

Tú, mi primera película en indie.cl

Y ahora el link a la segunda crítica teatral que he realizado para indie.cl, que en este caso corresponde a la obra Tú, mi primera película escrita y dirigida por Álvaro Vigera para la compañía Ensimenor: una pregunta acerca de si dos construyen unidad. Con fotografías de Gabriela Lobos. Pinche sobre la foto.

Ahí está él, ahí está ella: un “yo” junto a un “él”. Estas son palabras con la inestabilidad de un “tú” y de un “mí”, diferentes de “árbol” o “cama”. “Tengo un brazo dormido, estoy dormida, estoy durmiendo, ahí está mi cuerpo, duermo junto a mi cuerpo y soy mi propio cuerpo. Quiero que te despiertes y me tranquilices”, dice ella junto a una cama demasiado pequeña como para acoger el cuerpo de él y el de ella, una cama demasiado pequeña como para acoger solo a un “tú” o a un “mí”, porque esas palabras necesitan al menos de dos personas para ser pronunciadas. Ese colchoncito (el apócope es mejor palabra para describirlo), un árbol bidimensional y una ventana al río (y toda la vastedad que ese zumbido del agua corriendo río abajo trae automáticamente a escena) son el espacio donde transcurre la acción de la obra Tú, mi primera película, de la compañía Ensimenor, escrita y dirigida por Álvaro Viguera.

La obra nos presenta a una pareja ensayando la representación de la cotidianeidad de la vida en pareja. De esta representación nace lo cotidiano y de ésta, a su vez, surgen las ideas para la representación, para la película en blanco y negro que él (personaje representado por Cristóbal Muhr) y ella (encarnada por Natalia Grez) actúan una y otra vez bajo el tono gris de sus vidas nostálgicas. La puesta en abismo se materializa en un desquebrajar constante de la realidad del sujeto: el “yo” ha dejado de ser un “yo” sin el “tú” que lo recompone como una (ilusión de) unidad en medio de esta representación abismal de la pareja que se ama. Así, por ejemplo, ella le dice a él que le gustaría tener un hijo y él responde: “Me estás presionando, por supuesto que me estás presionando, yo no me siento presionado, pero me estás presionando, me estás presionando, por supuesto que sí, por supuesto que sí. Sabes que pasa que yo estoy raja, estoy cansado, esto no resulta… no resulta, así que vamos de nuevo que no resulta”. Y en medio de esta crisis de la cotidianeidad, lo que no resulta es la representación, la escena de esta película que él y ella están ensayando. La vida y la representación se confunden, se miran a la cara como quien se mira en el espejo. O más bien, la vida en medio de lo cotidiano de la pareja se vuelve una representación que puede seguir siendo ensayada día a día, porque la idea de que un “tú” y un “mí” constituyan una unidad como la del sujeto es sólo una ficción antigua. Es antigua porque, para que ocurra la desintegración debe haber ocurrido antes el intento de integración. La pareja, sin embargo, pretende esa ficción. Él la dirige, y ella se deja dirigir. “Tirita, no exageres”, le dice, y luego pelean. Es que esa pareja que se ama, a duras penas puede subirse junta al mismo colchoncito, por eso el apócope le sienta a la perfección. Ahí sólo uno de ellos duerme bien, lo recalca en cada ensayo de la escena inicial de la película, en cada amanecer de la cotidianeidad de la pareja. “Dormí bien”, le dice él. Ella ya nunca duerme bien.

En Tú, mi primera película se repite la escena de lo cotidiano una y otra vez, como ensayo de una farsa que carece de perfección. Ante el espectado se estarían pronunciando, en una hora seis minutos, las palabras necesarias para que una evidencia semántica pueda instalarse a discutir: dos no son unidad. Lo contrario sería un atentado contra el principio de identidad y contra el de no contradicción. De dos sujetos sobre un colchón, entonces, sólo debería quedar uno, después de todo, al final de cada película la imagen siempre se va a negro.


Tú, mi primera película de Álvaro Vigera.
Dirección: Álvaro Viguera.
Elenco: Cristóbal Muhr y Natalia Grez.
Duración: 1 hora 6 minutos.
Compañía de teatro Ensimenor.
Teatro del Puente, Parque Forestal s/n, entre puentes Pio Nono y Purísima.
Desde el 26 de junio al 17 de agosto.
Funciones jueves, viernes y sábado 21:00 hrs. Domingo 20:00 hrs.
Precios general $ 5.000, estudiante y 3ª edad $ 3.000.Jueves populares $ 2.000.

lunes 23 de junio de 2008

Después de clases nos matamos en indie.cl

A continuación un link a mi crítica (en indie.cl) a la obra Después de clases nos matamos de la compañía Micromáquina. Con fotografías de Gabriela Lobos. Pinche en la foto:



En un mismo edificio habitan nueve adolescentes, el conviviente de la madre de una de las muchachas de este grupo y un vagabundo que se ha instalado a vivir en el sótano. Este edificio y estos once personajes son el vértice visible en el mundo creado por la obra Después de clases nos matamos, que la compañía Micromáquina está presentando en la Sala Sidarte bajo la dirección de Jimmy Deccarett. Los nueve adolescentes, siete mujeres y dos hombres, están unidos por distintas clases de abandono (padres muertos, en otra ciudad o simplemente desinteresados) y, más que unidos, están revueltos pero solos, torturándose unos a otros e intentando llamar la atención con chaquetas negras como el petróleo, intentos de suicidio (algunos reales, al borde de la azotea, y otros simplemente inventados por la imaginación adolescente), supuestos amores lésbicos que duran hasta después de la muerte, bulimia, moda japonesa y una melancolía populista. Veamos: “Todos me dejaban sus mensajes, en el fotolog, en el pizarrón, en mis cuadernos. Me amarraron, me bautizaron con escupo, me sacaron la ropa, me depilaron, me depilaron abajo, me metieron a un basurero lleno de mierda, traté de matarme, estuve un mes en un hospital… mentira, nunca traté de matarme”, dice Anita, una muchacha sospechosamente dulce que cuenta sus más terribles experiencias mientras baila Para para.

La historia está construida a partir de cuadros ambientados en diferentes espacios del edificio: la azotea, el sótano, el departamento del Ronaldo y su hermana inválida, el hogar de la Javi y la Juli, la habitación de la Rebe, la plaza en frente del edificio. Cada cuadro es anunciado al público por alguno de los personajes, anticipando información. Por ejemplo: “Azotea, primer intento”, “El vuelo de la chaqueta”, “Sótano, mientras los papitos duermen”, “Azotea, segundo intento”, “Sótano, el pasado de Miguel”, “Azotea, último intento”, “Casa de Alejandra y Roni, bailando por un sueño”, “Azotea, voy a ser perfecta”, “Casa de Alejandra y Roni, amor de hermanas”. Tales anuncios desvían la organización desde lo dramático hacia lo narrativo, pues habría en aquello una suerte de narrador. O más bien múltiples narradores que construyen un relato [pretendido como] panorámico y que refleje las nauseas adolescentes desde la ilusión de estar adentro de la garganta saturada de jugos gástricos, mientras la chaqueta negra como el petróleo se pasea de espalda en espalda, oscureciéndolo todo. Otra vez, por tanto, estamos frente a una obra nacional con un grado de influencia de las propuestas teatrales de Bertolt Brecht (H. P., La chancha, Pancho Villa, Fuente Ovejuna, sólo por nombrar títulos recientes). Los hechos, por tanto, no ocurrirían ante los ojos del espectador en un presente, pues ese narrador advertiría de algo que ya ha sucedido. Así, el actor jamás se convertiría en el personaje, situación que es advertida mediante ironía: “Tú estás actuando”, le dice Miguel a la Pola. Y ojo que la Pola nos sorprende. Otras huella manifiesta de las propuestas del teórico y dramaturgo alemán son: una escenografía mínima (en este caso una que adolece de pobreza) y una dosis reducida de espectáculo musical (no como en la sala que está justamente al lado, donde la obra Marejadas es rellenada con bailes y canciones, posiblemente porque sus responsables no tienen nada más que decir).

Habría, entonces, un intento por producir en los espectadores un distanciamiento que les permita elaborar una reflexión antes que sumirse en las emociones que podría generar una representación con un formato más realista ¿Es, entonces, esta representación de la melancolía adolescente una suerte de teatro explicativo de una problemática generacional?, ¿habría una suerte de intento de retratar cómo opera sobre estos arquetipos un fatalismo mecanicista, como si se tratara de arte con pretensiones científicas?. Más bien se trataría de una propuesta comprensiva que es capaz, en una sala que no permite más de veinte espectadores por función, de incidir en la realidad. El teatro nunca se queda sólo en el teatro. Esto es Después de clases nos matamos. Esto es “después del teatro nos salvamos”.

Después de clases nos matamos, creación colectiva.
Dirección: Jimmy Deccarett.
Elenco: Macarena Araya, Carolina de la Maza, José Luis Lavín, Pedro Vilarnau, Arturo Pincheira, Christian Seve, Pamela Lizama, Natalia Mora, Karina Zegpi, María José farías y Soledad Escobar.
Duración: 1 hora 15 minutos.
Compañía de teatro Micromáquina.
Sala Sidarte, Ernesto Pinto Lagarrigue Nº 131, Barrio Bellavista.
Desde el 12 al 29 de junio.
Funciones jueves, viernes y sábado 21:00 hrs. Domingo 19:00 hrs.
Precios general $ 3.000, estudiante y 3ª edad $ 2.000.

lunes 9 de junio de 2008

Tres reseñas lacónicas después de hora pero vivas aún gracias a nuestra pretensión de comenzar a fijar nodos

MAREJADAS
Compañía: Aldea oculta
Director: Francisco Polla
Elenco: Rodrigo Molina, Carla Valdovinos, Francisco Polla, Margarita Meledandri, Soledad Barrios, Nicolás Pérez, Gonzalo Joui, Nelson Álvarez, Elizabeth Hernández.

Ocho viajeros, a principios del siglo XX, se encierran en un barco por treinta y tantos días para llegar a la otra orilla, a otra vida. Dos mujeres y un hombre protagonizan un triángulo amoroso y dejan en evidencia los dramas que los guiaron hacia el mar. Entre tanto, el baile, la música, las acrobacias y los desnudos rellenan el tiempo vacío de una historia en que las líneas de fuga (herramienta otrora hermosa) desarticulan la unidad: Qué hace una suerte de Posidón vestido como el viejo de Hemingway leyendo versos prestados arriba de la mekhané, qué hacen dos muchachas dolientes masturbándose y contando su pena cliché, qué hace una jovencita travestida que al rato admite cuánto le gusta ser mujer y hasta confiesa pasión por el curita, qué hace ese barco surcando un océano sin marejadas aparentes, qué hace esta historia siendo contada.


CRISTAL TU CORAZÓN de Pedro Lemebel
Director: Rodrigo Muñoz
Elenco: Liliana García, Claudia Pérez, Coca Rudolphi, Tatiana Molina y Catalina Gallardo.

La mujer está al centro de este cristal, porque el espacio donde se lleva a cabo la acción dramática es el borde, la periferia, el único lugar permitido a las personas de segunda categoría, a las desviadas, que es como Gloria Anzaldúa describe a su género en su eterna postergación. El que toma la voz para denunciar lo sucedido es un Pedro, un muchachito que configura el mapa de los vicios y virtudes de la mujer doliente. Son las crónicas de Lemebel, en efecto, el soporte para este mapeo fragmentario que con humor produce la distancia necesaria para no caer en la caricatura lacrimógena. Ahí están las mujeres de la casa, las de la calle (y que vuelven con plata), las masculinizadas en la barra brava para sobrevivir en el campo de (batall…) juego, las amazonas de la colectiva lésbica, las madres, las hijas, las momias y las comunachas. Y el aplauso final sale del centro del borde y espera desplegarse (hay materia) por el centro de la nación, ampliando la realidad reivindicatoria, en una de las más nobles facultades del arte.

TODAS LAS FIESTAS DEL MAÑANA de Marcelo Leonart
Compañía: La Fusa
Director: Marcelo Leonart
Elelnco: Nona Fernández y Álvaro Morales

Un hombre y una mujer se encierran en la habitación de un hotel la noche de año nuevo, mientras en otro lugar del edificio se realiza la fiesta burguesa de la que han escapado. Se sienten fuera de lugar con sus trajes elegantes y no paran de repetirlo, mientras María, una mujer con un trabajo indecente, no deja de aparecer en sus conversaciones como la santa de los pobres. La forma en que Todas las fiestas del mañana piensa la pobreza se vuelve maniqueísta y, por tanto, estéril (siglos de filosofía avalan esta afirmación). Estéril también se vuelve la carne, que busca salvar a los pobres dándoles qué comer. Y pensar que el teatro puede salvar vidas. Otra obra será.

miércoles 21 de mayo de 2008

El robo de libros (o el relato de una ¿hazaña?)

