Este blog es de crítica teatral, pero en esta ocasión deseo rescatar este texto publicado en septiembre de 2010 en la desaparecida (pero no olvidada) revista digital indie.cl. Este texto busca dar cuenta, de forma simple y en relación con problemáticas cotidianas, de uno de los montajes más apoteósicos llevados a algún escenario en los últimos cuarenta años, y todavía sigue en escena.
Por Federico
Zurita Hecht.
Desde
que el candidato de la derecha era Joaquín Lavín este conglomerado político
instaló el discurso de la búsqueda del “Cambio” como carta de presentación. Hay
que rescatar, por ejemplo, del baúl de los recuerdos el famoso eslogan “Viva el
cambio” de 1999 que utilizó este sector para enfrentar a Lavín con Ricardo
Lagos. La ex Alianza por Chile (actual Coalición por el cambio) y su candidato
hablaban de solucionar “los problemas reales de la gente”: prevención de la
delincuencia, y mejoras en la salud y educación. Pero honestamente, eso de “los
problemas reales” nunca quedó muy claro, y más bien parecía que Lavín y sus
secuaces conservadores (aunque liberales en términos económicos) proponían como
“cambio” que un grupo diferente (ellos, los conservadores en materias morales)
se hiciera cargo de gobernar el país.
Cuando
Sebastián Piñera le robó el protagonismo a Joaquín Lavín, el discurso del
cambio siguió circulando, y hoy parece que efectivamente éste se ha impuesto,
pese a que en la última elección parecía, más bien, una cancioncita repetida
hasta el hartazgo. Hoy, transcurridos seis meses desde que la derecha ha
acabado con los cincuenta y dos años en que el pueblo no los eligió (incluidos
los diecisiete años en que ellos mismo, la derecha, no permitieron que ninguna
persona en el país tuviera el derecho de elegir a gobernante alguno),
quisiéramos tomarnos un tiempo para pensar qué es, en efecto, eso que,
finalmente, ha constituido el cambio que la derecha instaló en nuestro país,
tras vencer a la agotada Concertación de Aylwin, Frei, Lagos y Bachelet.
Lo
primero que me siento obligado a decir es que, a partir de este año, Chile
efectivamente comienza a ser diferente, pero el cambio impuesto no se relaciona
en absoluto con la búsqueda de la solución a “los problemas reales de la
gente”, como decía la cancioncita ya hace once años. Junto al discurso del
“Cambio” se ha instalado el discurso de la “Unidad”. Hay que aclarar, eso sí
(pues a ratos pareciera que en este país nadie notara qué se oculta detrás de
la persistencia del Presidente en este asunto), que cuando Piñera habla de
unidad no se refiere a otra cosa que al acto de unirnos para aceptar sin
reproches sus políticas neoliberales iniciadas por la dictadura en los años
ochenta, y que no han hecho más que enriquecer, de forma grotesca, a unos pocos
(como al mismo Presidente, por ejemplo) a costa de la explotación del resto. Por
tanto, propongo que el cambio, tan promocionado por la política de la derecha, no
se ha implantado en función de favorecer a la mayoría, sino a unos pocos. Viva
el cambio, entonces, digo con resignación, porque éste ya está vivo y esconde
más matices.
No
es mi objetivo caer en teorías de conspiraciones de tipo paranoico, pues no hay
que ser muy agudo (de hecho nada de lo que digo es demasiado difícil de
observar) para darse cuenta de que el capitalismo que actualmente impera, para
existir, necesita mantener el control. ¿El control de quién?: de los
consumidores, los que deben seguir creyendo que lo mejor que pueden hacer es
desear todo eso que no necesitan y endeudarse lo más posible. El endeudamiento
del Consumidor es una premisa de la Sociedad de Consumo o Postindustrial, y el
sujeto, al mismo tiempo que se constituye como tal, se constituye en un consumidor
en potencia (hoy hasta los niños pre-escolares constituyen un nicho de interés
para los publicistas, quizás los profesionales más inmorales –junto con los
gerentes de bancos– que existen hoy en día).
Pero
para que el sujeto sea un consumidor en potencia y sea controlado por la lógica
de la sociedad de consumo, otros mecanismos deben articularse. La mejor forma
de que el sujeto esté convencido de que es, simultáneamente, un consumidor, es
propiciando que éste no sepa que puede no ser esto último y aún así ser un
sujeto. Es decir, la mejor forma de controlar al sujeto es que no recuerde que
antes de ser sujeto-consumido fue solo sujeto, y eso era suficiente.
Recapitulando, entonces, ya somos capaces de ver que si algo ha cambiado en Chile
en los últimos seis meses, es la pérdida de la Memoria (y quizás podamos
reconocer un esfuerzo por concretar esto desde el mismísimo 11 de septiembre de
1973, situación con la que, después, la misma Concertación no pudo luchar y se
vio derrotada vergonzosamente, tras cuatro períodos en que ayudó a consolidar
el modelo capitalista postindustrial).
Efectivamente,
si algo caracteriza el proyecto de cambio (y unidad) del presidente millonario,
es el esfuerzo desbocado por deshistorizar la conciencia de la comunidad
nacional. Con torpeza, Sebastián Piñera ha llevado a cabo este proyecto,
escondiéndolo detrás de acciones que parecen encaminadas hacia lo contrario. En
cada discurso, Piñera dedica algunos párrafos a formular relatos históricos que
ciertamente no son más que datos (en múltiples ocasiones equivocados y que,
incluso, confunden a personajes literarios con personas); lo hizo en Iquique,
en el Congreso, en la isla Robinson Crusoe y otros lugares. Podemos sumar a
esto la reunión de las estatuas de Carrera y O`Higgins: nuevamente Piñera
parece un presidente preocupado de nuestra historia, pero sólo un historiador
de verdad, Gabriel Salazar, fue capaz de señalar que este capricho que
simbolizaría la ¿“unidad”? constituía “una falsedad histórica”. Con estas
acciones estratégicamente ideológicas Sebastián Piñera ha echado a andar su
proyecto de DESHISTORIZACIÓN para que el sujeto-consumidor no recuerde que en
estos doscientos años Chile ha avanzado peligrosamente por el camino que lo
constituye como un país violento que, más encima, no recuerda la violencia que
ha experimentado.
Piñera,
por supuesto, tiene excusa para todo, y si alguien le enrostrara sus esfuerzos
por instalar la deshistoriazación en la comunidad nacional, de seguro
respondería que éste es el momento para la unidad y nuevamente formularía
relatos artificiosos que buscan mantener el control del sujeto-consumidor; y
todo lo diría sonriendo. Antes de ser presidente, al menos se enojaba. Recuerdo
la ocasión en que, en un noticiario, salió a la defensa de su vocación de
millonario diciendo, enojado, que lo era porque se levantaba temprano a
trabajar. En estas palabras el Presidente de todo los chilenos insinuaba, con
todo el desprecio que su enojo pudiera arrastrar, que si los pobres permanecían
en ese estado se debía a que eran flojos (claro, cada chileno que no es
millonario, según la lógica de Piñera, no se levanta temprano).
Pero
este último incidente ya todos lo olvidaron. Eso habla de que Sebastián Piñera
ha hecho muy bien su trabajo. Sí, ha logrado que la imposibilidad de recordar
se haya instalado en la conciencia del sujeto-consumidor. Definitivamente Chile
ha cambiado: qué duda cabe de que hoy el capitalismo postindustrial nos
saqueará los bolsillos vendiéndonos artefactos que no necesitamos. Qué más da, si
gracias a la lógica del Presidente mañana nadie va a recordar esto.
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