Entre mis amigos, y los amigos de mis amigos (más una ampliación considerable de grupos de amigos donde para nada me sitúo en el medio, pero sirvo como observante para explorar la siguiente idea) se ha vuelto popular y bien visto robar libros (en las librerías y ferias editoriales, por supuesto; no a los amigos, ni a los amigos de los amigos), y más encima luego contarlo como una gran hazaña que convierte al protagonista en una suerte de caballero andante que hace su buena obra al extraer de las manos despiadadas de editoriales y librerías un documento o un monumento que forme parte de la historia del pensamiento, y luego vuelve a la corte (donde sus amigos) a contar sus hazañas. Patético, adelanto desde ya. Ese es a grandes rasgos el mecanismo de las acciones involucradas, y por tanto, las connotaciones frente a ese robo son inusuales: el ladrón se convierte en un héroe que busca la edificación espiritual propia y de todos los amigos a quién alguna vez les preste el dichoso libro. Los receptores de la historia del robo, sonríen orgullosos de su amigo y hasta envidiosos del valor y envergadura moral de éste, y piensan, por qué yo no puedo hacer lo mismo.

El robo de libros, creo yo, ha adquirido una dimensión romántica que lo valida frente a otros robos. El robo de libros tiende a un bien, aunque el ladrón después ni siquiera lea el libro (eso uno no lo sabrá jamás). Hay muchos robos, sin embargo, que tienden a un bien, pero que carecen de la insoportable connotación romántica que ostenta el robo de libros. Pienso, por ejemplo, si alguien roba un banco para pagar el inalcanzable arancel de la universidad de su hijo no adquiere las vestiduras de un caballero andante, aunque la razón de su robo sea socialmente entendido como una tendencia al bien (del hijo que podrá obtener un título universitario y convertirse, tal vez, en el primer profesional de su familia). Estamos en ese caso ante un simple delincuente, porque al asaltante de bancos nunca se le pregunta por qué robó. Tampoco importará si el ladrón ha robado para poder pagar la operación de su hijo grave.

Qué pasa, entonces, con el robo de libros que el relato de este hecho no puede separarse de la visión romántica (porque en un robo de libros pareciera que a veces lo que más importa es el relato posterior al hecho y no el objeto en sí). Ese romanticismo tiene que ver con cierto estatus que el ladrón adquiere ante los que escuchan su relato, su hazaña. Ya lo dije, aumenta su envergadura moral ante los otros, el roba libro se valida y enriquece su areté, se convierte en una voz autorizada (porque tiene libros), aunque luego no los lea y siga diciendo burradas.

De esta forma, pareciera que el roba libros que cuenta sus robos, más que andar buscando libros, busca la aprobación de sus pares (estudiantes de ciencias sociales o humanidades, e incluso estudiantes de esa carrera llamada periodismo que no se trata de nada, sino curiosa y sospechosamente de todo). El libro no pesa en la balanza, sino el relato del robo. Al sujeto “ladrón” se le hincha el pecho no porque haya aumentado su saber, sino porque aumentó su prestigio.

No estoy haciendo un llamado a no robar libros (la gente puede hacer lo que quiera y yo no intentaría prohibir estas cosas), no estoy financiado ni por libreros ni editores. Yo robaría todos los libros que pudiera, incluso robaría bancos y otros lugares (aunque nunca he hecho, por cierto, ni lo uno ni lo otro), pero no lo hago porque no quiero ir preso ni ser multado. En este caso me convoca a esta crónica el (a mi juicio) desesperante relato épico del roba libros, un héroe insospechado, valorado entre pocos, pero extrañamente valorado, que se me ha vuelto repetitivo y poco provocativo.

Como conclusión no diré: Oye, no robes libros, que eso es malo. Al que me quiera contar su último robo de libros sólo le diré, por favor no me cuentes. Y mucho menos te quedes parado luego de contármelo, esperando que te adore como un héroe.

martes 6 de mayo de 2008

Eyaculando bilis negra en el rostro de la sociedad civil

En La chancha, obra escrita y dirigida por Luis Barrales (autor de H. P. Hans Pozo) y que se presenta hasta junio en el Teatro del Puente, los actores representan a otros actores que, a su vez, representan a otros personajes. Tenemos, por tanto, una representación al interior de otra, y es esa representación enmarcada la que nos muestra la historia que origina el título de la obra. Veamos: Una pequeña de trece años, influenciada hasta la melancolía por los íconos pop y dark provenientes de Japón, dirige un Chat en Internet bajo el título de “Matémonos juntos”, que busca reclutar a los candidatos perfectos para un suicidio semi-masivo. La muchacha, conocida por el nick Emoticón (personaje representado por la actriz Daniela Aguayo), y Tres Puñaladas, su entristecido mejor amigo (Ariel Levy), no paran de enfermarse de pena y de querer morir sin quererlo realmente. Mientras tanto se nos presentan Chica Pink, Sangre de Narices, Mitsubishi y Konami, los cuatro patéticos candidatos seleccionados: un grupo selecto que adolece de traumas infantiles y que hacia el final de la representación enmarcada (quedando aún un tiempo más de representación enmarcadora) deben hacer la cimarra (o la chancha) para concretar el no poco popular objetivo de morir.

La historia se construye a partir de fragmentos que convergen en una desorganización organizada, donde los cuatro candidatos seleccionados nos presentan eso de que adolecen: el hijo del traficante con la mirada perdida (Pablo Muza), la ingenua que ha manchado sus calzones con sangre con su primera regla y ha mostrado la mancha durante todo un semestre (Isidora Stevenson), la que se calienta con su papá y se corta sólo lo suficiente para no morir desangrada (María José Bello), y el bien conocido perno-nerd-ñoño-agüeonao que le da asco al resto del universo conocido (Rodrigo Soto).

Los fragmentos, llenos de diálogos (y monólogos) cargados de juegos semánticos, dejan en evidencia cuán patéticos pueden ser vistos (por los otros y por ellos mismos) ciertos sujetos y, a la vez, proponen al espectador una reflexión en torno a la marginalidad. “Si no te matas antes es porque no tienes vida, cómo podría matarse alguien que no ha vivido nunca. Tú no estás solo si ni siquiera existes”, le dice Emoticón a Tres Puñaladas. “Hay que saber domar esa yegua llamada vanidad, levantando estatuas, escribiendo biblias, montando obras de teatro mirándose el ombligo. Ahí tienes a Rodrigo García que desparrama comida en un escenario y lo aplauden, y a nadie se le ocurre siquiera sonreírle a ese que tiene que recogerla todos los días de la basura para poder seguir viviendo”, le advierte Mitsubishi a la Chica Pink, y luego agrega, “el dolor no siempre toma las autopistas, Chica Pink, a veces da grandes círculos, y toma los caminos largos y confusos, como yo. No voy por la vía concesionada, pero voy a entrar igual a ella y cuando llegue te vas a dar cuenta porque voy a hacer un tiroteo y me verás venir y me reconocerás, porque seré un enorme Mitsubishi cuatro por cuatro que atraviesa la costanera y a la que nada podrá hacer volcar”. Y más tarde Sangre de narices advierte, “me muero de pena ¿eso no es triste?, es sólo un modo de decir. Si supieran lo que es morirse de verdad de pena, si tan solo supieran lo que es morirse en verdad. Es que me muero de vergüenza de tan solo pensar en ello. También creo que me muero de hambre, pero no es el hambre África ni el hambre del Este, es el hambre fashion… también me muero de envidia, de la yegua, la vaca, la perra que se mueren de hambre mejor que yo”. H. P. Hans Pozo, también con una estructura fragmentaria, ya nos había hablado de la marginalidad de la pobreza. En este caso La chancha se detiene en los marginales solitarios, llorones, que pueden ser pobres o no, marginales que, tras el anonimato de la red global, eyaculan su bilis negra sobre el rostro digital de la sociedad civil. Sin lograr, por cierto, que esto le interese a alguien (¿recordamos acaso a la muchacha-fotolog-suicida, que luego de morir seguía recibiendo, bajo sus fotos, comentarios insultantes y felicitaciones por haberse matado de una buena vez?).

Es por esto que los personajes de la representación enmarcadora (personajes que tienen por oficio la actuación) encaran a los espectadores con un silencio inquietante que se extiende por varios minutos. El público de cada función, así, se convierte en el público de la representación enmarcada, volviéndose actores de la representación enmarcadora. Los encaran por su desinterés (fuera de la sala de teatro) por el próximo o la próxima muchacho/a-fotolog-suicida; y (dentro de la sala) por su pasividad como espectador de tramas ideologizadas. Ya había formulado algo similar la obra H. P. Hans Pozo, al encarar al público informado en los asuntos del teatro, incapaz de utilizar esa información para abrir la realidad a lugares insospechados.

Podría sonar pretencioso que el autor de esta crítica advirtiera que visualiza una tendencia en la producción de Barrales, después de todo conocemos sólo dos de sus obras. A saber, H. P. Hans Pozo y La chancha. Sin embargo, las reiteraciones de elementos se presentan en una cantidad contundente y en distintos niveles de la construcción dramática (formas y propuestas discursivas), que, más que un dramaturgo repitiéndose y tendiendo a escribir eternamente la misma obra, nos muestran a un dramaturgo que está construyendo su poética, y por tanto solidificando su voz. Se habla de lo sartriano, de lo kafkiano, de lo borgiano. Quizás algún día alguien hable de lo barraliano. Este simple acto de denominación, que puede parecer sólo una taxonomía o, peor aún, algo relacionado con el ego de los artistas, es más bien la oportunidad de relacionar a un autor que ha encontrado los espacios para hablar (o más bien gritar) con la experiencia de los sujetos que habitan el margen. La chancha es, a fin de cuentas, una reflexión hecha sobre un puente que ve correr por el cauce del río un torrente de lagrimitas, sangrecita y ante todo bilis negra, mucha bilis negra.

La chancha de Luis Barrales.
Compañía Centro de inteligencia teatral.
Director: Luis Barrales.
Elenco: Daniela Aguayo, María José Bello, Isidora Stevenson, Ariel Levy, Pablo Muza, Rodrigo Soto.

sábado 26 de abril de 2008

Personajes cantando rancheras mirando a las butacas

Pancho Villa, obra escrita por Marco Antonio de la Parra, es el segundo montaje del proyecto Libres, que sigue al estreno del año pasado de Fuenteovejuna en clave épica. Tal como su predecesora, la obra de De la Parra nos obliga (en una suerte de necesidad, pareciera, del teatro latinoamericano) a pensar en los parámetros teatrales propuestos por Bertolt Brecht, y nuevamente nos encontramos con “personajes mirando a las butacas”. Una relectura del teatro épico es lo que tendrán los espectadores que ocupen esas butacas en las funciones de esta obra en la sala principal de Matucana 100. Una relectura del teatro épico sesenta años después de haber sido propuesto. Esto, por cierto, no implica un problema, porque Brecht advertía que este era el teatro adecuado para generar la reflexión en torno a la sociedad en medio de comunidades que tendían al aumento de la producción, generando a la vez un aumento de la miseria, donde unos pocos se veían beneficiados frente a la explotación de muchos. Y el mundo, por supuesto, no es demasiado distinto a eso ahora.

Si estos son los parámetros bajo los cuales los miembros del proyecto Libres formulan la obra Pancho Villa, entendemos por qué (tal como proponía Brecht para esta forma teatral, motor de reflexiones en los espectadores) se recurre a la música y a una fábula con un referente en un tiempo anterior y una geografía distante: las experiencias de Pancho Villa durante la revolución mexicana. Estos dos elementos ayudan a crear el efecto de extrañamiento que permitirá que el espectador, convencido por la puesta en escena de que no se está frente a la realidad, no se emocione y sí, en cambio, reflexione sobre su propia realidad, a la que la puesta en escena estaría aludiendo de manera analógica.

Tenemos en esta obra, entonces, una historia que cuenta los pasajes de lo ocurrido a Pancho Villa (encarnado por Claudio Arredondo) durante la revolución mexicana, acompañada de música a cargo de diecinueve actores en escena (los contamos) y tres músicos fuera del escenario. Todo mediado por un personaje que toma notas (Felipe Ríos) y que se convierte (en otro elemento extraído de la tradición brechtiana) en una suerte de narrador, desplazando “lo mostrado” hacia “lo contado” (teatro épico, insistimos). Están los viajes, los enfrentamientos, las mujeres de Villa, la reunión con Zapata, las traiciones, los fusilamientos, los políticos y el pueblo. Sabemos que tanto los movimientos obreros como los campesinos (que no podemos meter en el mismo saco, por cierto) son fenómenos transversales a la conformación cultural latinoamericana y por tanto, podemos entender cómo el México de principios del siglo XX puede estar aludiendo a la realidad chilena. O peruana, colombiana, boliviana, ecuatoriana, venezolana, etc. Esta isotopía, punto inicial de nuestro acercamiento interpretativo, se presenta como un tópico demasiado general e incluso algunos podrían pensar que a partir de este elemento corremos el riesgo de caer en una sobreinterpretación. Si lo mencionamos, y corremos este riesgo, es porque nos parece que no existe otro elemento de conexión que sea más evidente.

Bajo esta idea central subyace la crítica, por ejemplo, a cómo los proyectos de los pueblos terminan (pensemos en Chile antes, durante y después de la dictadura) bajo el control de una casta política que se encarga, nuevamente, de relegar al pueblo a un sitial de marginalidad. Como contrapunto relativamente lejano (o tendiente a la desafinación, si queremos seguir con la metáfora musical) también subyace la idea explícita, creemos, presentada en el monólogo de Felipe Ángeles (Remigio Remedy) que advierte: “nos estamos matando entre nosotros” (si la memoria no nos falla), aludiendo, posiblemente, a los conflictos recientes en que diferentes países latinoamericanos (a saber, Colombia, Ecuador y Venezuela) han estado a punto de “irse a las manos”, y tal vez también a la mala relación que Chile tiene con los países del barrio. Las isotopías, entonces, se nos disparan como los tallos de un rizoma sobrealimentado. El que mucho abarca, nos vemos obligados a pensar.

Los coros, que son incapaces de llenar un escenario tan basto, tienden al humor. Y no sólo eso tiende al humor (cuando la risa, en medio la violencia latinoamericana, es lo que menos estamos esperando): A Villa se le presenta como un mujeriego chistosito. Sí, chistosito es que se lo pase manduqueando a las mujeres, como si esa violencia fuera menos grave que la que se ejerce sobre los pobres. A esta altura conviene preguntarse ¿hacia dónde se dirige realmente la reflexión, en el contexto de la formulación épica del teatro, que propone esta obra? Y la palabra “estéril” parece cobrar un protagonismo insospechado. Ese semental de Pancho Villa, con una esposa en cada pueblo y con pistolas que pueden matar a cientos con una sola bala (cual Aquiles con bigote y pólvora) no hace más que construir un mundo posible (el de la representación dramática) estéril, pues un teatro épico (o una relectura de éste) que no tienda a la reflexión no va a dar hijos. Y los personajes que insisten en mirar hacia las butacas tendrán que reparar en un público que se retira, pese a las ovaciones de pie, sin ni una reflexión de por medio, vacíos, esterilizados del poder fecundo del teatro.

Pancho Villa de Marco Antonio de la Parra.
Proyecto Libres. Teatro del Bicentenario.
Dirección: Felipe Castro.
Elenco: Claudio Arredondo, Edgardo Bruna, Francisco Reyes, Felipe Ríos, Remigio Remedy, Marcela Salinas, Teresina Bueno, Francisca Villagra, Viviana Galdames, Claudio Zúñiga, Luis O. Caviedes, Antonio Chuaqui, Ignacio Hurtado, Felipe Arellano, Ricardo Zavala, María Paz Briones, Ana Luz Figueroa, Rocío Reyes, Benjamín Berger.

domingo 20 de abril de 2008

Sobre la crítica de Juan Manuel Vial a Un mundo sin fin de Ken Follett

En el suplemento Cultura de la edición de hoy (sábado 19 de abril) del diario La Tercera Juan Manuel Vial escribe una crítica sobre Un mundo sin fin de Ken Follett (página 11). En esta crítica Vial explicita que la novela criticada no ha sido de su agrado. Para formular aquello recurre a una serie de argumentos que no surgen desde el interior del texto de Follett. Es decir, no hay una búsqueda de la relación entre fábula y sentido a partir de elementos repetitivos que guíen una posible dirección de las interpretaciones y permitan la formulación de un juicio. De esta forma, Vial, pese a su argumentación, formula un juicio antojadizo y no uno analítico, que es (esto último) lo que realmente deberíamos esperar de un texto crítico sobre cualquier manifestación del arte.

Esa imposibilidad de ingresar al texto de Follett, por parte del crítico, se sustentaría en el hecho de que este último utiliza una serie de estrategias que propician que su crítica no lleve a cabo una búsqueda de las posibles intenciones del texto. Vial habla del autor, de la industria en torno a éste y hasta ficcionaliza fórmulas escriturales, pero no habla de la novela. Para no caer en el mismo error, hablaremos de la crítica de Vial y de cómo ésta rodea al texto.

En efecto, el crítico afirma saber lo que hay en la cabeza de Follett diciendo “el autor cree ser un intérprete autorizado de ciertas tensiones históricas que ocurrieron a lo largo del fascinante siglo XIV”. Se suma a esta afirmación infundada (cómo podría saber lo que Follett cree, especialmente cuando lo que realmente importa, repito, es la posible intención del texto, o mejor aún los efectos materiales que éste pueda generar) el hecho de que el crítico confunde relato histórico con relato literario, señalando (instalándose nuevamente en la cabeza del autor de Un mundo sin fin): “estima que es perfectamente capaz de recrear con verosimilitud y profundidad hasta el más mínimo detalle de la vida diaria de la época, presunción que si bien le ha reportado el aplauso de millones de lectores, aún no le ha granjeado ninguna medallita en el ámbito de la investigación histórica”.

Luego Vial postula una fórmula, según él la que utiliza Follett, para escribir novelas. Se está burlando, por supuesto (pero ni la peor de las novelas puede ser escrita con esa facilidad) y en eso pierde casi todo un párrafo en que podría, tal vez, haber ingresado al texto. Hasta hace chistes más adelante: “considerando el volumen y peso de Un mundo sin fin, es mucho lo que se anhela tener un facistol a mano durante su lectura”. Esto, a propósito de la importancia que Follett le da a los términos que utiliza, como “facistol” que es, según palabras de Vial, “como se denomina al enorme atril en donde se apoyan los libracos para cantar durante la misa”.

En consecuencia, nos enteramos cuánto le molestó a Juan Manuel Vial leer la novela de Ken Follett (y la verdad es que no a muchos nos interesa si a un crítico le gustó o no un libro), pero de Un mundo sin fin terminamos sin saber nada, sólo que la acción transcurre en el siglo XIV. En la crítica de Vial no hay presencia del texto literario criticado, no hay posibles interpretaciones de éste, no hay la más mínima posibilidad de que este texto crítico amplíe la realidad a partir de discusiones y reflexiones en torno a la novela referida. Esto, por supuesto, no es una defensa a Un mundo sin fin. Esto es una crítica a la crítica (no entendiendo crítica como algo negativo). Estos han asido nuestros argumentos. Nuestra conclusión: el crítico debe formular juicios a través de un análisis y no a través de la manifestación de sus gustos. Eso estaría bien para una conversación de amigos.

martes 1 de abril de 2008

El tiempo al interior de una nuez

Hace poco volví a ver en televisión la comedia romántica Notting Hill en la que hay una escena en que el protagonista, William Thacker (encarnado por Hugh Grant), recorre una feria de punta a cabo, y en cuyo recorrido (de no más de tres minutos en el tiempo de la representación) transcurre todo un año (en el tiempo del mundo posible). Así, William ingresa a la feria, chaqueta en mano, y entre los transeúntes se observa a una mujer embarazada y a la hermana del protagonista abrazada a un hombre; pronto comienza a llover, las personas abren sus paraguas y Thacker se pone la chaqueta (el otoño ha llegado); el viento corre, deja de llover, comienza a nevar y los vendedores llenan la calle de pinos y adornos navideños (es un invierno frío); unos metros más adelante ya no hay nieve acumulada en el piso, el sol comienza a asomarse, la hermana del protagonista está discutiendo con el hombre con que antes estuvo abrazada, la mujer que antes estaba embarazada ahora carga a una guagua en brazos y William se quita la chaqueta; la calle está repleta de flores (ha llegado la primavera). Perfecto, al espectador le queda claro que han transcurrido doce meses. Y William Thacker sólo se ha puesto y sacado la chaqueta (simbólicamente queda demostrado que sigue igual –igual de mal– que un año antes).

Algo similar ocurre en el cuento El nadador de John Cheever, publicado por primera vez en The New Yorker en 1964, donde el protagonista Neddy Merril cruza todo el elegante condado en que reside, nadando a través de las piscinas de las casas de sus amigos y vecinos, desde las aguas verde claro de los Westerhazy hasta su propia casa. El recorrido de Merril, que comienza en la primera página y termina en la última, es presentado como lo ocurrido en una sola tarde. Sin embargo, en ese recorrido por una carretera acuática transcurren tres años de la vida del protagonista (esto se aprecia mucho mejor en el cuento de Cheever que en la película basada en este cuento, dirigida por Franck Perry y con Burt Lancaster en el rol de Neddy). La diferencia con Thacker es que Merril después del recorrido no se encuentra en el mismo lugar, sino en un lugar peor.

Nada en común hay entre Thacker y Merril. Ninguna clase de diálogo existe entre Notting Hill y El nadador (el cuento o la película). Un insospechado elemento formal ha permitido que estas dos historias estuvieran juntas en esta crónica, dos historias con finales tan distintos, con un Thacker que no tiene nada (sólo una librería con cifras rojas) y termina teniéndolo todo (o lo que se cree puede ser todo en una sociedad como la nuestra, la occidental: limusinas y flash fotográficos); y con un Merril que comienza teniéndolo todo (o igualmente lo que se cree puede ser todo: mansiones y el respeto que da la riqueza entre los otros ricos) y termina sin nada, y lo peor, sin nadie.

miércoles 19 de marzo de 2008

Camino al extrañamiento en Manderlay de Lars Von Trier

“Mucho tiempo he estado acostándome temprano”[1], es la frase que abre Por el camino de Swann, el primer volumen de la saga En busca del tiempo perdido de Marcel Proust, probablemente porque ésta es la forma de inaugurar el sopor envolvente que caracteriza el devenir de las frustraciones de Swann frente a Odette de Crécy. La típica luz del paralelo 19 º (Norte, aunque presumimos una idéntica para la latitud Sur, eso sí en la costa Pacífico) presente en los cuadros titulados The morning sun o en A woman in the sun de Edward Hopper, nos puede llevar a un lugar determinado de las emociones. Un comentario-resumen al comienzo de cada acto en el drama Madre Coraje y sus hijos de Bertolt Brecht, tiene por objetivo fundar el efecto de extrañamiento.

Los tres ejemplos anteriores nos permiten comenzar a entender cómo, en toda narración, cualquiera sea su tipo, cada elemento componente de ésta se dispone en el total de la narración para producir algún tipo de significancia. En efecto, Elinor Ochs señala: “Normalmente, los relatos tienen un objetivo que organiza la construcción de la narración misma”[2]. Así, esta construcción se traducirá en una disposición de elementos que conformarán, a nivel lingüístico, una dimensión que ha sido nombrada por Charles Morris como Sintáctica. En esta dimensión los elementos, que al poseer significado y significante se denominan signos, se relacionan entre sí. A partir de la relación de estos signos con su significado, esta organización de signos alcanza una dimensión Semántica. Las formas de relación continúan y, a propósito, por ejemplo, de lo señalado por Umberto Eco acerca de que existen múltiples interpretaciones para los textos literarios (aunque no infinitas), se nos presenta la dimensión Pragmática, donde los signos se relacionan con los usuarios. En este último caso, diferentes usuarios podrían articular distintas interpretaciones, evidencia Umberto Eco, pero los límites de estas interpretaciones estarán dados por el texto; es decir, por sus elementos (los signos) y cómo estos se organicen. Y aunque algunas difieran de otras, todas estas interpretaciones sentarán sus bases argumentativas en la articulación de los signos.

El cine, como todas las disciplinas del arte, dispone, a nivel artístico (plano artístico versus plano estético), de una serie de herramientas o Tekne, que, a través de relaciones como las enunciadas por Morris en sus tres dimensiones, generan, a nivel estético, una serie de significancias. Para demostrar lo anterior hemos querido llevar a cabo una aproximación crítica a la película Manderlay del director danés Lars Von Trier, desde la perspectiva delimitada por el marco conceptual propuesto por Charles Morris.

La película Manderlay (del año 2005) es la historia de lo que ocurre en la plantación de algodón de Manderlay, al sur de Estados Unidos, en 1933, luego de que Grace, una mujer adulta y joven, y su padre, un ganster que viaja con todo su ejército de maleantes, dejaran la ciudad de Dogville. Dogville es el lugar donde transcurre la acción de la película filmada, también, por Lars Von Trier que lleva el mismo nombre de esa localidad (Dogville, del año 2003), por tanto ambas historias se realizan, tanto en sus tres dimensiones espaciales y en su cuarta dimensión temporal, en la misma diégesis. Además, en ambos casos la elección de cómo construir el espacio (en relación a sus características físicas) es la misma, elección que ya detallaremos. En medio de un largo viaje hacia el sur, la caravana que acompaña a Grace y su padre se detiene frente a una pequeña comunidad prácticamente perdida en algún lugar de Alabama: Manderlay. Cuando el grupo está a punto de continuar su viaje, una muchacha de piel negra golpea en la ventanilla del auto que lleva a Grace y su padre. La muchacha conmina a Grace a ayudarla, pues uno de sus parientes está a punto de ser castigado con tortura por Mam, dueña de todo cuanto hay en Manderlay, incluidos todos los negros que viven como esclavos, pese a que la esclavitud ha sido abolida setenta años antes. Pese a que su padre le ha dicho a Grace que no es conveniente meter las narices donde no les corresponde, ella decide poner fin a los incidentes al interior de la plantación de algodón. Mam, que es una anciana, muere de muerte natural pocos minutos después de ser detenida por Grace. La hija del ganster se siente en la obligación de guiar a la comunidad de negros en Manderlay hacia una vida libre y decide quedarse con ellos hasta la siguiente cosecha. Para eso, escoge a cuatro secuaces de su padre y a un abogado para que la ayuden en su proyecto. El padre decide seguir su camino y le advierte que no desea ver cómo su proyecto de una comunidad renovada se hace pedazos. Rápidamente el proyecto de Grace presenta contradicciones que desembocan en la oposición de ideas irreconciliables que obligan a unos y otros a traicionarse a sí mismos.

Una casa hecha de signos. Dimensión sintáctica. Para llevar a cabo nuestro análisis, hemos identificado una serie de elementos que se constituyen como signos del texto cinematográfico formulado por Manderlay. Estos signos responden a una elección que se relacionaría con el objetivo de la narración y están dispuestos, desde la dimensión sintáctica, en función de una organización determinada. Pueden ser clasificados en tres grupos que se relacionan con parámetros comunes a todas las narraciones, pero que en este caso los veremos articularse a través del lenguaje cinematográfico.

En primer lugar, constatamos la existencia de signos relacionados con el tiempo. Uno de ellos es (1) la narración presentada cronológicamente, sin analepsis (salto temporal hacia el pasado o flash back) ni prolepsis (salto temporal hacia el futuro o flash for ward). Otro signo es (2) la acción dividida en ocho capítulos, imitando la construcción dramática en cuadros. Otro signo se relaciona con que (3) cada capítulo es presentado por una pequeña narración-resumen que cuenta qué es lo que sucederá.

En segundo lugar, registramos signos que se relacionan con el espacio. Uno de ellos es (4) todo hasta donde puede ver la cámara: toda una gran planta de Estados Unidos con los límites estatales dibujados. Esto, al comienzo y al final de la narración, para el resto del tiempo de la acción concentrarse sólo en Manderlay y la zona adyacente a la puerta principal. Otro signo es la ambientación misma que (5) presenta casas que carecen de murallas y cuyos límites están dibujados en la planta, con la excepción de una pequeña área en una de las viviendas, lo que (después veremos) es importante para el desarrollo de la fábula. Otro signo es el tratamiento de la luz. Todo Manderlay (6) se presenta a oscuras, sea de día o de noche, a excepción del área donde se estén desarrollando los incidentes en un momento u otro, y cuyo radio dependerá de la cantidad de personajes que interactúen en esos pasajes.

El tercer grupo de signos contiene sólo a uno. Se suele decir que el cine, a diferencia de lo que ocurre con la literatura, no tiene narrador. Pero esta afirmación es falsa, pues la enunciación estará dada por el punto de vista impuesto por la cámara, el que responde a una selección y a una perspectiva constituyente de narrador, simulando un ojo. Pero en Manderlay (7) el narrador es mucho más explícito de lo que podría ser sólo un ojo y narra, para luego ceder la voz a los diálogos. Es importante detenerse en este punto de la dimensión sintáctica para reflexionar sobre lo siguiente. Debemos recordar que tanto el tiempo y el espacio de una narración son construidos por el narrador. En este caso, entonces, al constatar lo explícita de la presencia de este narrador, se realiza un movimiento lógico; el narrador parece ceder la voz a los personajes, sin embargo, lo que está realizando es una cita en estilo directo, tal como ocurre con los textos literarios. Ya desarrollaremos mejor esta idea, en la dimensión semántica, cuando relacionemos esta disposición sintáctica con los enunciados del Teatro Épico de Bertolt Brecht.

Estos siete signos se organizan en un eje de contigüidad, el que Ferdinand de Saussure definió como eje sintagmático (en oposición al eje paradigmático). A partir de esta organización, en que unos signos se relacionan con otros, se desarrolla la dimensión siguiente, donde los signos se relacionan con sus significados.

Esto se está volviendo extraño. Dimensión semántica. Los signos antes mencionados forman parte de esta organización en función de una intención textual (entendiendo texto como discurso), que no tiene, necesariamente, relación con las intenciones del autor, pues tal como señala Umberto Eco, a propósito de la interpretación literaria, éstas no las podemos conocer y en caso de conocerlas sólo nos servirán para verificar cuánto difieren éstas de las intenciones del texto. Estas últimas pueden corresponder a cualquier interpretación que considere los límites del propio texto (los signos que hay en él) para poder constituirse.

A partir de los siete signos seleccionados, hemos podido relacionar la organización de Manderlay con lo enunciado por Bertolt Brecht en su Breviario de estética Teatral, acerca del efecto de extrañamiento[3], que permite la configuración del Teatro Épico. La relación con Brecht no es antojadiza, si consideramos que Dogville, la película que precede a Manderlay, se inspira en La ópera de la perra gorda de este dramaturgo alemán.

El efecto de extrañamiento consiste en generar que lo habitual se nos presente como no familiar, con el fin de que el espectador mantenga permanentemente la conciencia de que lo representado es distinto a la realidad, es decir, es una ‘realidad otra’. La intención que busca este efecto es que el espectador, a través de la distancia generada por esa extrañación, reflexione, en lugar de emocionarse si es que considera la representación como una imitación de la realidad. Brecht propone esta forma de relación con el teatro, pues plantea que el objetivo de éste es entretener y, tras terminar la Segunda Guerra Mundial, la mejor forma de entretener es la crítica a la sociedad. Esta desfamiliarización de lo habitual se consigue con una serie de herramientas de la puesta en escena. Con la incorporación de la música, por ejemplo; con la presencia de narradores; con el anuncio previo de lo que sucederá, para que el espectador no se sorprenda y se concentre en la reflexión; con una ambientación no realista; con una actuación de similares características, donde el actor no se convierte en el personaje, sino que se mantiene separado, citándolo en estilo directo. El actor, al realizar esto último, lleva a cabo un movimiento en que la representación dramática se desplaza hacia la narrativa, insistiendo, de esta forma, en el extrañamiento. De este movimiento proviene el apelativo Teatro Épico, donde ‘épico’ significa el paso del género dramático al narrativo. Esto, incluso habiendo una representación, pues se trata de narrativa oral, como la de los rapsodas en la Grecia del período arcaico.

Lars Von Trier retoma los elementos del efecto de extrañamiento y en lugar de repetir un Teatro Épico, realiza una relectura y formula una suerte de Cine Épico o una ‘Representación Neo-Épica’. Los siete signos ya mencionados, unos más que otros, apuntan en esta dirección. Veamos. Lo primero, y lo que circunscribe a lo demás, es (7) la presencia de un narrador, responsable del factor ‘Épico’, desde donde se genera el efecto de extrañamiento. A esto se suman los signos espaciales de (6) la iluminación parcial, manteniendo el resto de la escena a oscuras; y también la escenografía, donde (5) los límites de las casas están dibujados en el suelo, a excepción de un trozo de muralla en la casa de una de las familias de negros en Manderlay, específicamente la muralla junto a la cama de una niña, donde hay una ventana que tiene una importancia fundamental para la fábula. Este elemento nos permite verificar, tal como ocurre en este caso, cómo cada signo está presente en función de un objetivo, quedando la estructura determinada por una intención discursiva.

Tanto (4) la cámara ojo, como (1) la narración cronológica, se relacionan con la enunciación que hace el narrador en un tiempo, dentro de la diégesis, posterior a los incidentes narrados. Esto mantiene una relación directa con el factor ‘Épico’, pues los incidentes no están ocurriendo frente al espectador, sino que el narrador los está recordando, a diferencia de lo que ocurre con el teatro de formas clásicas, donde se simula que los incidentes, en cada representación, sí están ocurriendo por primera vez.

(3) La narración-resumen al comienzo de cada capítulo, que anuncia lo que sucederá, tal como en el teatro brechtiano, propicia que el espectador no se sorprenda y se concentre en la reflexión. De esta forma, (2) esa estructuración en capítulos, imitando la construcción en cuadros de obras como Madre coraje y sus hijos, estaría determinada por la necesidad de organizar Manderlay. Muy representativo de esto resulta el comentario del último capítulo, el octavo: “Donde Grace enjuició a todos en Manderlay y la película llega a su fin”.

Con todos estos elementos, organizados de esta manera, se propicia la formulación de la crítica a la sociedad presente recurriendo a historias de otra época que son representativos de nuestra época (otro requisito del efecto de extrañamiento).

A este o el otro lado del puente. Dimensión pragmática. A partir de la dimensión semántica, donde nos resulta sencillo reconocer el puente con los enunciados de Brecht, diversas interpretaciones se pueden desarrollar. Algunas de éstas pueden prestarle atención al puente antes establecido con el dramaturgo alemán, otras pueden ignorar su existencia (en el caso de faltar las herramientas conceptuales) o prescindir de ellas (incluso conociéndolas).

La crítica cultural y los estudios subalternos, por ejemplo, puede registrar en este entramado de signos relaciones que estén más allá o más acá (lejos, posiblemente muy lejos) del contundente puente con la teoría brechtiana. En estas interpretaciones se pueden reconocer reflexiones sociales, psicoanalíticas o filosóficas. En efecto, signos suficientes hay, como para relacionar a Manderlay con la reflexión de Frantz Fanon acerca de la simplificación del sujeto marginal a través del arquetipo del negro viril; con la idea de la dialéctica del amo y el esclavo de Georg Hegel; con los enunciados de rebeldía y traición de Gloria Anzaldúa; etc.

La crítica periodística, por su parte, pude registrar supuestos resentimientos o pretensiones forzosas. Veamos: “Manderlay es, en realidad, una película en la que no hay nada para ver y mucho –muchas palabras– para escuchar. Lástima que todo lo que se dice tiene pretensión de profundidad y no es más que una larga serie de lugares comunes recitados con el didactismo pedante de un pastor convencido de su superioridad moral y su saber sobre el mundo. El nuevo sermón de Lars Von Trier sigue girando alrededor de lo mismo”, dice Marcos Vieytes, periodista del diario argentino Página12. Y agrega: “Porque su puesta en escena no es la del cine sino la de la oratoria. Es más, el antecedente directo de lo que hace en Manderlay son las dramatizaciones pedagógicas que ciertos grupos protestantes tienen por costumbre llevar a cabo desde hace por lo menos un siglo en sus convenciones religiosas. En ellos está la misma ausencia de decorados, una música circunstancial estándar, el vestuario como principal referencia temporal, la mímica al abrir y cerrar puertas inexistentes y la tiranía del narrador”[4]. Y jamás repara en que todos estos elementos basan su coherencia en las formulaciones de Bertolt Brecht. En ningún caso estas interpretaciones son inválidas, pues el sujeto encargado de la interpretación ha recurrido a signos que le parecen relevantes al interior de Manderlay.

Donde enjuiciamos a todos nuestros argumentos y el ensayo llega a su fin. De las reflexiones que hemos hecho a partir de cómo se lee un conjunto de signos desde una u otra dimensión de Morris, podemos señalar que, en cualquier caso, la organización de estos signos es fundamental para el desarrollo de ideas.

Toda narración es resultado de un proceso complejo de reflexiones, donde ciertos elementos innegablemente podrán depender de causas accidentales, pero esos accidentes no podrán ser responsables de todo un entramado, donde las herramientas están dispuestas en la misma orientación.

Esto nos puede llevar a entender que el arte, en su rol simbólico, no es responsabilidad de musas o fantasmas que dictan ideas al oído de los artistas. El arte, con el resquemor que genera a algunos el siguiente emparentamiento, no carece de una dimensión ingenieril. De hecho, la eficiencia de los procesos de simbolización en el arte dependerá, precisamente, de la capacidad que tenga el creador de construir edificios que no se desmoronen, que no terminen en el suelo, luego que la crítica, los temblores, vengan a sacudirlo.

[1] Proust, Marcel Por el camino de Swann (Madrid: Unidad Editorial S. A., 1999) Pág. 9.
[2] Ochs, Elinor “Narrativa”. En El discurso como estructura y proceso (Vol. I). Teun Van Dijk, compilador (Barcelona: Gedisa, 2000) Pág. 271.
[3] Brecht, Bertolt Breviario de estética teatral (Buenos Aires: Ediciones La Rosa Blindada, 1957)
[4] http://www.cineismo.com/criticas/manderlay.htm

jueves 13 de marzo de 2008

Una entrevista que hice en julio de 2007

Soledad Fariña, poeta:

“LA REALIDAD NOS SUPERA”

Por Federico Zurita Hecht

Hace veintidós años anunció que “había que pintar el primer libro”. Hoy nos habla desde lugares impensados, como el espacio en que otros poetas articulan la voz. Soledad Fariña, conciente de que lo femenino que hay en ella es mucho más que el hecho evidente de ser mujer, se hace cargo de su experiencia, la traduce en versos y nos habla de ello.


Soledad Fariña (1943) no hace ruido. Lentamente, incluso con tardanza, como ella misma reconoce, llegó en 2006 a su sexto título publicado, lista compuesta por cinco poemarios y un volumen de cuentos. En cada uno de estos, lo latinoamericano y lo femenino se roban el protagonismo, apareciéndose sin previa planificación, como ella misma señala. Esto le ha valido traducciones parciales al catalán y al inglés, y uno que otro reconocimiento, como la obtención de la Beca Gugggenheim el año pasado y una postulación al Altazor en su más reciente versión, gracias a su último libro Donde comienza el aire, poemario en el que dialoga, de manera abstracta, con otros poetas. El mecanismo es desafiar las leyes de la física para instalarse en el momento exacto en que a los poetas les sale la voz, para reinventarlos, a modo de homenaje o relectura.

Pero Soledad ya comienza a cerrar su carrera. “Mi plazo se vence en siete años, cuando cumpla los setenta,”, advierte. Nos anuncia, eso sí, una novela antes de que se cierre el ciclo, la primera a su haber; el primer libro, también, en que hablará del golpe militar de 1973. “El golpe, como experiencia vital, es lo más fuerte que he vivido”, cuenta y promete que la narrativa, probablemente, le saldrá poética, porque el lenguaje no le alcanza. Todo esto lo dice adornado con una eterna sonrisa.

Soledad ¿De qué manera se relaciona la elección de traer la poesía a tu vida y esa sonrisa permanente que tienes?

La poesía es algo inconciente. Tú naces con eso, porque la poesía es algo más amplio que el hecho de escribir poesía. Tal vez es una forma de relacionarse con el mundo, una ve las cosas en metáfora desde pequeñita. Es curioso, siempre pensé que iba a escribir y no sólo escribir, sino también publicar, pese a que me demoré bastante en hacerlo. Después de los cuarenta publiqué el primer libro, por eso se llama El primer libro, porque es una reflexión sobre la escritura, después de muchas experiencias vitales. Yo nací en los años cuarenta, estudié en los cincuenta, no sé si los cincuenta te dice algo, es un período de postguerra, guerra fría, y aunque uno no lo crea, eso influye. En los sesenta estudié Ciencias Políticas, cuando esa carrera era harta política. Ahí aprendí marxismo. Me acuerdo que tuve de profesor a Ricardo Lagos recién llegado con un doctorado, a Clodomiro Almeyda también. En Estados Unidos estaba Vietnam, el 67 matan al Che en Bolivia. Entonces, me impregné de la palabra revolución. Esas fueron experiencias vitales.

Y si sabías desde niña que escribirías ¿Cuándo fue que la escritura salió de ese estado de congelamiento?

Cuando salgo al exilio en Suecia me pongo en contacto con las letras, me pongo a estudiar y a escribir, pero no sólo a escribir, sino también a hacer fotografía. Pero fue el golpe la experiencia más fuerte de mi vida, entonces más que el exilio, lo que influye es que te hayan cortado un proyecto. Pero pese a eso, no pude hacer escritura política.

Por qué, Soledad.

Me vino una desconfianza del lenguaje. Además, aprendí otro idioma. Ese distanciamiento de mi idioma y de mi tierra latinoamericana fue importante.

Pero pese a que empezaste a escribir en Suecia, pasó más tiempo antes de la aparición de El primer libro, que se publicó en 1985.

Sí, a fines de los setenta volví a Chile con bastante pocas oportunidades de trabajar, pero ingresé al Departamento de Estudios Humanísticos de la Facultad de Ingeniería de la Universidad de Chile a seguir estudiando y ahí conocí a mucha gente, Enrique Lihn, por ejemplo, y en los ochenta conocí a Juan Luís Martínez. Ahí sí que se me abre un tremendo campo. Juan Luís en una de sus venidas a Santiago me presenta a Raúl Zurita y a Diamela [Eltit]. Yo ya conocía a toda la escena de avanzada, la Lotty [Rosenfeld] y Patricio Marchant, por ejemplo. Como ves, aquí había una efervescencia acallada, piensa que estábamos en dictadura. El centro de todo esto era El Departamento de Estudios Humanísticos, donde el estructuralismo hizo mucho eco. Entonces, por eso El primer libro es una reflexión sobre la escritura y sobre la mudez nuestra en dictadura.

Había entonces una necesidad de decir las cosas de manera distinta.

Yo creo que había una necesidad de decir las cosas tal como ocurrían, pero también había personas a quienes no les alcanzaba el lenguaje. A mí no me alcanzaba, por ejemplo, y siempre decíamos, la realidad nos supera. Ahí mi reflexión la hago desde la plástica, desde la pintura. El primer libro es eso, la reflexión desde la pintura. Es además el intento latinoamericanista de conversas. Yo elaboro un intertexto con el Popol Vuh, que es el primer libro de la creación. Tomo este texto como referente y digo, “había que pintar el primer libro”, pintar, porque en el Quiché escribir y pintar son la misma cosa. Entonces, cuando te falla el lenguaje, hay que ir a buscar más allá.

Pero aparte de lo latinoamericano está lo femenino.

Eso lo empecé a descubrir con El primer libro, fue increíble. Eso también estaba en el aire desde los setenta, pero comienza a hacerse más fuerte en los ochenta. Aparece en El primer libro, porque la principal imagen de éste es una mujer pintándose el cuerpo. Seguramente lo femenino yo ya lo traía puesto, pero ahí apareció. Antes de eso yo no era feminista para nada. Yo vengo de poesías de ruptura, eso sí, desde Huidobro hacia delante y eso siempre lo vamos a tener en la cabeza los que nacimos en esos años. Entonces lo femenino y lo precolombino que subyace en todos nosotros, a veces nunca lo decimos.

Soledad, vemos en tu obra, y ahora lo corroboro con tus palabras, más presencia de la experiencia que de la teoría.

Teoría en mi obra no hay. Yo no soy una persona de teoría, sí de reflexión.

A propósito de eso. Marta Traba, pese a advertir no saber si existe aquello llamado literatura femenina, señala que la mujer tiende a leerse a sí misma en su propia obra. Luego agrega que la presencia de la propia experiencia en la escritura de mujeres es precisamente lo que define, en parte, lo femenino de la escritura ¿Sientes eso como una generalización o un prejuicio, o como una consecuencia de los procesos culturales en que la mujer ha sido relegada por el hombre?

Tal vez sea una generalización si se considera que no todas las mujeres lo hacen. Yo no sé dónde podría estar eso en Yourcenar. La misma Bombal decía, no, yo no soy feminista, yo escribo sobre el amor. Algunas a lo mejor lo tienen de manera conciente y otras de manera inconsciente. En el caso mío afloró y lo tomé, y dije, claro que sí, por supuesto que sí (con énfasis).

Pero en el caso de las escritoras como tú, que reconocen la presencia de la propia experiencia en su escritura, vemos cómo en ésta se piensa y repiensa a la mujer, denunciando el lugar al que ha sido postergada históricamente, ¿de qué manera esta escritura, y el arte en general, ayudaría a cambiar la situación de las mujeres?

No sé si a cambiarla, pero sí a reflexionar sobre ello. La palabra produce cambios. Algo estás removiendo, como ocurrió, por ejemplo, cuando nos juntamos muchas mujeres para hacer el famoso congreso del 87 en que sí hubo un proyecto de pensar sobre la palabra de las mujeres. En todo caso, yo no hago un pretexto, no me fuerzo a decir, voy a escribir poesía femenina. De mis libros el más reflexivo sobre la posibilidad de que haya una escritura desde el cuerpo femenino es Albricia. Está la reflexión sobre el cuerpo, pero más bien hay una pregunta sobre aquello. Yo no sé si hay escritura femenina, y prefiero en mis libros no decirlo, ni siquiera pretextarlo. Si sale femenino, sale. Sin embargo, era difícil que Albricia no tuviera ese gesto, porque yo había leído a Lucy Irigaray, a Julia Kristeva, a Hélèn Cixous. Albricia es mi intento de una escritura no discursiva, no filosófica, no entrampada en eso. Es una pregunta. ¿Entonces, cuál es el gesto? El gesto es al revés que en El primer libro, donde la intención es irse afuera. En Albricia el gesto es irse adentro mentalmente, pero también amorosamente, al contacto con la madre, al momento en que tú estás en un original contacto con la mujer. Ahí está la reflexión.

¿Y qué pasó con la recepción?

Quedó el desastre masculino, porque eso fue interpretado como lésbico. Ahí vemos cómo las palabras remueven cosas. Yo, con eso, sufrí una desvinculación total del canon, porque, reconozcámoslo, hay canon y es patriarcal. Ahora, claro, nosotras presentamos distintas posibilidades, no sólo yo. Por ejemplo, en la poesía de Eugenia Brito se lee, “hablo como carente, pero hablo”. Mi poesía no habla como carente, yo no me pongo en ese lugar. Yo digo, esto que estaba escondido, mírenlo, se lo regalamos. Es que nosotras hemos tomado de la subjetividad masculina todo, hasta nos han modelado. Ahora, les decimos, aquí está. Quedó la escoba con Albricia. Me dijeron esto no es poesía, específicamente dos hombres a quienes yo quería mucho.

Tu posición en la literatura te ha traído problemas, entonces.

Al principio me quería morir, pero después entendí que las palabras tienen costo. A partir de eso, me costó mucho hacer En amarillo oscuro.

A partir de esa negación de tu trabajo al no considerarlo como poesía, quiero insistir en la situación de la mujer. Gloria Anzaldúa habla de la traición dentro de la propia comunidad. Nosotros, por ejemplo, como sujetos latinoamericanos, ya somos subalternos, y la mujer latinoamericana es doblemente marginal, por ser latinoamericana y por ser mujer. Y más aún, Anzaldúa agrega que son las madres las que inculcan en los hombres esta traición a las mujeres de su propia comunidad ¿Cómo podrán estas mujeres con doble marginación acceder a estas discusiones que se generan en universidades y que quedan registradas en libros que nunca podrán comprar?

Eso es harina de otro costal. Es un problema de política cultural. Esos libros deberían estar en todas partes. Ahora, yo te aseguro, te podría mostrar poemas de campesinas o indígenas que están diciendo lo mismo que yo. Claro, a lo mejor lo mío es más elitista, pero ni tanto. Lo que pasa es que la cultura es algo muy empaquetado, lleno de códigos. Desde la perspectiva que tú lo propones es casi sociológico. Yo lo hago desde la literatura y digo es harina de otro costal, porque yo enseño mucho, hago muchos talleres. Hay fantásticas escritoras en el sur, escritoras mapuches, por ejemplo. Pero lo que tú dices es culpa de las políticas culturales. Debería haber montones de bibliotecas por todos lados.

Pero Hélèn Cixous es más radical incluso. Ella dice que son las escritoras, específicamente las poetas, las encargadas de asesinar, con su escritura, a la falsa mujer que cubre a la mujer viva ¿Cómo podría, por ejemplo, la mujer pobre o la mujer sin educación reconocer que la cubre una falsa mujer y liberarse de esta cubierta para dejar salir a la mujer viva, la que no se deja discriminar?

Eso es una sofisticación. Si agarro a esa mujer, va a escribir desde su realidad, sin esa sofisticación. Si yo estuviera en la Patagonia habría escrito de otra manera. Ahora, no es un deber, no es un deber. En la escritura yo no tengo deber con nadie. Yo no soy política. Si quieren después me leen como política, pero ésta es mi escritura.

Sin embargo, en 1987 se realiza el recordado Congreso de Literatura Femenina Latinoamericana. Es un hecho constatable que ese congreso posiciona en el debate una serie de temáticas ignoradas hasta ese momento y que todas las participantes eran, además, mujeres de izquierda ¿Se sintieron, acaso, las mujeres del arte y la crítica cultural postergadas por el proyecto general de la izquierda?

No sé. Yo fui militante socialista. Pero no hay nadie más machista que la gente de izquierda. Eso, en todo caso, no tiene que ver con la escritura. Lo importante es que si toda mujer golpeada pudiera escribir, pucha que les ayudaría, porque la escritura es poder.

Pero Soledad, ahí está lo político.

Pero quién soy yo para poner estos signos, qué soberbia sería, más encima quiero que me publiquen y quiero que me lean. Uno no hace esto por voluntarismo, lo hacemos porque sabemos que hay algo que se desprende de nosotros, que es el mismo gesto de mi último libro [Donde comienza el aire] en que hablo con otros poetas y me entrecruzo con sus palabras. Ahí hay un amor total, no hay feminismo, no hay escritura femenina, no hay nada, hay pura apertura a otras formas de percibir el mundo y es el momento en que yo quise unirme al otro, el momento en que están escribiendo, que es su mano. Eres tú, es tu experiencia, pero eso va a tomar vuelo y no va a ser la experiencia de nadie, y va a ser la palabra de nadie. Eso va a ser poesía, porque ese momento es único y nos une a todos, es un momento tremendo.

jueves 6 de marzo de 2008

La existencia en la dramaturgia de Sartre

Jean Paul Sartre ha sostenido la idea de que la existencia es anterior a la esencia. Para comenzar esta reflexión primero ha ocupado (en su texto El existencialismo es un humanismo) el ejemplo del cortapapel que ha sido confeccionado por el hombre sabiendo para qué servirá ese objeto. Contradiciendo su afirmación, por tanto, nos propone, con este ejemplo, que la esencia precedería a la existencia. En ese mismo sentido, entonces, “cuando Dios crea, sabe con precisión lo que crea. Así el concepto de hombre en el espíritu de Dios es asimilable al concepto de cortapapel en el espíritu de la industria” (El existencialismo… 15). Sin embargo (y aquí se verifica la utilidad del ejemplo), Sartre se define como un existencialista ateo y bajo esta premisa declara: “si Dios no existe, hay por lo menos un ser en el que la existencia precede a la esencia, un ser que existe antes de poder ser definido por ningún concepto, y que este ser es el hombre” (El existencialismo… 15). De esta forma, para el hombre la existencia sería previa a la esencia y aquello llamado naturaleza humana no existiría.

Esta existencia que precede a la esencia es la generadora de la condición de libertad en la que vive el ser humano y en algunas de las obras de Sartre se puede identificar esta idea. En Las moscas, que es una obra de teatro escrita por Sartre, se desarrolla una relación intertextual con La Orestiada de Esquilo, específicamente con la segunda parte de ésta, Las coéforas, episodio en que Orestes, hijo de Agamenón y Clitemnestra, llega a Argos con el fin de vengar el asesinato de su padre tras la traición de su madre y el amante de ésta, Egisto. En el texto de Sartre Orestes llega a Argos, pero la situación se resuelve de distinta manera que en el texto de Esquilo, en función de un sentido diferente a lo propuesto más de dos mil años antes. Esquilo escribe desde las ideologías desarrolladas en su época y Sartre fabula a partir de su contexto epocal, más específicamente escribe desde el existencialismo, la corriente filosófica de la que él mismo ha aportado a construir el corpus teórico.

En Las moscas, precisamente, la libertad del hombre está incidiendo en la acción, hablando de la misma libertad de la que su autor reflexiona en El existencialismo es un humanismo, y cuando Egisto le dice a Júpiter que no tiene secretos, éste le contesta: “Sí. El mismo que yo. El secreto doloroso de los dioses y de los reyes: que los hombres son libres. Son libres, Egisto. Tú lo sabes, y ellos no” (Las moscas 49). De esta forma se postula la idea de libertad del hombre, pero además se anula la idea de poder, porque si los hombres son libres de dios y de los gobernantes, entonces el poder es sólo algo otorgado y no propio de determinados seres humanos. En el diálogo entre Orestes y Júpiter, en la segunda escena del acto tercero, se estaría insistiendo en la misma idea: “Eres el rey de los dioses, Júpiter, el rey de las piedras y de las estrellas, el rey de las olas del mar. Pero no eres el rey de los hombres” (Las moscas 63), señala el hijo de Agamenón y más adelante continua: “Mi juventud, obediente a tus órdenes, se había levantado, permanecía frente a mis ojos, suplicante como una novia a punto de ser abandonada: veía mi juventud por última vez. Pero de pronto la libertad cayó sobre mí y me traspasó, la naturaleza saltó hacia atrás, y ya no tuve edad y me sentí completamente solo, en medio de tu mundito benigno, como quien ha perdido su sombra; y ya no hubo nada en el cielo ni Bien, ni Mal, nadie que me diera órdenes” (Las moscas 64).

Sin embargo, tal libertad no es esencial, pues eso sería una contradicción, por tanto la libertad se constituye al realizarse el ejercicio de ésta, a través de la acción. Es el mismo Egisto (quien desde su posición de rey desea negarle la libertad a los otros) el que manifiesta su libertad al decir: “Desde que reino, todos mis actos y palabras tienden a componer mi imagen…” (Las moscas 49). Sus acciones lo constituyen frente a los otros. Y por supuesto, lo dice manifestando que ese es el elemento que permite que los otros, en Argos, no reconozcan su libertad. En ese sentido los habitantes de esta ciudad siguen sometidos, situación que se manifiesta en el hecho de que nadie hace algo para deshacerse de las moscas que invaden la ciudad desde hace mucho tiempo. Orestes, por su parte, es la encarnación de la libertad a través de la acción. A diferencia del Orestes de La Orestiada, que venga a su padre cumpliendo con su destino, el Orestes de Las moscas duda y decide. Y finalmente también mata. Pero no para que a partir de eso se constituya la institución de la justicia, como en La Orestiada, sino para ser un hombre libre, actuando.

Así, las acciones de unos inciden en los otros y las libertades interactúan posicionando a la voluntad por sobre el destino, en el lugar que determina las circunstancias de los sujetos. “Apodérate de Orestes y de su hermana” (Las moscas 50), le sugiere Júpiter a Egisto. “¿Son tan peligrosos?” pregunta éste. “Orestes sabe que es libre”, responde el dios, manifestando que la libertad del hijo de Agamenón es lo que lo hace peligroso para el reinado de Egisto. De igual forma, la idea de las libertades interactuando se desarrolla en A puerta cerrada. Esta obra cuenta con tres personajes que, después de su muerte, deberán pasar juntos la eternidad en una habitación con una sola puerta y sin ventanas. Son tres personas, un hombre y dos mujeres, que en vida jamás se cruzaron, y que no mucho tiempo después de iniciado el encierro comienzan a contraponer sus libertades. Garcin, el personaje masculino, en una primera instancia propone suprimir los roces anulando cualquier tipo de contacto, pero eso se vuelve imposible en esa habitación cerrada y las dos mujeres lo involucran en sus disputas. “Puede coserse la boca, puede cortarse la lengua, ¿eso le impedirá existir? ¿Detendrá su pensamiento? Lo oigo, hace tic tac, como un despertador y sé que usted oye el mío” (A puerta cerrada 24), le dice Inés a Garcin. Las acciones de cada uno inciden en los otros y la estadía se vuelve un padecimiento. “No eres nada más que tu vida”, insiste Inés al hablar con Garcin, señalando que él es lo que sus acciones han construido.

De esta forma, el hombre en su libertad estaría parado frente a los otros que a su vez viven su libertad, y en este estar parado frente a los otros se puede, también, estar parado contra los otros. “¡Ah! Qué broma. No hay necesidad de parrillas; el infierno son los demás” (A puerta cerrada 41), señala Garcin a las mujeres con quienes comparte la habitación. Así, si el infierno está en los otros y un sujeto no es más que la construcción que ha hecho toda su vida, entonces la acción es un objetivo transversal a la existencia; y sin existencia no habría acción, por tanto no habría algo definible como “lo humano” (o eso que suele llamarse naturaleza humana) antes de la acción y por ende, no habría esencia antes de la existencia. El algoritmo queda expuesto. Discutamos.

Sartre, Jean Paul. El existencialismo es un humanismo. México: Ediciones Peña Hermanos, 1960.
_____. Las moscas. Buenos Aires: Editorial Losada, 1952.
_____. A puerta cerrada. Buenos Aires: Editorial Losada, 1952.

jueves 28 de febrero de 2008

Un Don Juan revisitado

A partir de la dicotomía texto y obra, Barthes, en “De la obra al texto”, establece la diferencia entre obra y texto, señalando que la primera es un objeto que se ve, que se puede sostener en las manos y que ocupa un espacio, por ejemplo un libro; y que el segundo es una intención discursiva que se demuestra a través del lenguaje. Así, para el mismo Barthes, la obra pertenece al autor, pero el texto no, pues en el texto no se distingue a un sujeto con identidad.

Estamos en condiciones de señalar que en el cine hay presencia de obra y texto. Pensemos en la película Broken Flowers (2005), del director norteamericano Jim Jarmusch. Esta es la obra que contiene un texto que dialoga, a manera de intertexto, con la tradición romántica de Don Juan, iniciada con El burlador de Sevilla por Tirso de Molina (en la manifestación barroca del personaje) y continuada, ya inscrita en el romanticismo, entre otros, por Don Juan Tenorio de José de Zorilla, El estudiante de Salamanca de José de Espronceda, Don Juan de Lord Byron e incluso Don Giovanni de Mozart, solo por nombrar algunos. Los antes mencionados destacan por estar reformulando el mito donjuanesco. Precisamente, la película Broken Flowers revisita y renueva la visión del Don Juan, sin dejar de lado una serie de elementos propios del romanticismo europeo y en particular del romanticismo que delimitó la inclusión de este mito que proviene del barroco.

Insistimos en recalcar que así como en Don Giovanni, a través de la música, en Broken Flowers, a través del lenguaje cinematográfico, se formula un texto. De esta obra nos interesa ese texto que revisita y renueva esta tradición literaria, donde se presentan algunos elementos característicos del romanticismo. La acción transcurre a comienzos del siglo XXI, en un lugar indeterminado de Estados Unidos, donde vive cómodamente un sujeto llamado Don Johnston, donde Don alude a “Don” o “señor” y Johnston refiere al apellido sueco que significa ‘hijo de Juan’. Este personaje, entonces, es simbólicamente hijo de Don Juan; y en función de ese diálogo intertextual se establece, a la vez, el diálogo con el romanticismo. Don Johnston acaba de ser abandonado por su mujer, quien no soporta vivir bajo las condiciones que él le ofrece. Aún es un Don Juan, pero ya ha envejecido, no es el Don Juan en su esplendor máximo y por tanto, la mujer, aunque manifiesta que sigue manteniendo la borrachera o embriaguez sentimental que Juan desataba, lo abandona. Poco después Johnston recibe una carta en la que se le revela que veinte años atrás ha tenido un hijo y que éste está interesado en conocerlo, pero no hay antecedentes de quién podría ser la madre. Johnston le muestra la carta a su vecino Winston (quien más adelante, dentro del modelo del ciclo de Etienne Sourian –que contiene a los actores de los hechos–, se convertirá en su ayudante, de acuerdo a la estructura en torno a la fuerza temática orientada). Éste, le sugiere que debe ir en busca de su hijo, visitando a todas las potenciales madres, las mujeres con las que estuvo veinte años antes. De esta forma, Don Juan saldrá nuevamente de viaje, tal como el Don Juan de Byron, pero en esta ocasión en busca de su hijo. Estamos, entonces, revisitando a Don Juan luego de acabado su período de esplendor (por primera vez una mujer lo abandona) y vemos cómo se articula una nueva búsqueda. Ya no es la búsqueda de la mujer ideal, que tras la comprobación de que eso era imposible (característica propia del romanticismo), lo obligaba a ir de una en otra. Es otro el bien deseado y es éste el que lo podría redimir, pues el hijo sí puede ser una configuración ideal, a diferencia de las mujeres. Pareciera que este Don Juan acabado ya no tiene deseos de seguir enfrentándose a Dios, tal como lo hacía en las versiones de Byron y de Espronceda, por ejemplo.

El tema de la libertad, tal como en pleno apogeo del romanticismo en Europa, es importante. De la misma forma que Don Juan manifestaba ser libre en esta búsqueda de la mujer ideal que nunca llega, la búsqueda del hijo nuevamente lo ubica en la acción que lo convierte en un sujeto libre (más de cien años después del apogeo del romanticismo Sartre postulará que la libertad se obtiene a través de la acción), pero de igual forma que ocurre con la búsqueda de la mujer ideal, la libertad existe para generar frustración, lo que constituye un elemento importante del romanticismo, que es la vía de la desilución. Sin embargo, está el antecedente de la salvación de Don Juan Tenorio (en la versión de Zorrilla), quien se salva gracias a Leonor. Mientras, Don Johnston busca salvarse a través de su hijo.

Rápidamente queda en evidencia el aislamiento y la soledad que conforman la vida de este Don Juan posmoderno (y que también formó parte de los antiguos Donjuanes), soledad que se manifiesta en la atmósfera de su casa, pues cuando está en ella casi no se mueve del sofá que está frente al televisor (donde, por cierto, se proyecta una vieja versión en blanco y negro de una adaptación de Don Juan, específicamente cuando el mismo personaje asiste a su propio “falso” funeral y puede contemplar cómo las mujeres sufren por su partida). De igual manera el viaje es elocuente en manifestar, también, esa soledad. En esta atmósfera es que Winston le organiza un recorrido que lo llevará donde cinco mujeres, las potenciales madres de su hijo de veinte años; es decir, las mujeres con las que estuvo veinte años atrás, cuando aún Don Johnston era Don Juan. En este viaje se formula el modelo de Sourian, donde la Fuerza Temática Orientada (FTO) está ocupada por el mismo Don Johnston. Su Bien Deseado (BD) ya no es una mujer, es el hijo que no conoce y que en su perfección, puede ser su salvación. El Receptor del bien deseado es el mismo Don Johnston. Winston es su Ayudante y las cinco mujeres con las que estuvo veinte años antes son los oponentes y, a la vez, los árbitros. De esta articulación de roles, donde oponentes y árbitros son los mismos, sólo se puede esperar que el fatum (o fatalidad) ejerza su dominio en la situación, tal como le ocurre a Felix en El estudiante de Salamanca o al Protagonista de la versión de Byron.

Efectivamente, Don Johnston lleva a cabo el recorrido y en cada visita a las mujeres de su pasado, va siendo peor recibido que en la anterior detención. En la primera parada es relativamente bien recibido, vuelve a conquistar, no con mucho interés o más bien sin proponérselo, a la mujer de veinte años atrás, y más aún, la hija de ésta, de no más de dieciséis años (cuyo sugestivo nombre es Lolita) ejerce un coqueteo explícito, sin lograr llamar la atención de Johnston. Esto, posiblemente, le hará creer que todo sigue igual en su condición donjuanesca. En la segunda visita, sin embargo, la situación es tensa, la mujer, una “lunática” casada con un tipo que permanentemente se está evidenciando como un ser patético, no se siente seducida y él ni siquiera intenta hacerlo. En la tercera visita, no es bien recibido y debe retirarse rápido. En la cuarta, incluso recibe golpes. Y en la quinta, ni siquiera se produce el encuentro, pues la mujer ya está muerta y Johnston no hace más que estar junto a la tumba.

De regreso, y tras fracasar, tal como Don Juan fracasó al buscar a la mujer ideal, le comienza a parecer que cualquiera puede ser su hijo. Pero el saber cuál puede ser es nuevamente un imposible. Don Juan, alejado de su esplendor ha trasladado su búsqueda a un nuevo ámbito, donde la imposibilidad sigue siendo la tónica y donde la redención sigue siendo esquiva. El sufrimiento antiguo con que Don Juan carga se perpetúa y trasciende. El romanticismo europeo pervive en el texto cifrado presente en la cinta de Jarmusch.

Broken Flowers (2005) de Jim Jarmusch y Bill Raden
Dirección: Jim Jarmusch
Elenco: Bill Murray, Julie Delpy. Jeffrey Wright, Heather Simms, Brea Frazier, Meredith Patterson, Alexis Dziena, Sharon Stone, Frances Conroy, Christopher McDonald, Tilda Swinton

jueves 21 de febrero de 2008

Las heridas sin sangre

Sin sangre, la obra dirigida por Juan Carlos Zagal en el marco del primer estreno de la compañía Teatro Cinema, compuesta por dos ex integrantes de La Troppa, ya no está en cartelera; y ciertamente, durante el mes de febrero casi no hay teatro en Santiago, pero dado el hecho de que ha sido postulada a dos categorías de las cuatro que existen para teatro en la versión 2008 de los premios Altazor es muy probable que vuelva a los escenarios en marzo o abril. De Sin sangre se ha comentado mucho, pero gran parte de estas palabras dedicadas a la obra se han centrado, principalmente, en la original y llamativa forma de llevar a cabo la puesta en escena (una mezcla compleja de teatro y cine que obliga al espectador a preguntarse dónde están los actores y a olvidarse, a ratos, de la acción o el sentido de ésta). Si bien es cierto, todos los elementos de una obra (formas y contenido) son importantes para lograr formular un sentido, es en el sentido, precisamente (o en los múltiples posibles sentidos) donde se concentra la verdadera conexión del arte con el espectador (muchos podrán discutirlo). El sentido es, así, el punto de llegada de toda manifestación artística pues en éste aquella se vuelve política o, lo que nos parece un mejor concepto, ideologizada (esto es válido, incluso, para la comedia, los comics, los cuadros de la plaza de armas y las canciones románticas). De esta representación, entonces, aún queda mucho por hablar.

Sin sangre es una obra que surge de la adaptación de la novela homónima del escritor italiano Alessandro Baricco. Es una historia de “venganzas” donde el plural de este hecho adquiere una importancia determinante. En efecto, ya en el primero de los tres actos de la obra se nos presentan unas víctimas y unos victimarios, personajes a los que rápidamente, a través de información entregada mediante una analepsis, observaremos en el rol opuesto. Luego, entonces, los vengados se convierten en vengadores y viceversa. El acto de vengarse, podemos pensar, es siempre un efecto de una causa determinada, pero si tal acto ocurre en ambas direcciones, si cualquiera de las venganzas es un efecto y a la vez una causa de una nueva venganza se desbarataría la relación causa y efecto. Derrida diría que si ambos elementos (grupos de personajes en la obra de la compañía Teatro Cinema) pueden ubicarse en el lugar de la “causa” no habría un elemento originario. No recurrimos a esta decosntrucción sólo para hacer un malabar. Esta es la observación que nos permite anular la presencia, en la obra, de fuerzas alineadas en relación con el bien y el mal, pues ambas fuerzas se posicionan en los dos extremos. Y por supuesto, se suma a esta desjerarquización la duda en que caen algunos personajes.

Estos son los lugares en que esta historia de venganzas se vuelve altamente ideologizada, especialmente si buscamos el anclaje que esta obra (derivada de una novela escrita por un italiano, en Italia y en relación con su contexto italiano) encuentra con la realidad chilena. La ausencia de maniqueísmos nos habla, en este caso, de un país incapaz de reconciliarse, precisamente, porque todos, en la conservación de un imaginario que sí es maniqueo, pretenden posicionarse en el lado del bien y ejercer su venganza sobre los que supuestamente están del lado del mal, pensando, con este actuar, que las estructuras polares son irrompibles. En la obra, las venganzas se resuelven con la búsqueda de la muerte del oponente. Fuera de la obra, hoy, las venganzas ya no son, por supuesto, con caravanas de la muerte o con atentados terroristas, pero sí pueden ser aún a patadas y puñetes, o al menos a garabato limpio. La obra, en efecto, nos plantea una instancia de irresolución y se vuelve, de esta forma, completamente chilena, en cuanto a que dialoga con nuestras circunstancias y nos invita a reflexionar: la reconciliación, al parecer, no sería una opción; las venganzas sucesivas no se terminan.

Quisiera agregar que, así como muchos se han preocupado de los aspectos netamente formales (vínculo cine-teatro) y los han examinado, en algunas ocasiones, sin relacionarlos con los aspectos discursivos, el espacio donde se lleva a cabo la representación (que no es el mismo que el espacio representado) también merece algún tipo de comentario, pues también forma parte de cómo recepcionamos la puesta en escena. Sin embargo, a diferencia de cómo ha ocurrido con los elementos formales, quisiera relacionarlo con la potencialidad de sentidos que posee la obra. Durante el 2007 Sin sangre se presentó en el Teatro de la Universidad Católica, pero durante el Festival Santiago a Mil 2008 se trasladó a la sala Mori del Parque Arauco. Parece inevitable (lo digo con riesgo de parecer un fanático) que cualquier efecto que esta obra altamente ideologizada pudiera lograr en el espectador podría desvanecerse irremediablemente cuando éste saliera de la sala y, tras subir una pequeña escalera mecánica (única salida del recinto), se hallara “atrapado” en medio del Boulevard del Mall, con restaurantes con terrazas y un escenario con música en vivo. Tal vez, podría agregar alguien, el contraste intensifique la profundidad de las reflexiones y quizás ese fue siempre el objetivo de los responsables de la existencia de una sala de teatro que presenta este tipo de obras en aquel lugar. Yo no lo sé. Este hecho nos invita a pensar en nuevas problemáticas: ¿La única forma en que el arte produce placer en el espectador es a través de la formulación de sentidos?, ¿el arte, entonces, estaría dirigido sólo a aquellos que estén conectados con los potenciales discursos?, ¿el arte no le habla a aquellos que no han sido testigos de una buena cantidad de estragos sociales?, ¿habría grupos sociales (o ciertos sujetos) que quedarían excluidas completamente del diálogo con el arte? Yo prefiero creer que sí, pero no puedo ser concluyente y a veces dudo. Debo, sin embargo, pensar la mayor parte del tiempo en función de lo que creo la mayor parte del tiempo (con la conciencia de que existe una potencialidad latente de poder cambiar de opinión) y postulo que una sala como la mencionada debería estar vetada para una obra evidentemente idológizada como Sin Sangre. Llámenme fanático que yo así tendré una razón para vengarme.

Sin sangre de Alessandro Baricco
Compañía: Teatro Cinema
Dirección: Juan Carlos Zagal
Elenco: Laura Pizarro, Juan Carlos Zagal, Diego Fontecilla, Ernesto Anacona, Etienne Bobenrieth

jueves 14 de febrero de 2008

Tres reseñas lacónicas

AUTOFORMATO
Claudia Apablaza
Santiago: LOM Ediciones, 2006. 205 páginas.

En Autoformato (2006), el primer libro de cuentos de la psicóloga chilena Claudia Apablaza, (1978) encontramos, entre otros, a un viejo que quiere reunir a los dobles de las escritoras que conforman su canon de literatura femenina, para vengar la exclusión que padeció su esposa antes de morir; a una mujer que planea ser una escritora enamorada de su editor, y espera que un día éste la llame para comenzar la historia; y a un escritor apunto de debutar, que se indigna al encontrar en Google a un actor que lleva su mismo nombre. Esta pequeña triangulación nos permite adelantar que la literatura y los literatos son los protagonistas de este libro lleno de escritores, escritores y más escritores. “Parecía una verdadera oficinista. Nadie hubiera imaginado que era Sor Juana (…) Algunos minutos después entró Pierre Bourdieu”, se lee en la página 95. El volumen incluye, además, a modo de paratexto, notas al pie para algunos de los relatos donde se detallan premios y ediciones anteriores que aseguran la supuesta calidad de los relatos, por si estos no pudieran lograrlo por sí solos.

KITCHEN
Banana Yoshimoto
Barcelona: Tusquets Editores, S. A., 1994. 206 páginas.

En veinte años la escritora japonesa Banana Yoshimoto (1964) ha publicado diecisiete libros de ficción y dos de ensayos. La novela Kitchen, que inaugura su obra en 1987, es la historia de una jovencita llamada Mikage que, luego de la muerte de su abuela, se instala a vivir en la cocina de su casa. Eso, hasta que un muchacho, Yuichi, la invita a vivir con él y Eriko, su padre, un ex hombre que, tras morir su esposa, se ha vuelto mujer con el único fin de que su hijo tenga una madre. Ahí Mikage espera empezar de nuevo. “Pensé que era divertido dormir, también aquella noche, al lado de la cocina, y sonreí. Pero no había soledad. Quizás porque esperaba algo. Quizás porque estaba esperando tan sólo una cama donde poder olvidar, por un instante, las cosas que habían sucedido”, dice la jovencita. Esta historia en que el abandono es una consecuencia que impone la muerte, es más bien el reencuentro de los abandonados en medio de Tokio, una ciudad moderna y sobrepoblada que, sin embargo, en el relato de la protagonista pareciera estar tal como ella se siente, vacía.

DE QUÉ HABLAMOS CUANDO HABLAMOS DE AMOR
Raymond Carver
Barcelona: Editorial Anagrama, S. A., 1993. 159 páginas.

Como si nada realmente estuviera pasando, como si la atención estuviera en otro lado, como si aquí se quedaran mirando los que se están perdiendo la verdadera acción, como si nos fueran a contar el tercer asunto en orden de importancia. “Te diré lo que llevó a mi padre a la tumba. Lo tercero fue Dummy, la muerte de Dummy”, dice el narrador de una de las historias del volumen de cuentos De qué hablamos cuando hablamos de amor de Raymond Carver (1938-1988), como si nadie fuera a contar una historia ni nada parecido. Así comienzan todos los relatos de este libro publicado en 1974, así avanzan y así terminan. Pero en esa nada se ocultan desaciertos y tragedias. “El chico del cumpleaños se bajó del bordillo de la acera, y en un abrir y cerrar de ojos fue arrollado por un coche”, dice otro de los narradores. Después de leer los diecisiete relatos esa nada insignificante de las historias de Carver nos vuelve a atropellar.

jueves 7 de febrero de 2008

En busca de la búsqueda de Proust

Con el muy predecible título En busca de Marcel Proust, el alemán André Maurois (1885-1967) escribe en 1949 la biografía del autor de la saga En busca del tiempo perdido. Maurois presenta un recorrido por la vida de Proust desde su infancia a fines del siglo XIX hasta su muerte en 1922, todo mediado por la problemática del tiempo, gran motor de las reflexiones del autor francés, las que incidieron finalmente en su obra. “La historia de Marcel Proust es, como lo describe uno de sus libros, la de un hombre que amó con ternura el mundo mágico de su infancia; que experimentó muy pronto la necesidad de inmortalizar ese mundo y la belleza de algunos de sus instantes”, comienza advirtiendo Maurois, pensando desde ya en que su relato llegará a la saga que instaló al francés en la historia de la literatura universal.

Pensamos en un Proust que, tal como el Marcel de sus narraciones, debe haber experimentado una y otra vez incidentes como el de la magdalena en las primeras páginas de Por el camino de Swann, la primera de las siete novelas de En busca del tiempo perdido, donde comienza para Marcel el relato retrospectivo, el recorrido por el tiempo, por tratar infructuosamente de recuperarlo a través de la memoria. “En vano regresamos a los lugares que antes nos fascinaban. Jamás volveremos a verlos, porque no estaban situados en el espacio, sino en el tiempo, y el hombre que los busque no será ya el niño o el adolescente que los embellecía con su pasión”, advierte Maurois.

El alemán articula su relato pensando en un Proust niño o adulto que se convertirá en autor, y concibe su texto a partir de la construcción, desde la infancia, de ese creador, reproduciendo hechos, ideas y correspondencia que den cuenta de esa formación. Así, narra los acontecimientos, los lugares, la enfermedad, como carreteras que confluirán en su mega obra. Es por esto que después de recorrer la infancia, el liceo y los primeros escritos del francés en los cinco primeros capítulos, el biógrafo se detiene en los tres siguientes a pensar en extenso la construcción de En busca del tiempo perdido y cómo ésta presenta, desde un punto de vista temático, un anclaje con su propia vida. “Nos hallamos ante el Proust realista, científico, el que comprueba y registra metódicamente la destrucción de los seres por obra del Tiempo”, agrega Maurois. Entonces ¿es posible la búsqueda del tiempo perdido o es un acto esteril?

El biógrafo busca y busca todos los elementos posibles de encontrar en la vida de Proust, que lo llevaron a buscar, proyectado, a su vez, en la búsqueda de un Marcel personaje que quiere recuperar el tiempo extraviado. Y aunque Maurois diga que “los temas proustianos son: el tiempo, que destruye, y la memoria, que conserva”, estas búsquedas que mencionamos hasta el hartazgo, dispuestas como muñecas rusas, desde la más pequeña (encarnada por Marcel), pasando por la del medio (donde está Proust), hasta la que cubre a las otras (materializada por Maurois), se nos presentan como un imposible, como una frustración. El Proust que nos presenta Maurois es el más fiel posible en medio de esta búsqueda inabarcable de la forma de doblegar al tiempo y perder ante él.

En busca de Marcel Proust, André Maurois
Barcelona: Ediciones B, S. A., 2005
306 páginas.

viernes 1 de febrero de 2008

Hablando de milagros

La obra Milagro americano, escrita y dirigida por Gopal Ibarra, y que se estuvo presentando durante el mes de enero en la sala Lastarria 90 a cargo de la compañía Teatro Malcriado, es la historia de la venganza que una joven llamada Milagros ejerce sobre su familia, luego de que estos la dieron por desaparecida. La muchacha regresa y, ayudada por Carlitos Way, irá matando uno a uno a sus parientes. Esta historia simple desarrolla una reflexión pesimista acerca del estado en que se encuentra la sociedad en América Latina. Para lograr esto, los personajes poco a poco se van presentando como alegorías de los fantasmas continentales (españoles y angloparlantes, parientes –de alguna forma– de la personificación de Latinoamérica). No por nada el personaje que ejerce la venganza lleva por nombre Milagros, que es lo único que se puede esperar, sugiere la puesta en escena, para el continente referido por ésta.

A los pocos minutos de iniciada la obra los espectadores comienzan a ser sorprendidos por los hechos una y otra vez, así, la realidad de la representación y el espacio de ésta comienzan a ser saboteados; todo, matizado con un humor que propicia que el espectador se ría de sí mismo por osar reírse de lo que está presenciando. Se suma a esto una atmósfera que está a medio camino del trabajo que en cine realizan directores como Pedro Almodóvar, Quintín Tarantino o Peter Greenaway, pero tal anclaje descriptivo avanza en una dirección diferente a la del trabajo de los cineastas antes mencionados. No es la melancolía de Almodóvar, no es el desenfreno de Tarantino, no es la severidad de Greenaway. Es otra cosa que, aunque nos recuerde los nombres antes mencionados, no puede ser descrita, nos parece, más que como el sobrecargado barroco –o neobarroso– americano. ¿Era Carpentier el que reparaba en el carácter barroco de toda manifestación artística latinoamericana? Entonces, esta sobrecarga se presenta como el estado natural para reflexionar sobre el continente del mestizaje y de las culturas híbridas, el continente nacido de una gran chingada.

En medio del potencial de la alegoría –con madres y hermanas traicionándose, con padres que no pueden sacar la voz, con subtítulos forzosos, con Michael Jackson y Víctor Jara de música de acompañamiento– la obra plantea una solución al estado del continente, pero una solución ilusoria, imposible y en la que no puede confiar ni siquiera el que tenga más fe en todo el mundo: ni revoluciones ni renovaciones, sólo milagros vengativos, milagros transnacionales.

Queda preguntarse ¿qué sentido tiene plantear una solución inútil? Es posible que la solución más profunda que propone la obra no sea la que se describe de manera directa y evidente. Señalar o más bien afirmar que el milagro es la única solución obliga al espectador a ponerse alerta e irse del teatro discutiendo con tamaña afirmación. Es posible que alguno de los espectadores, indignado con la solvencia de ese supuesto, pueda encontrar una nueva llave para la cerradura, una que nadie antes hubiera visto. El verdadero mérito de Milagro americano estaría ahí, sumergido, arrinconado, esperando que alguien lo descubra.

Milagro americano de Gopal Ibarra
Compañía: Teatro Malcriado
Dirección: Gopal Ibarra
Elenco: Javiera Favre, Álvaro Castillo, Paula Jiménez, Visnu Ibarra, Viviana Basoalto, Francisca Bordignon, Simón Aravena.

martes 29 de enero de 2008

La temible cucaracha peruana

En medio de la moda de literatura peruana encabezada por Daniel Alarcón, Santiago Roncagliolo e Ivan Thays, entre otros, la Editorial chilena LOM publica el volumen de cuentos Tengo la cucaracha, el debut narrativo (lo precede un libro de poemas) del limeño Rubén Millones (1976). El libro está compuesto por diez relatos que, más allá de la superficial garantía epocal de ser obra de un peruano, uno avecindado en Francia (suma en el aderezo para este alentador caldo de gallina), se detiene en otra garantía epocal, la de dialogar con un presente fragmentario, en el que intervienen múltiples voces hablando a la vez y en todas direcciones, y que, sin embargo, construyen una unidad.

En efecto, Tengo la cucaracha no son sólo cuentos que se suceden de acuerdo a lo propuesto por el índice. Se trata de retazos que constituyen un entramado que no está dada sólo porque haya 143 páginas pegadas a una tapa. Más que un volumen de cuentos es otra novela fragmentaria con filtración de un relato a otro, y que en la suma configura un mundo. Tal filtración no está dada por personajes que emigren de un relato a otro (como en Historia argentina de Rodrigo Fresán), por continuación de una saga (como ocurre con las novelas de Manuel Rojas protagonizadas por Aniceto Hevia), ni porque todos los relatos aludan a un conflicto histórico-político particular (como en Cric Crac de la haitiana Edwidge Danticat). No como ellos, aunque a fin de cuentas nos recuerde a todos ellos. Lo que Tengo la cucaracha filtra son sensaciones, las que un peruano se forma al contemplar a otro peruano, o la que el mundo occidental se forma, excluyendo a Perú de occidente –y de paso a toda Latinoamérica–, al ver a un peruano, a cualquiera de ellos. “No lo juzgues con tu mente occidental” le dice Céline a su amiga Aurélie, enamorada, por supuesto, de un peruano. Y otra parejita de franceses en España perpetúa en un documental: “Uno de los pejuviens tenían la costumbje de ojinaj en el lavatojio”. Y se suceden los peruanos, los que provienen de la costa, de la sierra, de la selva, de Europa o de Japón; peruanos que parecen asiáticos y otros que siempre parecerán peruanos; un todo heterogéneo hecho de peruanos.

Y con esto se instala la tristeza, una que está motivada por el descreimiento y la ironía. Veamos: “Me aseguraron que la ventaja del Corán con respecto a la Biblia es que en el primero todo está clarísimo, hasta el más pequeño detalle está especificado, como el hecho –‘anotado’ – de que en el Paraíso Perdido todo era mucho más grande y en aquel entonces Adán medía nueve metros, por lo que su pene (esto lo pensé yo) no debería medir menos de un metro y medio (cuestión de proporciones), y quizás lo que vio Eva no fue una serpiente sino una metáfora: Y luego la mordió (¿la manzana, la serpiente o la metáfora?)”. El descreimiento está a cargo de peruanos que se operan los ojos para acceder a los peores trabajos en Tokyo, por Putas amazónicas dispuestas a desbancar a millonarios alemanes inválidos, por un serranito esperando marcar un gol con la camiseta del FC Barcelona, por un cholo inconfundible en el metro de París pese al corte de cabello y su chaqueta de cuero. Ahí entre medio está la modorrita y la tristeza, Avoir le cafard en francés, o tener la cucaracha, en traducción literal. Una cucarachita, nos advierte uno de los narradores, aunque luego nos recuerda a la “temible cucaracha peruana que puede llegar a medir más de diez centímetros”, para luego rematar diciendo: “la gente de un país es como sus cucarachas”. Así, lo que se filtra es esa monstruosa cucaracha peruana, la que –yo agrego– es capaz de abrir sus alas y amenazarnos incluso con volar y pegarnos en la cabeza si el asquito o, entendámoslo mejor así, la tristeza peruana no han sido suficiente.

Tengo la Cucaracha, Rubén Millones.
Santiago: LOM Ediciones, 2006.
143 páginas

sábado 26 de enero de 2008

Un Hans Pozo en suspensión

Este verano, en el contexto del XV Festival Internacional Santiago a Mil, la compañía Teatro La Nacional presentó en la sala Teatro del Puente la obra H. P. (Hans Pozo), dirigida por Isidora Stevenson (Little Medea) y escrita por Luis Barrales. La obra nos presenta una historia no lineal, dispuesta en múltiples cuadros que construyen un rompecabezas ideológico. A partir del referente por todos conocidos (el descuartizamiento del joven Hans Pozo en el otoño del 2006 y la posterior aparición –por partes– de sus restos) se presenta en escena una reflexión profunda sobre la pobreza, la marginalidad y la exclusión social. Con tal objetivo, el riesgo de caer en una visión maniqueista, donde subordinados y subordinadores representan respectivamente al bien y el mal, está presente a cada instante. Sin embargo, la obra se zafa con habilidad de aquello, no creando binariedades, ni satanizando ni mucho menos beatificando a ninguno de los participantes: Hans Pozo (representado por Sebastián Ibacache), Jorge Martínez (Rodrigo Soto), la madre (María José Bello), la hija (Paulina Dagnino) y la polola (Evelyn Ortiz). Los involucrados son, en cambio, piezas móviles que se mueven desde el lugar de los causantes hasta el de los afectados y viceversa, pasando, incluso, por múltiples lugares intermedios. No importa, por tanto, quién es el culpable, alejándose del género policial, pese al potente enigma causado por el referente de esta obra, especialmente entre los periodistas de crónica roja y los que veían en aquel caso una posibilidad de convertirse en los Truman Capote chilenos (aun cuando Capote ni siquiera practicaba este género), analogando la historia del crimen de Pozo con la del crimen de los Clutters de A sangre fría.

H. P. (Hans Pozo) es, entonces, una obra altamente ideologizada que no da tregua en la intensidad, con cuadros que se aproximan a la explosión emocional. Teatro Épico lo llamarían algunos, lo que nos recuerda cómo, además, la obra ironiza sobre las categorizaciones formales que formula la teoría del drama. ¿Brecht o Artaud?, “¿esta no iba a ser una obra brechtiana?” se pregunta –más o menos con esas palabras, si nuestra memoria no falla– el actor que encarna a Hans Pozo, saliéndose de su rol y presentándose como el actor que es: efecto de extrañamiento lo llamarían los mismos que ya mencionamos. Es decir, la obra se sirve de las herramientas propuestas por Brecht y a la vez encara a aquellos que son capaces de reconocerlas, porque claro, ellos, el público informado –en su tremenda e inútil sabiduría– no sabe ni de pobreza ni de marginalidad, ni mucho menos de exclusión social. De esta forma se encara al público y –pese a las risas que esta ironía, mal entendida a veces, puede generar entre ellos– se les invita a reflexionar sobre los temas tratados.

Con todo lo anterior, la explosión a la que permanentemente nos estamos aproximando –y que requiere de un desgaste frente al que los cinco actores de la obra han sabido responder perfectamente– nunca llega, lo que permite que no haya una válvula de escape y la propuesta ideológica de la puesta en escena quede en suspensión, permitiendo que el espectador pueda llevársela consigo. Ahí está el goce, diría Bertolt Brecht, ahí, en pensar nuestra sociedad; y el teatro sería capaz, en la más pura de las características marxistas ligadas al arte, de intervenir materialmente en la sociedad; esto, por supuesto, si es que una obra como H. P. (Hans Pozo) pudiera ser vista por un público masivo. Anhelo lejano. Esa ausencia de válvula de escape queda confirmada por el personaje La Madre, el que construye un link con otra madre, la que padece inevitablemente de la muerte de sus hijos en Madre coraje y sus hijos de Bertolt Brecht. En ambas madres ya no hay sonidos que puedan salir de sus gargantas.

H. P. (Hans Pozo) de Luis Barrales
Compañía: Teatro La Nacional
Dirección: Isidora Stevenson
Elenco: Sebastián Ibacache, Rodrigo Soto, María José Bello, Paulina Dagnino, Evelyn Ortiz